
Sarmiento, el viajero acusador
En su libro Viajes , el autor de Facundo pinta un fresco de la sociedad española, a la que critica duramente. A través de las reflexiones, tan agudas como de una profética actualidad, que le suscita la España de 1845, el argentino, en verdad, enjuicia a su patria. En esta nota, el novelista español exalta la penetración del sanjuanino que supo ver los aportes árabe y judío en una cultura empeñada en ignorarlos
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Cuando, a fines de 1845, Domingo Faustino Sarmiento inicia sus viajes a Europa, Argelia y Norteamérica, tiene 34 años, es el autor de Facundo , ha sufrido dos veces el destierro en Chile a causa de la dictadura de Rosas y dispone de un bagaje cultural poco común, por no decir único, en las repúblicas independizadas del yugo colonial hispano. Su amigo chileno, el entonces ministro y luego presidente Manuel Montt, le ha confiado la misión de examinar el estado de la educación en los principales países del Viejo Continene y, según palabras de Sarmiento, "analizar las instituciones que retardan o impulsan sus progresos". Los Viajes , redactados de forma epistolar, en cartas dirigidas a diferentes destinatarios, narran las impresiones y experiencias de las etapas del periplo -Montevideo, Río, París, España, Argelia, etcétera- así como las reflexiones que suscitan en el autor. Su conocimiento directo de la dictadura argentina, completado con el de la guerra civil y el asedio de Montevideo, le conducen a preguntarse las razones del arraigo de lo que ahora llamos caudillismo y de la lucha de facciones que desgarran la América hispana: la proliferación de bandas armadas a cuyos jefes podríase calificar de gauderios (esto es holgazanes ) "si en lugar de cantar como la cigarra no se entretuvieran en derramar sangre". Sólo el comercio europeo y la llegada de nuevos inmigrantes pueden, en su opinión, inyectar vida a un sistema corrupto y condenado a reiterarse por gentes que creen porque no se esfuerzan en pensar. Así, abundando en lo descripto ya en Facundo observa que "el gaucho oriental [es decir, el uruguayo, J.G.], con su calzoncillo y chiripá, afirmado en el poste de una esquina, pasa largas horas en su inactiva contemplación [...]; desorientado en presenciar este movimiento [la llegada de inmigrantes europeos] en que por su incapacidad industrial le está prohibido tomar parte, busca en vano la antigua pulpería en que acostumbraba a pasar sus horas de ocio, escuchando cantares de amor y apurando la botella amiga de la desocupación de espíritu".
La barbarie
Su amarga denuncia de "la barbarie incurable de nuestras campañas argentinas" -arreciada por la brutalidad arbitraria en la escala en Montevideo- se funda en la convicción -previa a su experiencia personal en la Península- de que la herencia española -"la de un pueblo feroz, andrajoso y endurecido en la ignorancia y la ociosidad"- es un veneno del que habrá que curarse gracias al progreso industrial y a la libertad de comercio e ideas. Los cambios que observa en las ciudades de Iberoamérica, son puramente superficiales: "Los hijos de los españoles quisieran asimilarse la industria del extranjero y conservar paria al industrial; la máquina sin el artífice, el espíritu sin espontaneidad [...], la libertad de hacer el mal, sin la libertad de contenerlo. Todas las constituciones americanas lo gritan así sin pudor, y la prensa y la opinión hacen coro a esta reclamación del suicidio que llaman derecho y la muestra más clara de su independencia".
La coincidencia de tales críticas con las formuladas décadas antes por Blanco White es realmente notable, aunque la extraterritorialidad del pensamiento del último -ninguneado por sus compatriotas y casi desconocido para los americanos, dado el escaso poder de difusión de sus publicaciones londinenses- vedara a Sarmiento la posibilidad de calar en una obra que hubiese enriquecido sin duda la suya: el contacto con un español distinto, y en verdad único, como podemos advertir hoy desde nuestra actual perspectiva. En otros pasajes del libro que comentamos, descubrimos en algunos juicios y observaciones de Sarmiento el germen o semilla de los que expondrá Américo Castro un siglo y medio más tarde. Comparemos de entrada estos dos pasajes.
"¿Por qué la raza sajona tropezó con este pedazo de mundo [Norteamérica] que tan bien encuadraba con sus instintos industriales, y por qué a la raza española le cupo en suerte la América del Sur, donde había minas de plata y de oro e indios mansos y abyectos, que venían de perlas a su pereza de amo, a su atraso e ineptitud industrial?" (Sarmiento, Viajes )
"Los españoles venidos a las Indias trajeron consigo, importaron y perpetuaron su forma de vida. Los habitantes de Buenos Aires escribían desesperados a Felipe II, en 1590, y se lamentaban de la pobreza de la tierra argentina, que para ingleses puritanos hubiera sido un paraíso, porque no es la tierra quien hace al hombre, sino al revés, pese a la innegable importancia del clima, el momento y el medio.En la Argentina no había oro ni plata, ni ciudades como en México y en el Perú, y el español sin capacidad de crear cosas no supo qué hacerse" (Américo Castro, Judíos, moros y cristianos ).
Si Sarmiento viajaba a Europa predispuesto a juzgar severamente la civilización española, su recorrido de tres meses por la Península iba a fortalecer sus ideas sobre la decadencia hispana y la aparente inhabilidad para salir de su atasco. En realidad, observa Sylvia Molloy en su luminoso análisis de los Viajes , Sarmiento ya sabe cómo es o cree que es España: "No viene a observar, no viene a describir -en esto su visita difiere notablemente de la de otros países-, sino a acusar". Como la mayoría de los escritores iberoamericanos de los siglos XIX y XX su meca es, naturalmente, París -"esta Francia de nuestros sueños"- adonde llega con una mezcla de admiración y respeto muy similares, nos dice, al "sentimiento religioso e indefinido del niño que va a hacer su comunión primera". Si bien su valoración de Chateaubriand, Lamartine, Dumas y de un oscuro Jaquemont cuya existencia yo ignoraba como soles situados en regiones demasiado altas para un sudamericano periférico como él nos parece desproporcionada e incluso ridícula -la percepción de Blanco White de la pobreza relativa del romanticismo francés fue mucho más certera-, su inteligencia abierta al cambio social le ayudó a discernir el previsible fracaso de la monarquía de Luis Felipe de Orléans en su cauta tentativa de restaurar lo destruido por la revolución de 1789. En unas palabras que podrían aplicarse a la hoy tan encomiada empresa de Cánovas del Castillo en España -muy pocos son los que quieren enterarse de su aguda crítica por Clarín- Sarmiento escribe: "Restauradores son todos los astutos que ocultan su obra". Como sabemos, el distanciamiento del modelo francés cuajó en la última etapa de sus viajes con su sustitución por el modelo político y económico norteamericano. Pero a ello nos referiremos más tarde.
Cuando Sarmiento cruza la frontera española entre Bayona e Irún el 3 de octubre de 1846, su punto de vista se sitúa en los antípodas del de los grandes viajeros románticos como Borrow y Ford. Estos vienen a España hastiados de un país en plena revolución industrial y cuyo paisaje moral ha sufrido un conjunto de transformaciones que alimentan su nostalgia. Como escribirá Gerald Brenan casi un siglo más tarde, "aún es verdad que al sur de los Pirineos se encuentra una sociedad que antepone las necesidades primordiales de la naturaleza humana a la organización técnica indispensable para alcanzar un mayor nivel de vida". Para el gran hispanista inglés, un incremento en el nivel de vida constituía "un pobre sustituto a la pérdida del primitivo sentimiento comunitario, y los aldeanos españoles eran lo bastante juiciosos para saberlo". (Prólogo a su obra El sur de Granada ). Obviamente, Brenan se equivocó de medio a medio y España adoptó razonablemente la organización técnica indispensable a la creación de riqueza a costa de su presunta autenticidad. Cierto que el rápido acceso a las ventajas materiales se produjo sin una preparación ético-cultural adecuada y nuestro país de nuevos ricos, nuevos libres y nuevos europeos ofrece a menudo el rostro poco ameno de una sociedad tan arrogante como reacia al saber y a las normas democráticas. Mas esto es arena de otro tremedal.
Un país de remiendos
La perspectiva de Sarmiento era, al contrario, la de una víctima del subdesarrollo económico, político y cultural legado por la España de Fernando VII a las repúblicas recién independizadas, la de un intelectual sudamericano.
"Mentes elevadas y ociosas, que se remueven y agitan en su nada, revelando su elevada condición por entre los harapos que las cubren.El español inhábil para el comercio que explotan a sus ojos naves, hombres y caudales de otras naciones, negado para la industria, la maquinaria, las artes, destituido de las luces para hacer andar las ciencias o mantenerlas siquiera, rechazado por la vida moderna para la que no está preparado el español, se encierra en sí mismo y hace versos. [...] España es la nación que menos puede pretender a nada suyo propio en los trabajos de la inteligencia".
(Con todo, el escritor argentino sucumbe a veces a lo largo de sus acerbas páginas -"Recordemos, dice Sylvia Molloy, que estamos en pleno romanticismo, en pleno fervor de la espagnolade "- a la visión estética de sus maestros franceses: toros, mendigos, bandidos -de cuya desaparición se lamenta-, pintoresquismo, originalidad primitiva y bárbara...) Claro está que Sarmiento no podía analizar, como desde nuestra atalaya actual, las causas de semejante postración y parálisis: el temor (que él cita) a la Inquisición, omnipresente a lo largo de tres siglos y medio; el prejuicio castizo a las labores intelectuales y comerciales tildadas de judaicas; el espíritu retrógrado de la Contrarreforma que acaba por convertir a España en un yermo. La ciencia y el pensamiento españoles habían sido reducidos a elucubraciones fantasmales -no olvidemos que un gran humanista como el Brocense se extinguió en una de las mazmorras del Santo Oficio-, y los patéticos e irrisorios esfuerzos de Menéndez y Pelayo en resucitarlos con una larga lista de ilustres ortodoxos desconocidos fueron pronto cubiertos por las desaforadas proclamas de Ganivet y Unamuno sobre la superioridad de una habanera respecto al conjunto de la industria norteamericana y la incompatibilidad de la razón con nuestras esencias castizas. Una vez más, las palabras deSarmiento convergen con las de Blanco White: con su lucidez acerca del difícil arraigo en la Península e Iberoamérica de unas instituciones democráticas. La España de Isabel II, repuesta apenas de los estragos de la guerra civil, es menos un laboratorio en el que se gesta la modernidad que un tosco almacén de restauración (¡otra vez la palabreja!) de antiguallas:
"Sobre un fondo antiguo y raído, se aplica un remiendo colorado que quiere decir constitución;otro verde que quiere decir libertad; otro amarillo, en fin, que podría significar civilización. En lo moral o en lo físico no conozco pueblo más remendado, sin contar todos los agujeros que aún le quedan por tapar".
Fantasía africana
Con gran perspicacia, anticipándose a las conclusiones de Vicente Llorens, varias veces citadas por mí, en uno de los capítulos de Liberales y románticos , pone el dedo en la llaga de uno de los problemas capitales de nuestro país: "Destino extraño que parece haber regido en todos los tiempos a la España, que no consiste en andar a remolque de las otras naciones, sino a destiempo, dando las doce cuando todos los relojes marcan las cinco, y viceversa".
La figura sombría de Felipe II y el monasterio de El Escorial -ese monumento faraónico de los "modernos Nabucodonosores y Sardanápalos", denunciado en términos apenas velados por Fray Luis de León- cifran a sus ojos la petrificación de España, su despoblación, ignorancia y ociosidad. Nada ha cambiado desde las fechas en que fue erigido, y si hubiera viajado, escribe, "en el siglo XVI, mis ojos no habrían visto otra cosa que lo que ahora ven". A la visión idealizada o, por mejor decir, ideologizada e icónica del paisaje de Castilla de los escritores del 98 -contra la que se rebelaba el joven García Lorca- opone, si se me permite el anacronismo, otra más displiscente y cruda: "El aspecto físico de la España trae en efecto a la fantasía la idea del Africa o de las planicies asiáticas. La Castilla vieja es todavía una pradera inmensa en la que pacen numerosos rebaños, de ovejas sobre todo. La aldea miserable que el ojo del viajero encuentra se muestra a lo lejos terrosa y triste; árbol alguno abriga bajo su sombra aquellas murallas medio destruidas, y en torno de las habitaciones, la flor más indiferente no alza su tallo, para amenizar con sus colores escogidos la vista desapacible que ofrecen llanuras descoloridas, arbustillos espinosos, encinas enanas, y en lontananza montañas descarnadas y perfiles adustos".
La diversidad de culturas de la Península y la falta de un cimiento común atraen asimismo su atención: son las de un país de centralismo legal pero de localismo real, como señala Juan Pablo Fusi: "Las provincias españolas son pequeñas naciones diferentes y no partes integrantes de un solo Estado. El barcelonés dice: "soy catalán", cuando se le pregunta si es español;y los vascos llaman castellanos a los que quieren designar como enemigos de su raza y de sus fueros".
La observación es certera y Sarmiento acertó en el diagnóstico de una realidad conflictiva, con cuyas consecuencias apechamos hoy. No obstante, su apreciación de estas diferencias no integradas sino hace veinte años en un conjunto constitucional más o menos armónico y puesto aún en tela de juicio, varía de un nacionalismo a otro: mientras en Barcelona, escribe, "la población es activa, industrial por instinto y fabricante por conveniencia", y ve en el catalán "un pueblo europeo", las provincias vascongadas, opina, parecen sustraerse al examen histórico "por la simplicidad misma de la vida desnuda de acontecimientos importantes" a lo largo de tres mil años de identidad inmutable.
"Era preciso que el siglo XIX viniese a alumbrar lo profundo de estos valles para que los habitantes pudiesen comprender que para ser libres y civilizados se necesita tener aduanas, gendarmes, estanco y constitución, que es lo que importa la supresión de los fueros."
(¿Cómo podía adivinar el escritor argentino que las fantasías históricas de Sabino Arana y su concepción idílica de una raza silvestre, pastoril y pura iban a abonar siglo y pico después el terreno de quienes pretenden imponer por el terror, o la sombra del mismo, una Arcadia fundada en un ultranacionalismo de calidad ; de esos políticos y mitólogos de servicio para los que el pueblo vasco no se ha movido de su sitio desde hace 30.000 años, como si la historia no fuese al revés un proceso de cambio, mestizaje y rupturas?)
La vida literaria
Igualmente agudas son las apostillas a la mísera vida literaria madrileña del momento, acordes en esto con lo escrito por Blanco White, Larra y, con posterioridad a él, por Clarín, Valle-Inclán, Cernuda e incluso Dámaso Alonso -algunos años antes, desde luego, de su ingreso en el gremio académico-: su retrato del Casino en el que se reúnen todos los literatos políticos que principiaron de versificadores y acabaron de diputados o secretarios de la reina no tiene pérdida. El amargo comentario de Américo Castro en 1965 a la dependencia cultural de España -al hecho dolorosamente actual de que mientras es imposible estudiar nuestra literatura e historia sin recurrir a lo escrito por los hispanistas ingleses, franceses, norteamericanos, alemanes, etcétera, la contribución española a la historia literaria, política y social de estos países es inexistente- aflora ya en las páginas de Sarmiento como en las de Blanco White.
"En los días de mi residencia en Madrid se publicaba la historia de Carlos V, traducida del inglés por Robertson, que escribió a mediados del siglo pasado; la de los Reyes Católicos por Prescott, norteamericano; la de las conquistas de México y Perú, por el mismo autor; la historia de la literatura española, por Sismondi, italiano; por Viardot, francés que ha hecho la estadística de España por no sé qué otro autor alemán."
Tan sólo Martínez de la Rosa, escribe, "ha producido un adefesio de poética de Boileau en el momento en que el drama se transformaba, las unidades pasaban a mito, y la novela tomaba la delantera a todos los otros géneros de composición poética". ¡Una vez más su crítica coincide con la de Blanco White!
Al ojo escrutador del viajero no le escapa la artificiosidad del injerto neoclásico y su tentativa infeliz de aristocratizar el teatro de un pueblo habituado al lenguaje llano de los corrales y la comedia castiza de Lope de Vega. Dicha ruptura, que hoy denominaríamos discontinuidad cultural de España , le inspira unas reflexiones en las que mezcla a veces el trigo con la paja, y al hablar de la muerte de la pintura en España a fines del siglo XVII ignora nada menos la genial excepción de Goya.
"¿Cómo ha sucedido que la pintura haya muerto en España, pero muerto a punto de desaparecer completamente, como si jamás hubiese existido? La escuela española en pintura es como la escuela romántica en letra. Lope de Vega y Rivera, Calderón y Velázquez, son los pintores de la España que se petrificó en El Escorial; de ahí en adelante no dio una sola gota de jugo el arte para nada, para nadie. Los cuadros españoles muestran el mismo fenómeno que las comedias y los autos sacramentales;un arte que nace de sí mismo, que crece, se agranda, sin padre y sin hijos. La novela creada por Cervantes fue a reproducirse en Francia; el pincel de Rivera, en los Países Bajos."
El tesoro oculto
Las observaciones de Sarmiento a mediados del siglo XIX, eso es 235 años después de la expulsión de los moriscos de la Península, infligen un desmentido rotundo a los defensores de la occidentalidad sin matices de España, para quienes los árabes y judíos fueron un ingrediente accesorio, a lo sumo pasajero, de su civilización y cultura (podría citar aquí unas analectas de frases concluyentes al respecto de autores tan varios como Menéndez Pidal, Ortega, García Morente, Sánchez Albornoz y del mismísimo Emilio García Gómez). Como Blanco White y Américo Castro, el autor de los Viajes subraya la presencia árabe no sólo de los monumentos de Al Andalus (cuyo descubrimiento y valoración fueron obra, no lo olvidemos, de los viajeros europeos por nuestras tierras a lo largo del siglo XVIII y comienzos del XIX) sino también en el sistema social y las costumbres hispanas. Si, como no me canso de repetir, la mirada de los demás forma parte del conocimiento global de nosotros mismos, la de un sudamericano culto y agudo como Sarmiento no debería sernos indiferente, como suele ocurrir aún ahora con figuras de la talla de Martí. Los españoles podemos aprender mucho de ellos y examinar así, con mayor exactitud, nuestra compleja y peculiar formación cultural y las razones de su posterior decantamiento. Sarmiento trata de indagar los orígenes de las costumbres y modos de ser de un pueblo que, por aquellas fechas, seguía a remolque, muy a remolque, a sus vecinos europeos: "Pero lo que más atrae la atención en España son los rastros profundos que la dominación árabe ha dejado en las costumbres; podría creerse que los moros están aún allí; encuéntraseles en los vestidos, en los edificios [...] Las mujeres llevan velo sobre la cara; la mantilla, como las mujeres árabes. Se sientan en el suelo en las iglesias, sobre un tapiz o alfombras con las piernas cruzadas, a la manera oriental. En todo el mundo cristiano lo hacen en sillas, en Roma incluso. Los hombres llevan la faja colorada de los moriscos,los andaluces la chamarra; los valencianos, la manta y las babuchas; los picadores conservan los estribos; y el gobierno los capitanes generales, cadíes absolutos de las provincias, que se entrometen en hacer justicia a la manera de Aroun-al-Raschild". ( sic )
La necesidad de revisar los supuestos de nuestra historia tradicional, a fin de desmantelar las mitologías romano-cristiano-visigodas y disipar las brumosas "esencias a prueba de milenios" -labor llevada a cabo en el último medio siglo por Castro, Domínguez Ortiz, Caro Baroja y una importante lista de historiadores de la minoría morista tanto españoles como extranjeros- halla una nítida expresión en Sarmiento, aunque el estigmatismo y arbitrariedad de nuestros programadores culturales se conjuguen para ignorarla. Retendremos así esta observación, corroborada, ¡ay!, un siglo y pico después por Antonio Tovar, tocante a los archivos de Simancas: "El Escorial encierra preciosos monumentos de ciencia y arte. Están cautivos allí los manuscritos árabes; y todavía después de tres siglos de incomunicación, aquellos ilustres presos no han sido interrogados... La antigua legislación contra herejes e infieles está vigente para ellos, la prisión perpetua, la incomunicación y la denegación de audiencia. Pero, en fin, no han sido quemados vivos los manuscritos árabes, y aún esperan que se les haga justicia".
El escritor argentino se despide de España con un jugoso resumen de su entrevista con el agitador inglés Cobden y de sus propuestas miríficas de mudar la sociedad y el orden del mundo. Sarmiento le escucha avasallado, mas retiene no obstante su afirmación de que la política, con todas sus pretensiones de ciencia, es "puro charlatanismo de bobos y pillos".
Sobre este punto, la historia esperpéntica de la mayoría de países de habla hispana le da desdichadamente la razón.
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