
Saludos romanos en España
Una corriente revisionista intenta hacer olvidar la relación que el franquismo tenía con el régimen fascista de Mussolini.
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Y nosotros que creíamos estar, gracias a impasibles historiadores anglosajones como Gabriel Jackson o Paul Preston, lo suficientemente informados acerca de la Guerra Civil Española y de la naturaleza del franquismo. En cambio, un descubrimiento revolucionario recorre en estas últimas semanas la historiografía de periódico en Italia. Franco fue un estadista clarividente, el franquismo no fue en absoluto un régimen fascista y tuvo un gran mérito: detuvo la difusión del comunismo en Occidente.
Esta novísima tesis, que quien conoce la península ibérica podía leer en los historiadores adictos al régimen de España y de Portugal (las tesis salazaristas eran idénticas) durante los años cincuenta y sesenta, viene siendo defendida solemnemente hoy en Italia por Sergio Romano, embajador jubilado del Estado italiano que ha pasado a dedicarse a la historia en algunos periódicos y semanarios, y es acogida con entusiasmo por otros historiadores de periódicos que, naturalmente, son de la misma opinión. No todos, por fortuna. Por ejemplo, aun sin la pretensión de ser historiadores como Romano, son de distinta opinión el viejo Leo Valiani, que conoció en persona la guerra de España (en el bando republicano, obviamente), o Mario Pirani y otros con la edad suficiente. También el señor Romano tiene edad suficiente, con la diferencia de que es notablemente ecléctico. Hace meses publicó un panfleto titulado Carta a un amigo judío (amigo hasta ahora desconocido) en la que se preguntaba por qué los judíos resultaban tan desagradables a la Alemania nacional-socialista (y pueden seguir siéndolo hoy todavía en otros países). Llegaba a la conclusión de que los judíos ocupan actualmente los puestos más importantes en la banca y en las universidades del globo, y sostenía que el judaísmo es una de las religiones más retrógradas de Occidente. Ahora, dando muestras de gran agilidad, desplaza su atención de las llanuras de Polonia a la historia de España con esta inesperada teoría.
Es sabido que, en los últimos años de su vida, Primo Levi, aunque se negara por decencia a refutar las tesis revisionistas, estaba muy angustiado por ellas. Pero quien tiene la suerte de no tener padres o hermanos fusilados por el fascismo, ni, por fortuna aún mayor, ha estado en Auschwitz como Primo Levi, puede permitirse replicar a tales teorías poniendo en evidencia su lado grotesco.
Confiando en que nadie quiera matar al mensajero, nos toca llevar a Italia los "saludos romanos" (como si no hubiéramos tenido suficientes) que el franquismo cultivó con tanta pasión. Lo haremos gracias a un impresionante volumen fotográfico, organizado y comentado por un gran historiador de la fotografía, Publio López Mondéjar, que sirvió como catálogo de una memorable exposición vista este invierno por quien esto escribe en el Instituto Cervantes de París: Fotografía y sociedad en la España de Franco. Es un volumen con más de 300 fotografías provenientes de archivos públicos y privados que abarca desde 1939, toma del poder de Franco, hasta 1977, fin de la dictadura. Casi cuarenta años de historia retratados por anónimos reporteros, meros aficionados o grandes fotógrafos españoles y extranjeros. En su magnífica introducción escribe Antonio Muñoz Molina: "Aquí están las caras negruzcas, las alpargatas de la pobreza, el horror de los uniformes y de las cabezas rapadas en las cárceles, el luto de las sotanas de los curas, los adoquines de las calles, las manos alzadas en saludo fascista de los vencedores, los crucifijos y los retratos de Franco y de José Antonio que yo veía en la escuela, la tiniebla siniestra y la miseria antigua de un país derrotado, no detenido en el tiempo, sino retrocedido a la fuerza, envenenado otra vez de miedo y religión, de desnutrición y oscurantismo político, de congresos marianos y enfermedades venéreas".
Es difícil elegir, entre estas imágenes de cuatro decenios, los saludos romanos más "significativos". ¿Tal vez los dos chiquillos pobres, con mandil y cesta de paja, que un anónimo fotógrafo retrata en 1939 de espaldas en una acera polvorienta, mientras saludan a la romana a un cartel de Franco "caudillo de Dios y de la patria"? ¿O, mejor, los brazos alzados de la pequeña multitud que circunda al falangista vestido de oscuro, en una pequeña ciudad de provincias, en 1940, ante el atroz monumento, apenas inaugurado, a los "Caídos por Dios y por España"? ¿O el solemne grupo de autoridades (generales de brigada, almirantes de marina, obispos, académicos)que en un neoclásico salón de Barcelona, en 1943, dirigen sus brazos extendidos hacia quienes les miran? ¿O las manos lanzadas en primer plano y las bocas desencajadas gritando victoria, fotografiadas por Marc Riboud en 1959, en la inauguración del Valle de los Caídos? ¿O el tripudio de brazos extendidos por las ventanillas del tren, en la estación de Madrid de 1941, de la heroica División Azul que, por cuenta de Franco, acudía a devolver a Hitler los favores recibidos por el bombardeo de las ciudades vascas fieles a la República? ¿O los equipos de fútbol del Valencia y del Español, en la gran final de la Copa del Generalísimo, una retahíla de veinticinco brazos extendidos, contando al árbitro y a los jueces de línea?
Pero basta, basta. Es envilecedor tener que perder el tiempo para explicar que el agua está mojada. Dejemos que sean las propias fotografías las que hablen, porque se está intentado hacer con las palabras lo que los funcionarios del régimen estalinista hacían con las fotografías tijera en mano, cortando rostros y actitudes no apreciadas. Se quiere recuperar a Franco, pero se pretende cortar los brazos de su historicísimo "saludo romano", quizá por considerarlo poco elegante.
Desde aquí invito al Instituto Cervantes y a Publio López Mondéjar a publicar también en Italia sus fotografías. Si no, a este paso, los italianos empezarán pronto a oír que el saludo romano era un gesto sublime de intérpretes de arpa; la porra, un idílico juego de salón; los fusilamientos, un baile de disfraces, y la censura, un paternal consejo. Se oirá una música celestial y sentiremos una gran nostalgia por la perdida Arcadia de la España franquista.
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