
Testigo de un nuevo mundo
Miguel Grinberg. Amigo de Allen Ginsberg y Thomas Merton, publicó recientemente Memoria de los ritos paralelos, un diario que escribió en 1964, cuando vivió en Nueva York, en pleno auge de los Beatles, el hippismo y la contracultura
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En la Navidad pasada, mientras desembalaba paquetes envueltos en bolsas plásticas que habían estado guardados durante siete años en la buhardilla de una casa de Campinhas (San Pablo), Miguel Grinberg encontró el diario que escribió en 1964 durante su estadía en Nueva York. Esos papeles, ahora amarillentos, que había mecanografiado con una máquina de escribir prestada, dieron lugar al libro Memoria de los ritos paralelos, que recientemente editó Caja Negra, cinco décadas después de aquel viaje iniciático para el joven poeta amigo de Allen Ginsberg y Thomas Merton, entre otras figuras literarias de la época.
"Este libro se complotó para manifestarse. Yo no lo estaba buscando en ese momento y pasaron cosas que lo convirtieron en papel impreso", cuenta el autor. Poeta, periodista, traductor y pionero en el país de disciplinas como la ecología, la meditación y el yoga, Grinberg (Buenos Aires, 1937) conserva en carpetas y archivos todos los materiales que reunió desde aquellos años, ordenados por temas y nombres de personajes.
"Durante casi veinte años he vivido temporalmente en Brasil y en la Argentina, con mi familia brasileña, en una especie de puente aéreo. En Campinhas, una ciudad universitaria, vivíamos en un barrio cerrado –recuerda–. Cuando vendimos la casa para volver a Buenos Aires, mis dos hijos brasileños (tengo otros dos argentinos) no sabían qué hacer con mi biblioteca. No había un lugar donde guardarla. Entonces, mi cuñada les ofreció un espacio vacío que había en su vivienda, ubicado entre el tejado y la losa, que se suele usar como desván. Prolijamente empaquetados en cajas, allí guardaron los libros y todos mis papeles."
El original de Memoria... estaba allí dentro de una carpeta. Grinberg no lo recordaba. Lo trajo a su casa porteña, junto con otros materiales que todavía está clasificando. Pensaba, en algún momento, editar ese diario donde registró sus impresiones sobre la contracultura norteamericana y la Generación Beat.
–¿Qué pensó cuando se reencontró con esos textos tan personales que resultaron, a la distancia, visionarios?
–Cuando los leí después de todos esos años, me impresioné porque los sentí como un delirio poético. Yo estaba predispuesto porque venía de organizar un congreso de poetas en México y de fundar un movimiento de poetas continentales de las Américas llamado Nueva Solidaridad. Me sorprendí a mí mismo con la lectura.
–¿El texto publicado es el original de aquel diario o hubo un trabajo de reescritura y edición?
–No. Lo máximo que corregí fueron algunos puntos y aparte de párrafos que me parecieron muy largos. Nada más. Lo tuve que transcribir entero y es textualmente el original. No tiene quitas ni agregados.
Además de anotaciones, anécdotas y reflexiones, Memoria... incluye cartas personales: entre ellas, una de Thomas Merton a Henry Miller, fechada en agosto de 1964, y dos de Grinberg dirigidas a Ginsberg. También, fotos tomadas por el autor a sus amigos poetas y afiches de conciertos y espectáculos que se presentaban en Nueva York.
–El libro parece haber sido escrito con el fin de que alguien lo leyera en el futuro. ¿Pensaba entonces que este registro podía quedar como testimonio de aquel momento cultural?
–Eludí conscientemente el tipo de crónica de eventos. No me interesaba contar que me invitaron a un cóctel para Alberto Moravia o Günter Grass, en Nueva York. Me centré en el impacto de la realidad en mí. Es un soliloquio personal sobre el desarraigo que viví y una sensación de soledad, pese a estar en medio de la multitud. No era desamparo porque tenía muchos amigos, aunque hubo momentos en que quise irme pero no disponía de dinero para poder hacerlo. Ese tipo de intimidad contiene el libro, aunque lo escribí convencido de que lo hacía para que algún día se publicara.
Entre marzo y septiembre de 1964, Grinberg siguió un riguroso plan de trabajo. Escribía el diario todas las noches. "Disponía de la máquina de escribir entre las cinco de la tarde y el amanecer porque la dueña no la usaba en ese horario. Mi disciplina era inamovible: me había propuesto escribir una carilla, mínimo, por noche. Pero a veces metía el perro y escribía a doble espacio. Hacía trampa."
–¿Qué fue lo que más lo sorprendió al leer el material?
–Una sorpresa de este libro es que está inmensamente vivo. No son postales de la Primera Guerra Mundial que muestran una Europa destruida sino que la materia prima con la que trabajé este diario era la percepción de un potencial poético que estaba en marcha. Al principio fue una percepción poética pero después fue histórica. Lo cuento en el prólogo: atravesé la frontera entre México y Estados Unidos cuando los Beatles estaban actuando en Nueva York. Me reuní con los líderes del movimiento negro por los derechos civiles. Me topé con los primeros hippies en el Greenwich Village. Estalló la Guerra de Vietnam y empezó el movimiento pacifista. Además me contacté con gente que estaba con la ecología social y me inicié en el ecologismo. Era un nuevo mundo. Una cosa es enunciar un nuevo mundo y otra es vivirlo.
–¿Era consciente de que estaba viviendo el inicio de un mundo nuevo o ésa es una percepción retrospectiva?
–Lo percibí instantáneamente. Tuve el beneficio y la ventaja de ser bilingüe desde chico porque fui al Liceo Británico. Leía la prensa norteamericana que compraba en la calle Florida. Estaba empapado de la generación beat. El inglés me ayudó a leer Aullido y En el camino antes de que salieran en castellano. Desde 1959 estaba en contacto epistolar con Ginsberg. Tenía mucho material para publicar y no tuve eco en el país, donde todo era europeísta o castrista. Era el inicio de la Revolución cubana. Lo norteamericano se consideraba imperialista en los círculos intelectuales. En los círculos finos, vinculados con la revista Sur, todo empezaba y terminaba con Europa y, especialmente, con Francia. Entonces, empiezo con Antonio Dal Masetto a editar la revista Eco Contemporáneo para difundir ese material. Visualizaba lo que surgía, la novedad. No era moda, era efectivamente una generación contracultural, de visionarios. Vi por anticipado las cosas que estaban gestándose y las trayectorias que podían tener. Y yo fui parte de eso. Fui coprotagonista de esa historia.
–En una de sus cartas a Ginsberg le dice: "Ustedes no quieren cambiar esta sociedad, no quieren ser perturbados, quieren ser intocables. Tal es la idea que tienen de la libertad". ¿Cambió su visión cincuenta años después?
–Nunca estuve embanderado en una ideología específica. Siempre fui un multipropósito. Pero lo que nunca me inspiró dudas fue la sensación de ser parte de un proceso evolutivo que continúa. Entre libros personales, antologías, traducciones y adaptaciones tengo alrededor de sesenta títulos publicados. Siempre sentí que me tocó protagonizar o ser testigo de cosas que fueron ensayos. Mi polémica con Ginsberg gira en torno a un tema que sigue presente: cuál es el papel de la vanguardia en tiempos de decadencia.


