Sobre el pensamiento complejo
EDUCAR EN LA ERA PLANETARIA Por E. Morin, E. R. Ciurana y R. D. Motta-(Gedisa)-140 páginas-($ 29)
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La conciencia de la fragilidad del conocimiento es uno de los elementos fundantes del pensamiento complejo, esa postura epistemológica que tiene como principal impulsor al pensador francés Edgar Morin. Esta corriente, que rechaza la normalización de las teorías a priori y reivindica el tránsito azaroso, las miradas múltiples y la creatividad para buscar el conocimiento, ha dado origen a investigaciones en diversas partes del mundo, entre ellas, las que se realizan en cátedras auspiciadas por la Unesco en Argentina, Brasil, España, Colombia, México, Francia, Italia y Portugal, que buscan aplicar los principios de esta teoría del conocimiento a la educación, el arte, la historia, la política y las ciencias. Como una síntesis de algunas de sus conclusiones aparece Educar en la era planetaria, con autoría del propio Morin, del español Emilio Roger Ciurana y del argentino Raúl D. Motta.
La primera parte de la obra sintetiza los principios del pensamiento complejo. Con mayor solidez teórica que la que se aprecia en el resto del volumen, se advierte la distorsión intelectual que deriva de aplicar esquemas mentales acabados para mirar la realidad y se sostiene que "el logro final de la modernidad es el descubrimiento de que no existe ningún fundamento cierto para el conocimiento".
"No podemos partir más que del seno de la ignorancia, la incertidumbre y la confusión", dicen los autores. Así, lo complejo, que distinguen de lo complicado, no es un obstáculo por neutralizar sino la base de la que partir y en la que moverse para conocer.
Con este andamiaje de principios, los autores miran críticamente la globalización. Así como el pensamiento complejo no rechaza la racionalidad sino que la completa con la ignorancia, tampoco niega la globalización para oponerse a ella, sino que dobla la apuesta y la diversifica. Para los autores, "la humanidad planetaria se desenvuelve a través de una tensión contradictoria y complementaria de dos hélices mundializadoras": la economía global, la tecnocracia y el pensamiento único y racionalizador, por un lado, y las corrientes antiglobalización, por el otro, que podrían constituir una "internacional ciudadana".
En el desarrollo de este planteo, sin embargo, el trazo se vuelve demasiado grueso (por ejemplo, al postular que los diferentes movimientos antiglobalización terminarán confluyendo en una misma resistencia). Y aparecen miradas algo ingenuas, como la que detecta reacciones individuales contra la atomización contemporánea en "la alimentación rústica, la posesión de una segunda vivienda, las plantas de interior y los perros y los gatos".
La educación, finalmente, se postula como una herramienta para conducir la era planetaria a una verdadera sociedad-mundo, que respete la diversidad y permita la convivencia humana, pero los ejes directores que se sugieren ("progresar resistiendo", "problematizar el desarrollo", "complejizar la política" y "civilizar la civilización", por ejemplo) pueden parecer algo vagos para la realidad de las aulas. El mejor aporte del pensamiento complejo sigue estando en su particular modo de animarse a plantear, en tiempos desencantados, una utopía totalizadora.




