Sin rumbo

Publicada originalmente por entregas en un blog, la novela Todo lo que maté, de Hernán Firpo, muestra el derrumbe ?de una vida narrada por una eléctrica primera persona
José María Brindisi
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22 de febrero de 2013  

Es frecuente que tanto los fundamentalistas de la espontaneidad como los perezosos -que suelen convivir en una misma persona- se embanderen detrás de esa idea romántica o ingenua de que en la escritura de ficción el autor es, en determinado momento, apenas una sombra. Sus criaturas, esos personajes que en un principio tuvo el atrevimiento de crear o querer dominar, pronto toman vida y lo arrastran adonde quieren. Esa convicción, que también podría denominarse conformismo, suele entregar como resultado textos planos, sin norte; sería poco menos que milagroso que una historia supiera hacia dónde va si ni siquiera aquel que la imaginó tiene idea de ello. Quizá sólo aquellos escritores que poseen una mano privilegiada, como Felisberto Hernández o Thomas Pynchon, son capaces de engañarnos a tal punto que olvidemos que eso, que parece una historia contada por alguien, es en realidad un objeto literario que todo el tiempo está inventándose a sí mismo.

No es un logro menor que Hernán Firpo, en Todo lo que maté , logre interesarnos de a ratos por ese narrador que se encuentra la mayor parte del tiempo al pie de la explosión, y que en su caso carece justificadamente de rumbo porque atraviesa una de esas transiciones brutales que desarman cualquier vida, y que no por sabidas pierden poder destructivo: una separación, un chico de seis años de por medio, el replanteo de casi todo. Pero a pesar de la electricidad que destila esa primera persona, de esa suerte de misantropía melancólica a través de la que Germán -el protagonista- vive o padece su cotidianidad, el problema esencial de la novela es que no avanza, no progresa, no toma forma. No es éste el espacio adecuado para discutir qué es una novela, y quizá ese tipo de definiciones tengan escasa importancia, pero a veces resulta lícito preguntarse qué le conviene ser a determinado libro, en qué debía terminar de convertirse una historia.

El hecho de que Todo lo que maté haya sido en principio una novela por entregas, publicada en un blog, acaso permita entender mejor el eslabonamiento caprichoso de las escenas, y asimismo la tendencia de su autor a estar a cada momento apretando las clavijas, forzando la intensidad de cada sentimiento, cada episodio en la vida de Germán para que funcionen como pequeñas unidades de sentido. Efectivamente las partes, o al menos algunas de ellas, gozan de mejor salud que el todo, cuya perspectiva hace pensar que la casi totalidad de sus instancias son intercambiables.

Firpo elige, en verdad, desentenderse hasta cierto punto de la idea de progresión (y entonces también, hasta cierto punto, de la idea de narración), y lo hace instalando al lector en el centro del universo de su protagonista, que es especialmente una voz. Esa voz es una conciencia suelta, cruda, de a ratos rabiosa. A ella le debemos algunos de los mejores fragmentos de la novela, en particular cuando Germán se encuentra con personajes tomados de la realidad -León Gieco, Charly García, Norman Briski- y refleja esas experiencias, a veces extremas, en observaciones lúcidas y a menudo desopilantes. La contracara es una tendencia obsesiva a traducir en máximas, como si el mundo fuese un libro abierto y no hubiese más remedio que aprender lecciones a cada paso.

No obstante sus rasgos más positivos, Todo lo que maté es un libro indulgente, tal vez demasiado despreocupado de su destino. O para los que creen en esas supercherías: un libro al que su protagonista le ganó la pulseada.

Todo lo que maté



Hernán Firpo

Milena Caserola

183 páginas

$ 75

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