Subastas al rojo vivo
Esta vez saltó la banca para el arte argentino en Christie s. Récords para Aizenberg, Hlito, Asis, Castagnino, Paternosto, Le Parc, Gyula Kosice y Eduardo MacEntyre
1 minuto de lectura'

Algo está cambiando en la arena de las subastas internacionales si un puñado de buenos artistas argentinos logra precios récord, que, en muchos casos, triplican la estimación más optimista. A Héctor Timerman, cónsul argentino en Nueva York hasta el 10 de diciembre, le gusta imaginar que la política cultural de cara al mundo debe ser una estratégica concentracion de esfuerzos en la misma dirección con la intención de potenciar los resultados. Casualidad o causalidad, esto ocurrió en noviembre en Nueva York.
El día que comenzaron las subastas latinoamericanas en Christie s el The New York Times publicó una elogiosa nota sobre la feria Pinta, firmada por Harold Cotter, integrante con Carol Vogel y Roberta Smith, de la task force del arte del influyente matutino.
Estaba en boca de todos la exposición Geometría de la esperanza, con obras de la colección Patricia Phleps de Cisneros, en la New York University, y Luis Perez Oramas presentaba esa misma semana las nuevas adquisiciones del MoMA, orientadas especialmente al arte geométrico, constructivo, cinético y conceptual. Se sumaba también a este círculo virtuoso la presencia del mexicano Virgilio Garza, director e del departamento latinoamericano de Christie s, que ha dado un giro a la visión más tradicional del arte de la región.
Y es el caso de los artistas argentinos reunidos en una sala del 20 de Rockefeller Plaza, por la que circularon cientos de invitados VIP, muchos de ellos coleccionistas, sorprendidos visiblemente ante la obra de Roberto Aizenberg, de Le Parc, Kosice y Hlito. Comenzaba un idilio, como el que mantienen desde hace años Humberto y Rosalía Ugobono con la obra de Guillermo Kuitca que atesoran en su casa de San Juan de Puerto Rico.
Con esá música de fondo, el resto escapa a los cálculos matemáticos. En el mágico momento de la venta importa la habilidad del martillero, el clima de la sala, la cantidad de manos en alto y la velocidad del los diez expertos que manejan a los clientes telefónicos sentados de cara al público: no hay secreto que la platea no escuche.
Sorpresa de la noche fue el precio pagado por la obra de Roberto Aizenberg (1928-1996), una de sus clásicas torres que delatan la vocación constructiva de Aizenberg y su paso por la Facultad de Arquitectura de la UBA. El estimado más alto de la rematadora era de 50.000 dólares y se vendió en 130.000 de la misma moneda, para alegría de un conocido anticuario, presente en la sala, que atesora varias "torres" de este argentino originalísimo capaz de trasladar a su pintura las lecciones de Batlle Planas y su admiración por el clima onírico de las obras de De Chirico. En medio de la ola de récords que dejó el otoño boreal, encabezados por los treinta y pico de millones pagados por un divino Rothko; los 140.000 dólares del mapa de Kuitca; los 91.00o que le costó al nuevo dueño un Le Parc de los sesenta o los 73.000 dólares del Televisor hidraulizado, de Kosice, estimado en 18.000 dólares, parecen modestos. Craso error: muchos de estos nombres animan por primeras vez las subastas latinas y han dejado la estela de la obra "fresca".
En Sotheby s el protagonismo argentino fue para una obra de León Ferrari estimada en 35.000 y vendida en 67 mil, y el lote más caro de la noche resultó la escena bucólica pintada por Botero inspirada en Le dejeuner sur l herbe, de Manet. Tal como fue anticipado por adn. Cultura: ese retrato de gordos sin traumas, felices en la escena matinal, se pagó 1,3 millón; señal de que el Colombiano sigue liderando el mercado.
El arte argentino tuvo su momento de gloria y una oportunidad única: estar en el lugar justo en el momento justo. Los récords indican que el team de arte argentino que sale al ruedo internacional cuenta con nuevos jugadores, como Antonio Asis, argentino nacido en 1932, radicado en París, cuya pintura de 1959 triplicó el valor estimado por la rematadora. Es un cuadro cercano al óptico Vasarely, que se lleva muy bien con la pirueta experimentada en el gusto del coleccionismo latinoamericano a partir del "efecto Cisneros". Rogelio Polessello, Arden Quin, Juan Mele, Mac Entyre y Siquier forman parte de la corriente estética que animó un momento vigoroso, signado por la esperanza de un país que se imaginaba industrializado y exportador.




