Tentaciones de la cursilería
Basta de corazones, de almas, basta de frases bonitas o de expresiones del tipo "el niño que todos llevamos dentro". Vade retro, empalagosa caterva de grandilocuentes. Hablemos claro.
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LA escritura es una bendición pero es también muy peligrosa. Hay pensamientos que no se alumbran si no es escribiendo; hay cosas importantes que las personas no se atreven a decirse de viva voz, sino sólo por escrito y "a solas", y es lamentable que la dimensión epistolar esté cada día más desaparecida: las cartas son necesarias. El riesgo estriba en que, precisamente por eso, es fácil que en la escritura, tanto pública como privada, uno caiga en la tentación de ponerse solemne y soltar cursiladas inconmensurables. Pero, en fin, con esto ya se cuenta.
Lo que resulta más llamativo y hasta alarmante es la cantidad de cursiladas que la gente notable dice , por ejemplo en las entrevistas que se ven y oyen. Y directamente ominoso encuentro que sean a menudo mis colegas, los escritores profesionales, quienes esparzan más melindrosas bobadas cuando deberían ser ellos los más prevenidos a la hora de incurrir en lugares comunes y topicazos, en expresiones supuestamente "bonitas", frases manidas y sandeces como floreros.
Durante la última Feria del Libro he leído bastantes declaraciones de colegas míos, y la acumulación me ha hecho advertir con horror que la gran mayoría, con independencia de edad, sexo, nacionalidad o género más practicado, se zambulle con ufanía en mentecateces ruborizantes. Un autor muy vendedor confesaba, por ejemplo, respecto a su último producto vendible: "Ha sido la autobiografía de mi corazón". Nada menos. Y luego poetizaba sobre el prosaico momento de firmar en la Feria, calificándolo no recuerdo si de mágico o lúdico o copulativo: "El roce de las manos cuando yo doy el libro", exclamaba transido y sin duda pegajoso. Otro escritor maduro, extranjero y que sostiene mucho, afirmaba para expresar su amor a un país ajeno: "Hasta sueño en su lengua, lo que quiere decir que ese lugar forma parte de la geografía de mi alma". Santo cielo. Ya la sola palabra alma suele ser problemática (y lo dice quien la puso en uno de sus títulos, como corazón en otro, con mucha duda); pero que además cuente con "geografía" sólo queda superado por lo que, en el periódico del mismo día, aseguraba un tercer autor, más joven y de nuestro norte: "La naturaleza sirve para expresar el paisaje del alma".
Las almas de los escritores parecen superpobladas, roturadas y jeroglificadas, de tanto como contienen. Pero es que en la misma página venían las manifestaciones de un cuarto, de nuestro sur, casi un debutante, al que no sonrojaba hablar de "contar historias a los niños que llevamos dentro". Sería de desear que esos niños no correteasen también por el alma sino por algún otro territorio menos concurrido, o si no estallaría el invento, se encuentre donde se encuentre.
Que escritores consagrados o incipientes larguen trivialidades refitoleras a troche y moche y sin avergonzarse es un síntoma preocupante de lo poco que se les exige y lo muchísimo que se les pasa: esas frases e imágenes son propias, a lo sumo, de una folclórica o un modisto de antes. En ese antes, a estos escritores nuestros los habrían jubilado por tales manifestaciones.
Hay muchas más, repetidas hasta la náusea, y aquí no caben. Me limito a señalar una infatigable que ya no se aguanta: "Todos somos...", y a continuación cualquier ser o colectivo maltratado o desfavorecido: "negros", "pobres", "presos", "inmigrantes", y sobre todo "mestizos". Basta. Porque, además, creer que todos somos lo que no todos somos es la mejor manera de que sigan siendo maltratados los que sí lo son de veras.
Por Javier Marías
Para
La Nacion
- Madrid, 1998
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