
Saramago: "Escribí un libro que jamás publicaré en vida"
Reveló que es "un cuento de juventud"
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LISBOA.– De vez en cuando, José Saramago se toca ligeramente la ceja derecha por encima de sus inseparables gafas, pero sólo como somero gesto, porque los nervios se encuentran en una galaxia distinta de la suya. Bromea acerca de la inexpresividad de su rostro cuando lo ve reflejado: “¿Dónde voy yo con esta cara?” Con su sensible sentido del humor consigue que los demás rían a carcajadas sin que a él se le mueva un músculo.
Por la mañana da un paseo para comprar los periódicos, su nieta Rosa puede visitarle y gestionar alguna tarea y su esposa siempre está pendiente de él. No le gustan los hoteles, prefiere tener una casa en Madrid, otra en Lisboa y otra en Lanzarote (Canarias), esta última como residencia oficial.
Cuando está en la capital lusa vive en un chalecito en la zona conocida como Plaza de Londres. Adquirido hace unos años, aún están reformándolo. Pilar del Río, su actual esposa, le enseña la prueba de la portada de su nueva novela, que se presentará en Lisboa en noviembre, y él le da el visto bueno.
Su alta y proporcionada estatura contrasta con el pequeño sillón en el que se acomoda –es su asiento favorito– junto a la chimenea. Su expresión es lo más alejada de la imaginación que es capaz de verter sobre las metáforas que normalmente emplea para explicarse.
-Se encuentra bien de salud. ¿Sigue alguna rutina diaria para encontrarse en forma?
-Sin ninguna disciplina, de vez en cuando hago un poco de bicicleta estática. La salud la tengo, pero no hago nada. Nunca he sido gordo; no me gustan los bares; no hago vida nocturna; no fumo ni bebo; sólo un poco de vino en alguna comida. No hago curas ni tomo pastillas. Sencillamente, tengo la suerte de tener salud.
-¿De dónde viene el apodo "Saramago", perteneciente a la familia de su padre?
-No sé de dónde venía, pero en los pueblos era muy común tener un apodo. Saramago era un apodo desde no sé cuándo. Cuando mi padre fue a inscribir mi nacimiento, el funcionario le preguntó cómo se iba a llamar el niño y mi padre contestó: "Se llamará como su padre". El funcionario añadió Saramago a José de Sousa sin que mi padre se diera cuenta, hasta que cumplí los siete años y fue necesario presentar una partida de nacimiento en la escuela primaria.
-¿A usted le gustó más emplearlo porque era más original?
-Suena más, tiene más fuerza. A lo mejor, si no hubiera tenido más que mi nombre, yo habría inventado un seudónimo. Es como si el funcionario hubiera sabido que yo necesitaría un nombre más redondo.
Los cuentos inéditos
De familia humilde, José de Sousa Saramago explica a EFE-Reportajes cómo obtuvo su primer libro -en su casa no había ninguno- y cómo devoró la biblioteca de su ciudad, mientras pasea interesado por las salas de esa institución, el Palacio de Galveiras.
"Aquí leí desde los 17 años; trabajaba durante el día y de noche venía aquí. No existían los préstamos de libros y puedo decir que mi formación literaria se fraguó así. A los 19, un amigo me prestó dinero y compré mi primer libro", cuenta el autor, que el mes próximo llegará a Buenos Aires y hablará en el Malba.
Nadie podría imaginar lo que vendría después: un cerrajero industrial convertido en literato de éxito. El escritor estrenó su trabajo literario con "Tierra de pecado", en 1947, aunque no llegó al gran público hasta los años ochenta, cuando salieron de su puño "Alzado del suelo" (1980), "Memorial del convento" (1982), "El año de la muerte de Ricardo Reis" (1984), "La balsa de piedra" (1984) e "Historia del cerco de Lisboa" (1989). En 1966 se difundió su primera obra lírica: "Poemas imposibles".
-Entre su primer libro y el segundo pasaron 19 años. ¿Puso su atención en otras cosas?
-Cuando uno no tiene cosas que decir que valgan la pena, es mejor callarse. De todas formas, escribí otro libro que quedó inédito y no se publicará mientras yo viva. Después, que hagan lo que quieran.
-¿Por qué elige ese destino para "Claraboya"?
-Mientras yo viva, no se publicará "Claraboya" -repite, ante la insistencia de la pregunta-. ¿Para qué hablar de lo que nadie conoce? Es un cuento de juventud que no está mal, y nada más.
-"Tierra de pecado" sólo se publicó en portugués ¿No se traducirá?
-Tampoco quiero que sea traducido. Son libros de juventud y no tienen nada que ver con lo que yo hago hoy. "Tierra de pecado" se volvió a publicar a los 50 años de su primera edición. Eso fue una conspiración de Pilar con el editor -dice bromeando, en alusión a su esposa, y traductora, la periodista granadina Pilar del Río.
-Usted no fue popular hasta el comienzo de su vejez. En esa popularidad tardía, ¿pesa menos o más la responsabilidad?
-Yo no lo llevo como un peso, sino como una consecuencia lógica de lo que estoy haciendo, de mis escritos. Si mis libros encuentran lectores que les gusta y nace una corriente de simpatía, es una consecuencia muy agradable. Otras actividades mías, como los congresos o las presentaciones de libros, a veces son un poco más molestas, por el ritmo intenso con que a veces se producen.
-Por el compromiso que usted ha adquirido con sus propias ideas, también esa popularidad crea enemigos y polémicas, quizá desagradables.
-Siempre digo lo que pienso en cada momento. Si a la gente le gusta lo que digo, muy bien, y si no le gusta, encantado. La popularidad es responsabilidad, pero no significa que tenga que pensar si aquello que voy a decir va a ser causa de un efecto determinado.
-¿Cuáles son sus momentos peores y mejores en su vida diaria?
-Tiene que ver con el estado de ánimo con el que uno se encuentra. A veces uno está contento y no sabe por qué. Yo tengo un temperamento melancólico; no tengo la risa fácil; de mí no se oye una carcajada. Si soltara una carcajada, yo mismo no me lo creería. Luego, tengo esta cara un poco cerrada. Me dicen que nunca sonrío. Sonrío cuando tengo un motivo. No me planteo lo que me gusta más o menos de mi rutina. Mi carácter no tiene picos. No soy depresivo. Cuando algo sale mal, no bajo los brazos, pero tampoco soy un valiente. Tengo una relación con la vida, digamos, de serenidad; no dramatizo las cosas; no tengo la tendencia de complicar algo que está ocurriendo. Creo que soy la persona menos interesante que hay; no soy complicado. Las cosas son lo que son e intento comprenderlas, porque es algo obsesivo en mí intentar ver no sólo lo que parece, porque siempre hay algo que está detrás. Aunque tengo esa tendencia para la introspección, en el fondo creo que es como si yo estuviera en el centro de un huracán: ahí no hay nada; lo que se percibe está a su alrededor. Ese espacio del centro no es en realidad de tranquilidad; yo digo que es de serenidad. Esa metáfora se le ocurrió un día a Pilar y creo que me sirve para definir mi carácter.
-¿No hay un momento del día en que le guste leer algo determinado, un libro que le guste más?
-Con mi edad, he leído miles, de poesía, novela, teatro, ensayos, filosofía, historia, sociología... ¡Cómo puedo decir lo que me ha gustado desde los 16 años hasta ahora! Si alguien dice que tiene un libro favorito significa que ha leído poco. Es muy fácil decir "El Quijote"; considero que es el más importante de los que he leído.
-¿Se ha sentido quijote alguna vez, cuando lucha en favor de un imposible?
-No. Si yo he hecho algo, de verdad no soy el único. Podrían ser más, pero no faltan personas en el mundo que luchan por introducir un poco de racionalidad en la vida. Además se dice que Alonso Quijano estaba loco.
-¿No era el centro de un huracán, donde lo que pasaba a su alrededor no le afectaba a él como a los demás?
-Simular la locura para poder hacer lo que quería... Si no fuera por la locura no se entendería que pudiera luchar contra molinos de viento; eso es un signo de cordura desde mi punto de vista. Yo hago lo que puedo y no tengo que mirarme como si tuviera un papel importantísimo en el mundo, que no tengo. Todo tiene que ver, en primer lugar, con mi trabajo. En segundo lugar, la percepción de cómo funciona la sociedad, lo humano. Teniendo en cuenta todo eso, ¿qué es lo que estoy haciendo y por qué? Implica una postura que intento que sea lo más coherente posible para que sencillamente no me avergüence de mí mismo. Uno tiene que escribir, opinar y debe preguntarse si está a la altura de su responsabilidad. La respuesta no es fácil, pero hay que plantearla.
-¿Esa serenidad es la herramienta con la que aprendió lo que usted llama "el duro oficio de vivir"?
-Uno aprende a vivir y no tengo ningún instrumento. Si uno se entrega a cualquier guía espiritual, que dice cómo hay que vivir, lo que se puede hacer y lo que no, delega su propia responsabilidad en otro. Yo no me he apoyado en nada porque no creo en Dios. Jamás en situaciones complicadas he pedido un consejo a nadie; no lo he comentado con nadie y he intentado resolverlo si he podido.
-¿Cuál es la parte de su vida de la que se siente más orgulloso?
-No estamos hechos de fragmentos o, si es así, están unidos. Es inútil separarlos: somos como una mano cerrada, cada dedo no está por su parte. Si me miro, no encuentro fragmentos, sino una persona en la que todo se puede encontrar. No hay aspectos en mi vida más gratificantes que otros. Conocí a Pilar cuando yo tenía 63 años y a esa edad uno ya no espera que ocurra nada extraordinario; pensaba que todas mis experiencias intensas ya las había vivido. Pues no: he tenido que esperar a los 63 para que algo nuevo se me presentara y no era sólo algo nuevo, sino extraordinario, por el hecho de haberla conocido. Yo tenía dos o tres libros importantes. Era un escritor mayor, pero con poca obra. Lo que he hecho en la literatura lo he hecho en los últimos 20 o 25 años, la parte final de mi vida. Se puede seguir trabajando si uno tiene salud, porque no parecía que mi vida fuera a ser mucho, pero he acabado por tenerlo todo, incluido un premio Nobel.
-¿Qué pensó cuando le dieron el premio Nobel de Literatura?
-Uno no sabe exactamente por qué, pero si la obra estaba ahí y era conocida, y en la Academia Sueca tenían la obligación de saber lo que se estaba escribiendo y me lo dieron a mí. Creo que fue porque pensaron que lo que yo había escrito era de calidad. En ese momento no pensé nada; fue como un martillazo en la cabeza. Estaba en el aeropuerto de Francfort; volvía a casa, a Lanzarote, después de una conferencia. Una periodista llamó por teléfono, yo estaba por embarcarme, y la azafata me anunció por un megáfono. Tomé la llamada, pero en ese momento la misma azafata me anunció que había ganado el premio.
-¿Cómo recibió la noticia?
-No llegué a entrar en el avión y deshice el camino andado por los pasillos del aeropuerto para volver a la ciudad. Me sentí la persona más solitaria del mundo. No había nadie; yo iba con mi abrigo y mi cartera, y no pensaba por qué ocurría aquéllo, sólo sabía que ocurría y no tenía reacción. Recuerdo que me sentí con una sensación de soledad total. Pensé: "Bueno, tengo el Premio Nobel", pero inmediatamente me pregunté: "¿Y qué?". Era como si me diera cuenta de que estaba en un pequeño planeta, de un pequeño sistema solar, en una de las galaxias más pequeñas del universo, en el que hay más de cinco mil millones de galaxias. Pero eso no significa que no estuviera feliz.
La inminente novela
Como si le hubieran puesto en su pluma otra tinta, tras escribir "El evangelio según Jesucristo" (1991) -que cuenta con una versión teatral-, Saramago continúa su tarea con las novelas. "Ensayo sobre la ceguera" (1995) se está llevando al cine. Además, "La caverna" (2000), "El hombre duplicado" (2002) y "Ensayo sobre la lucidez" (2004). "Memorial del convento" y el mismo "Ensayo sobre la ceguera" han sido adaptadas al teatro.
-Usted definió su último libro de poesías como un resumen de lo que usted había sido. ¿Considera algún libro suyo más representativo dentro de su obra completa?
-Esas poesías quizá son un resumen de la persona que yo he sido. Las raíces de lo que estoy diciendo hoy tienen que ver con esas poesías del sesenta y setenta. Por lo tanto, entre algo que empezaba entonces y hoy, cuarenta años después, hay un nexo. En cuanto a mis novelas, no se parecen entre sí y no tienen continuidad temática. Algunos autores se instalan en un tema y lo que escriben trata de variaciones sobre el mismo asunto. En mi caso, de la vida campesina salto a la construcción de un convento y de ahí a la muerte de Ricardo Reis y a la balsa de piedra, la Península que se va por ahí. Después trato un tema del siglo XII y luego la vida de Jesucristo. Me importa más saber cómo reacciona el lector. "Memorial de un convento" tiene 35 ediciones sólo en Portugal casi un millón de ejemplares, y se sigue leyendo. Deben pasar años para saber cuánto puede interesar un libro. Sí puedo decir que di un paso con "Ensayo sobre la ceguera", la siguiente a "El evangelio según Jesucristo". Pasé de tratar la novela abriendo al máximo el panorama, físico, social, histórico, humano y político, a cerrarlo al microscopio. Es como un embudo: tiene una parte ancha y otra estrecha. Si miras por la ancha, ves mucho menos que si miras por la estrecha. No me interesaba tanto lo que estaba ahí, sino su detalle, y llegando al detalle intentar llegar lo más lejos.
-Dentro de esa etapa actual está "La caverna". ¿Cree que la principal prisión del ser humano es uno mismo?
-Se puede decir eso, pero la verdad es que somos prisioneros de lo que está afuera, que es lo que impide nuestra propia liberación. Antes de liberarse hay que pensar qué hacer cuando uno esté liberado. La especie humana no puede vivir aislada, sola; debemos vivir juntos y todo lo que hagamos influye en los demás. Un 95% de lo que somos lo han hecho los demás, somos la imagen de los demás porque vivimos en grupo, con una familia, un sistema y molde, a veces consensuado, y todo eso hace de nosotros la persona que somos. No somos sujetos pasivos. Podemos partir de nuestra propia conciencia para hacer un juicio de lo que nos rodea y sobre lo que influye en nosotros. Un vecino que no nos deja dormir porque hace ruido, uno que tira la basura a la calle... La vida de cada una de las miles de personas de una ciudad acaba por influirnos, porque hay algo que es colectivo. No hay que confundir una liberación con un cambio de sistema, de forma de vivir. En el momento del franquismo o del salazarismo, la liberación fue luchar contra ellos. La importancia de los medios de comunicación con su continuo filtro muchas veces impide ver lo que en realidad pasa.
-Los protagonistas de "La caverna" se liberan y son felices, aunque es inquietante el después.
-Sí; nadie les puede asegurar en su periplo que ellos puedan encontrar un medio de vida distinto al que estaban teniendo. No se sabe lo que les espera a la vuelta de la carretera, son felices en ese momento pero esa felicidad no tiene por qué ser definitiva.
-¿Usted continúa viendo por la parte estrecha del embudo con "Las intermitencias de la muerte", que presentará en noviembre en Lisboa?
-Pero no quiero anticipar nada... Es una novela bastante insólita. La muerte no puede tener intermitencias, ¿no? O se está muerto o no. Si estás muerto no tienes conciencia de que lo estás, sólo el hecho de estar vivo te permite tenerla. El título lo está diciendo: es una muerte que no es definitiva; está y luego no está, y después vuelve a estar. De esta cosa extraña está hecha esta novela.
-¿La muerte como protagonista?
-La muerte siempre es la protagonista.
-¿Puede elegir una cita del libro o un epígrafe para explicarlo?
-Muchas citas de libros que utilizo para las novelas son imaginarias, no existen tales libros. Es el caso del epígrafe que encabeza el nuevo, está sacado de un libro que no existe y que es la primera vez que lo menciono, "Libro de las previsiones": "sabremos cada vez menos lo que es un ser humano", en lugar de lo que sería deseable.





