
Tango y rock nacional, enlazados
Dos temas emblemáticos revelan, a través de la génesis de sus letras, las similitudes de origen y la continuidad histórica de dos géneros diferentes, pero que están muy lejos de ser opuestos
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En términos generales, los intentos de demostrar que el tango y el rock argentino estuvieron alguna vez unidos por lazos de continuidad han fracasado, o al menos no han sido muy convincentes, salvo que se piense que dos géneros de canción son hermanos porque comparten un idioma, una ciudad y ciertos tópicos más bien universales. Ciertamente, la generación de Nebbia, Moris, Martínez y Tanguito conocía más tangos que la generación de hoy. Tenían esa información en sus memorias auditivas. A principio de los años 60, cuando ellos eran adolescentes, algunas grandes orquestas aún sobrevivían a la debacle del género, Julio Sosa era un ídolo de masas, la radio conservaba bastiones de música "ciudadana" y muy de vez en cuando alguien se animaba a estrenar algo, como cuando en 1963 "Chupita" Stamponi y Cátulo Castillo presentaron "El último café". Por lo demás, no se requiere un conocimiento muy fino de la historia de ambos géneros para encontrar huellas de "Nieblas del Riachuelo" en "Avellaneda blues".
Sin embargo, y a diferencia de lo que sucede en la actualidad, el gesto verdaderamente creador de los músicos de La Cueva y La Perla del Once fue saber distanciarse del pasado inmediato. Saber cortar amarras con la poética de aquella Buenos Aires cristalizada y un tanto decadente, para así fundar un tipo de canción huérfana de modelos nacionales y desobediente a los dictados de la política cultural fomentada por las instituciones y los medios en general, fascinados ellos, como tanta gente, por lo que entonces se daba en llamar " boom del folclore".
Por lo tanto, una comparación entre "Mi noche triste" y "La balsa" nunca conducirá a un inventario de rasgos artísticos comunes, sino más bien a una reflexión en torno a los sentidos que estos títulos construyeron en sus respectivos campos de pertenencia. Estamos hablando de dos canciones emblemáticas. Sobre ellas se ha derramado una copiosa producción periodística, algún que otro abordaje histórico y, sobre todo, una narrativa social que las ha situado en el vértice de nuestra música popular. Ocupan, tanto por derecho propio como por necesidad identitaria, el lugar del origen, allí donde las competencias del mito y de la historia se confunden. Saber que el tango empezó a ser cantado con "Mi noche triste" y que el rock nacional fue fundado el día que Los Gatos grabaron "La balsa" son informaciones con rango de creencia. Desde allí podrán discutirse los antecedentes y las consecuencias de ambos hitos.
¿Por qué pasó esto? ¿Por qué "Mi noche triste" y "La balsa", y no otras canciones de mayor calidad musical y literaria? Un esbozo de respuesta a esta pregunta puede hallarse en el proceso de poetización con el que el tango y la música beat se legitimaron entre propios y ajenos. En efecto, tanto la creación de Castriota-Contursi como la de Nebbia-Ramsés (así, con el seudónimo Ramsés, firmó Tanguito su controvertida participación en el tema) establecieron nuevos patrones de canción argentina. Veámoslo más en detalle.
Pascual Contursi (Chivilcoy, 1888) había sido titiritero y vendedor callejero antes de dedicarse a un trabajo que, en gran medida, él contribuyó a fundar: el de letrista de tango. Como se sabe, la letra de tango no nació con Contursi. Unos años antes, Ángel Villoldo y algunos otros ya habían versificado sobre las melodías saltarinas de la Guardia Vieja. Pero aquellas letras, carentes de intención narrativa, sonaban entre españolas y camperas, cuando no meramente accesorias del baile. Concedámosle entonces a Contursi el gran mérito de haber sido el creador de un tipo de letra diferente, para un tipo de canción que, con los años, llegaría a ser paradigmático.
Con sensibilidad musical -no hubo letrista de tango que no supiera algo de música-, Contursi se abocó a agregarles versos a tangos instrumentales preexistentes. De pronto, temas bailables como "Champagne tangó" de Manuel Aróstegui y "El flete" de Vicente Greco tuvieron algo que decir más allá de sus incitaciones a la danza.
Fue así como Pascual Contursi dio con "Lita", una partitura del pianista Samuel Castriota que había cobrado mucho éxito en Montevideo. El autor sobreimprimió en la obra del compositor el soliloquio de un abandonado, un amurado del amor: "Percanta que me amuraste/ en lo mejor de mi vida".
En 1917, después de haberla estrenado en el teatro Esmeralda o en el Empire (los devotos del Zorzal no se han puesto de acuerdo y hasta los hay, cuándo no, que aseguran que la primera vez fue en Uruguay), Carlos Gardel la llevó al disco. Y al año siguiente la actriz Manuelita Poli la cantó en un sainete. He ahí una canción de tango. Un tango canción, o como prefiere decir el musicólogo Pablo Kohan, un tango vocal y textualizado.
Cincuenta años más tarde, un joven rosarino llamado Litto Nebbia se atrevió, contra los consejos de las discográficas y con la colaboración de Tanguito, a componer una canción de música pop y letra argentina. Los de su generación venían haciendo con el rock and roll y la música pop lo que Contursi había plasmado en el tango: inventar letras ad hoc , ejercicio literario más o menos libre, como los que en México había realizado Enrique Guzmán al frente de los Teen Tops. Pero Nebbia fue más lejos: inventó algo completamente nuevo, un pacto de letra y música signado por los imperativos generacionales.
"La balsa" pareció reunir todas las influencias posibles de su tiempo: una secuencia de acordes de bossa nova , una marcación rítmica y una tímbrica de cuño Beatle, un estilo de canto completamente desentendido de la impostación tanguera y unos versos que expresaban los anhelos de no pocos jóvenes de la década del 60. Es evidente que "La balsa" carece del refinamiento de las canciones de Almendra. Tampoco tiene la densidad discursiva del primer Moris ni los afeites bluseros y jazzísticos de Manal. Pero el rock como movimiento cultural necesitaba un annus mirabilis y un hecho fundacional. 1967 y "La balsa": he ahí nuestro modesto aporte a los high sixties .
El éxito de la grabación de Los Gatos fue tan sorpresivo como el de "Mi noche triste", con los beneficios adicionales que en 1967 traían los mecanismos de distribución y comercialización de la música grabada. Del mismo modo que se conjeturan, sin demasiada convicción, otros comienzos para el tango canción, también podría decirse que no escasean los títulos de la etapa épica del rock que están en condiciones de reclamar un sitio pionero en la cultura joven: "Rebelde" de Moris y "La respuesta" del propio Nebbia, por caso. Sin embargo, "La balsa" fue un éxito inmediato, tuvo el insólito respaldo de la gente.
Oscar Conde ha observado que la visión de un personaje perdedor podría considerarse como situación axial en los nacimientos de ambas poéticas. Es verdad: el joven insatisfecho que se pasea por las primeras letras de nuestra música beat es tan poco exitoso como aquel varón abandonado por la paica que tanta secuela dejó en la canción rioplatense. Sin embargo, en la situación tanguera se opta por el rezongo como forma de conmiseración. Sobreviene entonces la obsesión con aquellos objetos que delatan la ausencia del ser amado. Como escribió Francisco García Jiménez, el perdedor del tango descubre "el pulso misterioso de las cosas inanimadas": "Y la lámpara del cuarto/ también tu ausencia ha sentido,/ porque su luz no ha querido/ mi noche triste alumbrar...".
El náufrago de Nebbia sueña con la aventura exterior. Ningún signo de nostalgia parece atarlo al pasado. Su valoración del mundo es tan sombría como la que formula el tanguero ("Estoy muy solo y triste acá,/ en este mundo abandonado...") pero él tiene un proyecto, buscará la libertad sin aguardar nada de los demás. El personaje de "La balsa" es un adolescente preso de su imaginación. El de "Mi noche triste", un veterano enfermo de melancolía. Desde luego, no existía la adolescencia en 1917. Y de nada servía ser veterano en 1967.
Para aventar cualquier duda respecto a lo que pensaba la generación emergente, el lado B de "La balsa" trajo "Ayer nomás" (Moris-Lernoud), la más potente desacreditación del pasado que eran capaces de formular los jóvenes autores de canciones de los años 60. Finalmente, el ciclo del tango canción se había cerrado para siempre, mientras la brecha generacional se profundizaba indefectiblemente.
Sergio Pujol es autor de Canciones argentinas 1910-2010, recientemente editado por Emecé



