Secretos de familia
Películas famosas, cameos con mensajes subliminales y la súbita remembranza de una retratista de lánguidas adolescentes
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Las madres suelen acosar la imaginación de sus hijos, sobre todo en el caso de algunos creadores. Este mes, Malba ha incluido tres films de Sergei Eisenstein (El acorazado Potemkin, Octubre y Alejandro Nevsky) en el ciclo destinado a las películas de Artkino, la gran distribuidora de títulos rusos en la Argentina. En dos de ellas, es posible ver a Julia Ivanovna Konetskaya, la madre del director. Esas apariciones no dejan de ser una curiosidad, o más bien intrigan. Julia no fue una madre ejemplar, como tampoco su esposo, Mijail Eisenstein, fue un padre ejemplar. La madre dejó el hogar en dos oportunidades. La segunda fue la definitiva. Tenía un amante rico. Se divorció y se fue a vivir a Francia. Sin embargo, el hijo, ya adulto y famoso, quiso que interpretara dos brevísimos papeles, en verdad dos cameos, en El acorazado Potemkin y en Octubre.
En El acorazado Potemkin, hay una célebre escena en que la población de Odesa en barcos pesqueros se acerca a la nave para proveer de comida a la tripulación hambrienta. Entre esos ciudadanos piadosos y solidarios, de pronto, surge una mujer gorda, de anteojos, despeinada, ansiosa, de aspecto desagradable, que lleva en sus brazos un cochinillo como ofrenda. Esa mujer es la madre de Sergei. El escritor francés Dominique Fernandez, en Eisenstein, subraya la ambivalencia de esa aparición. Por un lado, la mujer cumple el rol de una madre nutricia; por otro, inspira rechazo.
En Octubre, Julia aparece en un momento crucial. El gobierno de Kerensky, el "sucesor" de los zares, se ha derrumbado. Kerensky ha huido del Palacio de Invierno; sin embargo, los ministros del gobierno provisorio todavía están reunidos en un salón. Fuera del palacio, un grupo formado por el alcalde, funcionarios, ricos burgueses, prelados y personajes notables quiere cruzar el puente que conduce a la residencia real para apoyar al gobierno. Un piquete de guardias les corta el paso. Los partidarios de Kerensky entablan una discusión furiosa contra uno de los marineros; del grupo de antirrevolucionarios se destaca una mujer de anteojos tomada en primer plano. Esa mujer horrible es la madre de Eisenstein.
Otro personaje importante en la vida de Eisenstein integra el elenco de El acorazado Potemkin: el actor, guionista y director Grigori Alexandrov ,"Grisha". En el film, encarna a un odioso personaje, el oficial Guiliarovski, que ordena el fusilamiento de los marineros amotinados cubiertos por una lona. En la vida real, la amistad entre Eisenstein y Alexandrov comenzó con una pelea por un trozo de pan en épocas de hambruna.
La colaboración entre Sergei y Grisha se hizo muy estrecha. Corrieron rumores de que eran amantes. Hasta la actualidad, ese tema es muy controvertido y nadie afirma con absoluta seguridad que ese vínculo haya existido. Sin embargo, algunos lo dan como un hecho histórico: Renny Bartlett, el director de cine canadiense, realizó Eisenstein en el año 2000, una producción de tipo biográfica en la que desarrolla la historia de amor entre los dos artistas. En la década de 1930, Grisha terminó por convertirse en el mejor realizador de películas musicales de la URSS; además, se casó con la estrella de sus películas, la cantante y actriz Lyuvov Orlova, y llegó a ser uno de los directores preferidos de Stalin. Un film de 2002, Lejos de Sunset Boulevard, de Igor Minaiev, cuenta en clave y muy libremente la vida de Grisha y de su esposa, a los que el director da otros nombres.
En medio de una comida en casa de la señora M., me distraje.
En realidad, me distrajo el descubrimiento del pequeño retrato de una jovencita en la pared que estaba frente a mí. Sabía muy bien quién lo había pintado: la austríaca Mariette Lydis.
Las artes y las historias de familia están inevitablemente asociadas a la moda. En ese sentido, los retratos son el mejor ejemplo de ese axioma. En las décadas de 1940 a 1960, ciertas familias tradicionales aún le encargaban a un pintor que retratara a sus niños o a sus jóvenes hijas. Mariette era una especialista en el género: lograba transformar el rostro de la adolescente más insulsa en una máscara de misterio y de ensueño. Por cierto, aplicaba una fórmula. Todas esas jovencitas se parecían como hoy se parecen las mujeres que han pasado por el bisturí del mismo cirujano plástico. Lydis iluminaba los ojos de sus modelos con un fulgor irreal, metafísico, como el que hoy emana de los alienígenas en las películas de Hollywood.
Mariette Ronsperger, nacida en 1887, se convirtió en Lydis cuando se casó en 1920 con el industrial griego Jean Lydis, del que se divorció en 1924. En París, se hizo amiga del escritor italiano Massimo Bontempelli, que la presentó al mundo social y artístico de la ciudad. Pronto tuvo mucho trabajo como ilustradora.
A partir de 1928, Lydis se convirtió en la compañera del conde Giuseppe Govone, editor de Les Presses de l'Hôtel de Sagonne, con el que se casó en 1934. Naturalmente, las lujosas ediciones que publicaba su esposo estaban ilustradas por Mariette
Entre los amigos literarios de Lydis, se contaban Henri de Montherlant y Gabriele D'Annunzio, que la recibió en el Vittoriale, en el lago de Garda. Allí, Mariette se encontró con la excéntrica marquesa Luisa Casati, que ahora vuelve a estar de moda gracias a la muestra que le dedica el palazzo Fortuny en Venecia. En 1940, para evitar la guerra, Mariette viajó a Buenos Aires y dejó a su marido en Italia, donde él murió en 1948.
En Buenos Aires, gracias a sus contactos, Mariette conquistó de inmediato a una vasta clientela. La fórmula de representación que había encontrado para sus modelos era lo que Buenos Aires necesitaba entre 1940 y 1960: retratos "espirituales" forjados por un pincel que sabía corregir a la naturaleza y que no deparaba sorpresas desagradables. Antes de morir, donó sus obras al Museo Sívori.




