Testimonio personal y político

MEMORIAS Por Marcelo Sánchez Sorondo-(Sudamericana)-251 páginas-($ 17)
(0)
30 de enero de 2002  

A los 89 años, Marcelo Sánchez Sorondo es un compendio de reflexión y de sabiduría acerca de la historia argentina del último medio siglo. En estas memorias narradas a través de jugosos diálogos con Carlos Payá, aparece aquel Sánchez Sorondo nacido en una señorial casona de la calle Florida, y sus recuerdos recalan en una infancia feliz que, según explica, "pensaba que iba a tener un próximo fin". Pero no fue así, y este abogado que recibió su título a los 23 años, ejerció durante mucho tiempo la docencia -secundaria y universitaria- y encontró en la política una verdadera pasión, nacida entre las convulsiones de su época de estudiante y de las charlas entreoídas en su hogar, frecuentado por figuras clave de la vida política y cultural de la época.

De raigambre católica, Sánchez Sorondo no vaciló en su adolescencia en volcarse hacia el nacionalismo, y con esta idea como bandera, se unió a otros destacados hombres públicos para arremeter contra la pobreza, la marginación y la injusticia en medio de la vorágine de un país que, a los tumbos, pretendía hallar su propio futuro. Ya por entonces había transitado sus primeros pasos en el periodismo, como corresponsal de LA NACION en la Guerra Civil Española. Pero los devenires de la participación política lo alejaron momentáneamente de la pluma. Su prédica se hacía oír a través de la cátedra o de la tribuna pública, y volvió al periodismo cuando, entre 1940 y 1943, dirigió la revista Nueva Política . Una larga década después fue uno de los fundadores de Azul y Blanco , un semanario, también de ideas nacionalistas, que pronto adquirió notable divulgación y que le valió la persecución y la cárcel.

Pero ninguna contingencia adversa pudo destemplar el ánimo de Sánchez Sorondo. Continuó su enconada batalla contra gobiernos autoritarios y contra fantasmales sombras que enturbiaban los destinos de los argentinos. Desechó cargos oficiales -el de embajador en España, ofrecido por Frondizi, y el de embajador en Egipto, ofrecido por Illia- y, desde el llano, prosiguó su prédica en favor de un idealismo del que nunca abjuró.

Estas memorias de Sánchez Sorondo son, sin duda, el reflejo de una Argentina en permanente crisis. Posiblemente su pensamiento -de derecha y de clara extracción nacionalista- haya tenido y tenga tantos detractores como admiradores; su lúcida autobiografía y también su conducta, firme, tal vez a veces inflexible, retratan a un hombre aferrado a sus convicciones. Pero se percibe en estas líneas, escritas en la etapa más alta de su vida, que el autor ha moderado el filo de su temible espada literaria y política, siempre tan certera y eficaz como excesiva había sido en otras ocasiones. Más apaciguado, más distante, posa sobre sus adversarios una mirada más comprensiva y, sin duda, más generosa de la que había echado sobre ellos en el pasado.

Y a estas alturas de su vida, cierra con dolor las últimas páginas de su libro: "Creo perdida la idea de patria, como empresa política, como entidad distinta de cultura, como capacidad de generar un Estado con genuino poder de soberanía. Dios quiera que no sea así".

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?