
Sobre el volcán de las contradicciones
Después de estar agotado durante décadas, la Editorial Perfil vuelve a lanzar Los estudios morales , del autor de Una excursión a los indios ranqueles . A continuación se reproducen fragmentos de la carta que abre el libro.
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SEÑOR Don Mariano de Vedia:
Mi joven amigo:
Me ha pedido usted que le escriba un folletín. Puedo hacerlo.
¿De qué tratará? ¿Qué título tendrá?
Estudios morales
¿En qué forma?
En la que a este género de producciones le han dado los moralistas antiguos y modernos, desde Publius Syrus hasta La Bruyére y La Rochefoucauld para sólo citar éstos.
Ya le expliqué a usted, la otra noche, al festejar la inauguración de los nuevos lares de la Tribuna Nacional, poco más o menos, el procedimiento que he seguido para llevar a cabo esta pequeña labor -la más difícil de toda mi vida-.
Es el fruto sazonado y razonado de mi observación, de mi experiencia, ¡qué ojalá sea provechosa para algunos!
Mi vida entera está en esos Pensamientos , contradictorios, muchos de ellos, si se quiere.
Pero ¿acaso no somos una pura contradicción?
Era yo muy joven. Ganaba mi vida escribiendo en El Paraná . He de contarle alguna vez cómo el hambre me hizo escritor.
Había adquirido, durante mis viajes, que empezaron cuando sólo tenía diecisiete años, hábitos de orden -herencia de mis padres, sobre todo de mi madre, lo que más amo, pues, es también mi más íntima amiga, la más segura-.
El público ha creído de mí, y cree, todo lo contrario.
Yo sé la reputación que tengo -la que me ha hecho la leyenda-.
Y, sin embargo, esos hábitos no solamente son adquiridos, sino que son heredados, como acabo de decirlo, principalmente de mi madre, cuya casa y cuyas cosas son ejemplos de orden y de simetría.
Mi hermano, el único que tengo, dice:que la casa de mi madre es un buque inglés, y la mía un barco francés.
Pero, como Dios castiga sin palo ni piedra, y como todos nacemos originales y morimos copias generalmente, sin apercibirnos de ello, yo digo que su casa acabará por ser un Leviathan internacional.
Entre esos hábitos, enumeraré la costumbre de escribir un Diario, el más prolijo, detallado y minucioso que puede usted imaginar; allí rezaba todo lo que yo había hecho, dicho, visto, oído, pensado y sospechado...
Lo llevaba siempre sobre mi pecho, como el enamorado las tiernas misivas de la mujer que lo ama, o de que él cree ser amado.
Ya se imaginará usted que en aquel documento, numerado, fechado, que llegó a formar varios volúmenes, debía haber sapos y culebras.
Pasáronme cosas asaz curiosas a propósito del tal Diario.
Llega al Paraná, de Buenos Aires, Aquiles Tamberlik, el hermano del célebre tenor, con una carta de mi hermana Eduarda, recomendándomelo en términos muy expresivos.
Me busca, me halla, lo recibo cortésmente, y me le ofrezco.
Era aficionado a la paleontología, amigo íntimo del célebre naturalista Bravard, que quedó sepultado bajo las ruinas de Mendoza, y el cual se hallaba a la sazón en el Paraná, habitando una casa que quedaba en la plaza, haciendo cruz con la del Gobierno.
En cuanto se retiró, corrí a mi mesa de escribir, tomé el Diario, puse la fecha, la hora y agregué mis impresiones...
Transcurrieron los días, las semanas.
En el Paraná era muy difícil no verse a cada momento.
Nos veíamos, pues, con suma frecuencia.
Llegamos a adquirir esa familiaridad, que parece intimidad.
Tenía yo una quinta, y dada la ubicación del domicilio de Bravard, de mis ocupaciones y hasta de mi mismo estado, era casado, como lo soy ahora -soy un casado prehistórico, que no se acogerá, sin embargo, a la ley del divorcio-, iba con suma frecuencia a casa de Tamberlik.
Agregaré que el gabinete de geología de Bravard llamaba mucho mi atención.
A él le debo lo poco que sé de esta rama de la historia natural.
Se comprende, pues, que yo anduviera mucho por allí. Por otra parte, Bravard era un sabio poco hirsuto, con el cual uno podía estar à son aise .
Un día departíamos con Aquiles, después de almorzar.
Sobre la gran mesa de pino rústica, en la que Bravard amontonaba destrozado, lo animado y lo inanimado, descubrí un libro que tenía esta carátula: "Journal".
Lo señalé con el índice, diciéndole a Aquiles con un gesto elocuente:
-¿Tu Diario, no?
-Sí.
-¿Y tú, llevas también un Diario. (Ya nos tutéabamos).
-Sí, como tú.
-Y ¿qué dices de mí, en tu Diario?, porque algo has de haber escrito ya en él...
-¡Eeh! ¡Eeh! (llevé la mano a la cabeza, haciendo con ella eso que todos hacemos, cuando, rascándola, le pedimos algo, como una respuesta).
-De todo...
-¡Hombre! ¡Qué coincidencia!, lo mismo yo. A ver, muéstrame.
Y esto diciendo, me eché sobre el libro.
-¡Ah! Eso no -díjome Aquiles, impidiéndome que lo tomara.
-¡Bueno! -le dije-, hagamos un trato: yo vendré mañana con mi Diario, marcaré con tiritas de papel las páginas en que hablo de ti;tú harás lo mismo, y canjearemos nuestros respectivos documentos.
Así lo hicimos, en efecto, y tuvo lugar esta escena. El leía, yo también en la primera página marcada, mirándonos a hurtadillas uno al otro. Los dos teníamos la misma cara. No era agradable lo escrito. ¿Para qué decirlo?
Seguimos leyendo y mirándonos del mismo modo. Concluimos, nos levantamos y nos echamos en brazos el uno del otro, estrechándonos afectuosamente, riéndonos con esa explosión espontánea, que es la muestra más inequívoca de sinceridad.
Los dos nos habíamos equivocado.
Este Aquiles Tamberlik, hombre mundano, y esto no obstante, hermano lego de la Compañía de Jesús, era un tipo delicioso. Yo podría escribir sobre él cientos de páginas interesantísimas, y filosofar mucho sobre la influencia que ciertos desconocidos, aves de paso, ejercen aquí y en todas partes, sin que ni los más linces sospechen que ellos son un resorte, una fuerza.
Volvamos a mi Diario .
Pero antes, porque se me quedaba en el tintero y no me gusta borrar, por más que Byron diga que el que no sabe borrar no sabe escribir, describamos a Aquiles Tamberlik.
Era un hombre de talla mediana, bien proporcionado, moreno: tenía los ojos negros, cierta languidez en el rostro, la calvicie lo había invadido prematuramente, vagaba siempre en sus labios una sonrisa suave, vestía bien, tenía cultura, era instruido, era Diego G. de la Fuente más alto, por la cara, para compararlo con alguien. Amaba la sociedad, no quería a las mujeres. Por todo lo que en él descubrí era, más que un hombre, un hermafrodita sentimental.
Un día, yendo por la calle, me apercibo de que no tenía en el bolsillo mi Diario.
Imposible decir, en lengua humana, lo que experimenté en aquel momento; en dos palabras, lo había perdido. Fui, vine, averigüé, busqué, no dormí, no comí, pasé las penas del Purgatorio.
Todo fue inútil, pagué la pena de mi pecado: porque hay cosas que ni ebrio debe un hombre discreto confiar al papel.
Me vi envuelto en una serie interminable de conflictos, de dificultades, de malos ratos, que, ligándose como se ligan los efectos a las causas, todavía implican contrariedades en el camino de mi destino.
Renuncié entonces a mi monomanía de contarme a mí mismo lo que solamente debía tener archivado en las gavetas reservadas de la memoria.
Pero, somos animales insistentes y persistentes;la humana recua ha de aprender en cabeza propia. Y será inútil que el padre predique; el hijo seguirá pensando que éste sabe menos que él, y la ley del progreso indefinido será como un círculo concéntrico cuyo centro no se podrá jamás delinear.
¿Por qué?
Porque un punto no es susceptible de lineamientos.
Renuncié a mi monomanía de escribir un Diario, he dicho. Pero no renuncié a escribir. Me limité a cambiar el método;hice esto: Todos los días, todas las semanas, todos los meses, de cuando en cuando, pasaba revista -lo mismo que ahora- de los hombres, de las mujeres, de las cosas, de los acontecimientos, de lo bueno, de lo malo, en que yo había sido actor o espectador, protagonista o adlátere, y fecho , me concentraba, miraba dentro de mí mismo, filosofaba y acababa por darle forma sintética a mi presión definitiva.
Sobre cada uno de esos Pensamientos tengo esbozados ya algunos volúmenes, con las pruebas auténticas, o con las del inicio inductivo.
Demostraría y probaría, verbigracia, que, cuando yo abro mi libro de Memorias -éste lo llevo por orden alfabético- en la página indicada por la letra M, por ejemplo, y leo Mujer, y enseguida esto sobre ella: "La mujer no piensa seguido veinticuatro horas sino en lo que la fastidia", afirmo una verdad moral, para mí tan inconcusa, como que el continente es mayor que el contenido.
Pero, ¿cómo concluir sin decirle que usted me interesa por dos circunstancias: su apellido y su juventud?
Yo amo a la juventud. creo en ella. Porque la juventud es la sinceridad hasta en el error, y porque creo en la grandeza y prosperidad futuras de nuestra patria amada. Así, à reculons , como dicen los franceses, andamos...
Suyo cordialmente.




