Samuel Beckett, el inquietante poeta del vacío existencial

La obra del Nobel irlandés iluminó de modo singular la esencia del ser humano
(0)
13 de abril de 2006  

Conceptos sobre el absurdo, la angustia o el vacío de la existencia ya habían sido expuestos por Jean Paul Sartre y Albert Camus, pero algo muy diferente fue la corporización de aquellas ideas en un escenario cuya despojada estructura se contrapone con la agobiante sesión de incomunicación y ambigüedades de dos vagabundos en un cruce de caminos de un país impreciso. Cada tanto, ambos recuerdan que esperan.

Cuando "Esperando a Godot" se estrenó en la sala Babylone de París, en enero de 1953, los parlamentos escasos o desusadamente excesivos, las pausas, las extrañas preguntas o las respuestas que no parecían estar dirigidas ni a quien se tenía cerca ni a nadie instalaron la sensación de que había algo en la naturaleza humana irremediablemente inquietante y que el hombre era una suerte de náufrago, sin escapatoria ni horizonte. Uno de sus protagonistas, Vladimiro, le consulta a otro, Estragón, si reconoce el paisaje en el que se encuentran: "¿Qué hay que reconocer? -contesta Estragón-. He arrastrado toda mi vida por el fango. ¡Y me hablas de paisaje! ¡Mira esta basura! Nunca me he levantado de ella".

Inmediatamente empezó a difundirse en Europa la obra anterior de Beckett, hasta entonces casi un desconocido. Sus novelas "Murphy" (1938), "Molloy" y "Malone muere" (ambas de 1951) y "El innombrable" (1953), igual que su más famosa pieza teatral, reflejaban una percepción claramente "instigada" por un denso entorno, el mismo que alimentó las nociones de los existencialistas franceses. Principalmente, las dos grandes guerras del siglo XX, sobre todo la segunda, que además de sus 60 millones de muertos y el Holocausto sumó la terrible devastación de Hiroshima y Nagasaki por la bomba atómica, que alojó en la conciencia, por primera vez, la estremecedora idea de que el planeta podía ser reducido en horas a un montón de escombros. Si en el siglo anterior Dios había muerto, según Nietzsche, ahora asomaba un desplome mucho más terrenal y terminante.

El 13 de abril de 1906 -hace hoy cien años- nació, en Dublín, Samuel Barclay Beckett. Después de estudiar en prestigiosas escuelas irlandesas, entre ellas el Trinity College, profundizó sus conocimientos de literatura francesa e italiana y se recibió en Florencia de bachiller en artes. A los 21 años, se estableció en París y trabó amistad con Ezra Pound y James Joyce, de quien luego fue secretario. Cuatro años después publicó su primer libro, un extenso poema titulado "(W)horoscope", y un ensayo sobre Proust. En 1933, apareció su poemario "Los huesos de Eco", en buena medida una evocación de su padre, muerto ese mismo año, y en 1937, una breve pieza dramática, "Cascando" (entre sus numerosos textos teatrales cortos figura "Respiración", que dura apenas 35 segundos).

Experiencia de lo irracional

En 1938, en París, se produjo un hecho que dejó una huella imborrable en Beckett. Un mendigo lo apuñaló en la calle. Tras recuperarse, fue a preguntarle a su agresor en la cárcel por qué lo había atacado, y éste le dijo simplemente que no tenía "la menor idea". La relación entre el episodio y esta respuesta influyó fuertemente en el escritor, al consolidar su ya escéptica toma de posición acerca de la vida y la irracionalidad que parece mover la mayoría de los actos.

Vasta bibliografía

Ese año publicó "Murphy", que contó sólo con el reconocimientos de Joyce y de Herbert Read. En 1957, se estrenó en Londres otra de sus notables obras de teatro, "Fin de partida", de pareja calidad con "Los días felices" y "Acto sin palabras". En 1961, compartió con Borges el Premio Internacional de los Editores, y en 1969 fue galardonado con el Nobel de Literatura. Lo aceptó, pero se negó a hacerse presente en la ceremonia de entrega, en Suecia. "No tengo nada que ver con eso", fue su única respuesta a quien lo llamó a un hotel en Tánger para formularle la invitación.

Los mencionados son sólo algunos de los trabajos de una vasta bibliografía (casi 90 textos) que además incluye ensayos, libretos radiofónicos y hasta el guión de "Film", un cortometraje interpretado por el actor norteamericano Buster Keaton, a quien admiraba, que es ahora posesión exclusiva de coleccionistas.

Pero, sin duda, el título más conocido de Beckett es "Esperando a Godot", cuyas representaciones en Buenos Aires se cuentan entre las más numerosas del mundo. Basta la experiencia de haber sido un espectador de la obra para acercarse a la sustancia de una literatura tan singular como apabullante en su trama y su lenguaje. Este último, por el manejo absolutamente personal con que se lo utiliza, constituye otro aspecto fundamental que identifica a la escritura beckettiana, en la que, contra lo que pueda suponerse, no está ausente el humor, dado el valor que le otorgaba Beckett en cuanto a ridiculizar hechos cotidianos o tornar aún más patético el espejo que ponía ante el lector, no pensado precisamente para devolver imágenes esperanzadoras.

"El arte es saboteado por el absurdo, y ponerlo en evidencia no es más que un desesperado intento de ser coherentes, asumiendo sin excusas que estamos involucrados en él", proclamó Samuel Beckett, muerto en París, el 22 de diciembre de 1989, a los 83 años.

Homenajes y títulos imperdibles

  • Mientras Irlanda celebrará desde hoy el centenario del nacimiento de Beckett con una serie de exposiciones, charlas, proyecciones y puestas teatrales que tendrán su centro en Dublín, la fecha se presenta como una oportunidad ideal para volver a visitar (o descubrir por primera vez) el particular mundo narrativo de Beckett. Todo itinerario por la obra de un autor es siempre una experiencia arbitraria, pero entre los muchos títulos de Beckett que no habría que dejar de leer (y de ver, cuando estén en cartelera) se cuentan, sin duda, "Esperando a Godot", "Los días felices", "Fin de partida" y -para lectores más avezados- "Mouth".
  • ADEMÁS

    MÁS leídas ahora

    Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

    Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.