
"Siempre me cuidé de no alegrarme mucho"
En Alfredo Alcón (Capital Intelectual), el actor recrea los aspectos centrales de su vida. El diálogo que publicamos, extraído del libro, ahonda en su infancia, sus comienzos como intérprete dramático y la gestación de sus convicciones políticas
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Dice el acta del Registro Civil que Alfredo Félix Alcón Riesco nació el día 3 del mes 3 del año 1930. Y dice la numerología que los nacidos en 3 están dotados para la creación y carecen de sentido práctico. Pero lo que no dice ni el enunciado burocrático ni el esotérico es cuándo, cómo y por qué el niño que Félix Alcón y Elisa Riesco trajeron al mundo en Ciudadela, en el oeste del Gran Buenos Aires, iba a transformarse en Alfredo Alcón, paradigma del actor argentino. La clave, acaso, esté en su infancia.
-¿Cuáles eran tus juegos preferidos?
-Había uno que me fascinaba especialmente. A la hora de la siesta, cuando las mujeres de la casa dormían, yo iba a la azotea de mi casa y hacía una ceremonia, a la cual no quería que viniera nadie. Si encontraba una hormiga, una mariposa muerta, un bichito, lo ponía sobre un banquito. Si en la soga de la ropa había alguna sábana, mantel o cortina me la ponía de capa y empezaba a girar alrededor del banco con el animalito. No puedo explicar a qué jugaba, pero si se lo contara a un psicoanalista se haría un picnic . Solo sé que tenía (tengo) nostalgia de algo que nunca supe qué era. A mí me mueve esa ilusión de que alguna vez más habrá momentos en que la distancia entre mi piel y la de los otros no exista. Es algo que he experimentado en distintas ocasiones y necesito pensar que puedo volver a sentirlo. A veces pasa en alguna función, pero no siempre. [...] Se cuenta que, entre los griegos de la Grecia clásica, una función de teatro llegaba a provocar partos prematuros y paros cardíacos. Si fue así, el teatro debió de ser algo bastante distinto de esto en que se ha convertido.
-¿Qué marca la diferencia?
-Vivimos una época en la que el retrato del Che adorna el living de familias burguesas. Todo se domestica. Antes, a los actores no se los podía enterrar en lugar sagrado, no solo porque se les atribuía una vida licenciosa, sino porque se suponía que tenían contacto con lo siniestro y con la magia negra por eso de que en algún momento pretendían ser otros, cosa que se consideraba demoníaca. Hoy los actores ya no son vistos así. Fue necesario dirigir a la gente hacia una adaptación que le permitiera adecuarse a esta versión de la vida que estamos viviendo. Pero debe de haber miles de versiones posibles, muchas maneras de vivir diferentes de ésta, en que lo que debe hacerse es trabajar ocho o diez horas diarias durante casi un año, luego tener un mes de vacaciones, y así hasta que llega la hora de jubilarse y, un poco después, la de morirse. [...]
-¿Cómo fue tu descubrimiento de la muerte? ¿A causa de la pérdida de tu padre?
-La pérdida de mi papá fue una experiencia que me enfrentó a la muerte teniendo yo apenas cinco años. Recuerdo que ya en la escuela, cuando la maestra preguntaba a cada uno el nombre del padre yo tenía que decir el de mi papá y agregar "fallecido", lo que me provocaba una gran violencia interior. No era fácil eso de verme obligado a contar algo tan íntimo, tan mío, que a la vez denunciaba una debilidad: algo que mis compañeros no habían vivido pero yo sí. Además, el día del velatorio fue muy especial porque al principio yo creía que se trataba de una fiesta, ya que empezaron a llegar parientes que se abrazaban, como ocurría en Año Nuevo. Recuerdo que yo estaba muy feliz por eso, hasta que de pronto, por un detalle, me di cuenta de que no era algo para estar contento, que algo triste había ocurrido. Eso me marcó. En adelante, siempre me cuidé de no alegrarme mucho por las dudas, a ver si después comprobaba que la alegría inicial escondía un motivo de tristeza.
-¿Te identificaste con su imagen?
-Recuerdo que tocaba muy bien el bandoneón. Tocaba Bach. ...l había estudiado bandoneón, pero si le ponías delante cualquier instrumento sabía cómo arrancarle una melodía. Tocaba tanto cosas populares como clásicos. Y sobre todo Bach, que le va mucho al bandoneón. Con unos amigos, mi papá tenía una pequeña orquestita y a veces, los sábados, iban a tocar a algún club, a algún casamiento. Sí, mi papá tenía un don especial para la música. Pero, más allá de cualquier motivo de admiración, yo creo que cuando a uno le falta el padre lo sigue extrañando toda la vida. Para mí, en esa época, [Leopoldo] Torre Nilsson era mi papá. Ahora, a veces hasta Adrián Suar es mi papá. Todo depende de que encuentres en alguien algún rasgo que te haga sentir eso. En mi caso, hubo muchos que cumplieron en distintos momentos esa función. Uno fue [Osvaldo] Bonet y otro, Kive Staiff. Yo a Kive le debo muchísimo, porque él me ha permitido hacer obras importantes, es alguien que tuvo fe en mí como director del San Martín; lo mismo debo decir de Ernesto Schoo, que cuando fue director de ese teatro un día me llamó para preguntarme qué obra quería hacer. Esas son cosas que uno nunca termina de agradecer. Esa fe en uno no se paga con nada. Por eso, para mí, Kive es también mi papá.
-Eras un adolescente de 15 años en el 45. ¿Tenías conciencia del mundo en el que vivías?
-Tenía conciencia de la pobreza, porque mi madre trabajaba y al principio vivía con miedo de que la echaran. Pero después de un tiempo, a raíz de las políticas sociales de Perón, mamá no tuvo más miedo. Las ocho horas diarias de trabajo, los derechos de la mujer embarazada, las vacaciones, la prohibición de despedir sin causa a los trabajadores fueron leyes que puso Perón. Y yo tengo muy presente aquella sensación de que la gente pobre podía empezar a no tener miedo. Que quien necesitaba trabajar para vivir también merecía ser tratado con dignidad. Los delegados sindicales es cierto, a veces se pasaban, o pedían demasiado. Pero bueno es que antes de Perón no podían pedir nada de nada. A mí me parece que el peronismo hizo algo que no sé si hubiera ocurrido en la Argentina sin Perón. O tal vez hubiera hecho falta mucho más tiempo para que ocurriera.
-¿Tu adhesión al peronismo tiene origen familiar o es una elección personal, de la juventud?
-No pretendo hacer una apología del peronismo, nunca estuve afiliado. Pero me pasaron cosas que me marcaron.
-¿Por ejemplo?
-Vivíamos en Ciudadela, sobre la Avenida General Paz. Por una calle soy provinciano. Después nos mudamos a Liniers, al barrio llamado de las Mil Casitas, en el pasaje El Carpintero. Bueno, yo tendría 14 o 15 años, iba a un industrial de Constitución, el Cardenal Cisneros, y quería conseguir trabajo que me permitiera estudiar en el Conservatorio de Arte Dramático. Entonces mandé una carta al Ministerio de Eva Perón. Mi mamá me dijo: "No pongas que querés estudiar teatro", porque le parecía que había que proponer cosas más concretas. Pero yo puse la verdad, aclaré hasta la escuela a la que quería ir, los horarios y todo. A los cuatro o cinco días recibí una respuesta. Me ofrecían las direcciones de varios lugares donde presentarme para una prueba de admisión. El primer lugar era un hotel de la Avenida de Mayo, para trabajar de telefonista. Había que poner esas clavijas donde correspondía y me acuerdo de que no entendía nada de lo que el tipo me explicaba. Y eso que me lo explicó tres veces. Pero soy muy torpe. Cuando el que me tomaba la prueba se fue un momento, aproveché para escaparme porque me di cuenta de que eso no era para mí. Después trabajé en una imprenta [...].
-¿Llegaste a tener algún encuentro con Eva o con Perón?
-Una vez yo estaba en la azotea de mi casa, frente a la General Paz, y pasó un auto con otros atrás, custodiándolo. En el de adelante iba Evita. Recuerdo que yo era el único chico que había en ese tramo de recorrido, y le hice un saludo así, con las manos. Ella miró hacia donde yo estaba, creo que sonrió y me respondió con la mano. Bueno, para mí fue un momento mágico. Puede ser que lo mío integre esa colección de mitologías del peronismo. [...] Hoy podría afirmar que, sin mucha conciencia a nivel teórico, yo tenía entonces un pensamiento socialista. [...] Pero los socialistas nunca habían llegado al poder. Y el peronismo materializó muchos de aquellos deseos del sector más modesto, al que yo pertenecía.




