Todas las voces de Svetlana Alexiévich, la Nobel tímida que reconstruye el pasado

De paso por Madrid, cree que el "socialismo con rostro humano" es posible
Martín Rodríguez Yebra
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18 de mayo de 2016  

Svetlana Alexiévich
Svetlana Alexiévich Fuente: LA NACION

MADRID.- A Svetlana Alexiévich le incomoda el estrellato. La atención mundial que acapara desde que el año pasado obtuvo el Premio Nobel de Literatura la saca de su hábitat natural que es el lugar del que pregunta y escucha; ese segundo plano desde el que construye su obra a partir de un gran collage de voces ajenas.

El cansancio de las giras que acaso profundiza el rastro melancólico en su mirada queda a un lado apenas se extravía en la pasión de sus argumentos. Como los personajes de sus libros, responde con largos monólogos repletos de vivencias, anécdotas, denuncias y una visión descarnada de ese mundo post-soviético que se dedica a retratar con precisión de miniaturista.

"Es agradable estar con gente que está dispuesta a procesar la información, a pensar. En Rusia y en Bielorrusia, mis dos patrias, eso ya no ocurre. Se han cerrado al mundo. Han parado el proceso de pensar, un fenómeno que continúa sólo a nivel casi clandestino", dijo ayer al presentarse en un coloquio con periodistas y académicos en Madrid.

La autora de Los hijos del cinc y Voces de Chernóbil cuenta que su única meta es "comprender" a partir del relato de gente corriente, aquellos que nunca tuvieron ocasión de expresarse: "El sentido de mi obra es mostrar los sentimientos humanos, aquello que la historia suele ocultar o simplemente ignorar". No reniega de su profesión de periodista, pero define sin dudar que sus textos son literatura. A su juicio la intensidad de los acontecimientos aumentó a un ritmo tal que impide escribir de ellos sosegadamente, 50 años después, como hacía Tolstoi. "La literatura ya no tiene esa oportunidad", señaló.

Le gusta la definición "novelas de voces" para esos cinco libros en los que repasa 100 años en la historia del mundo ruso. "En mi trabajo tengo como regla dejar que cada uno grite su verdad -explicó-. Yo como autora no puedo forzar la realidad ni intervenir. Mi visión por supuesto está presente en la selección. De 3000 entrevistas uso 1000. De 100 páginas de relato quizá quedan al final algunas líneas."

Cronista de la derrota

Pero su empeño en reconstruir el pasado no aspira a otra cosa que hablar del presente y el futuro. "Hoy vas a algunas partes de Rusia y te puedes volver loco con lo que escuchas de la gente. Dicen: «Vamos a acudir a salvar a Europa». Han logrado reorientar el descontento de la gente hacia el enemigo externo. Otra vez, la fantasía de la fortaleza asediada y la filosofía militarista de la época soviética."

El rechazo a la gran Rusia con que sueña Vladimir Putin aflora en todo su discurso. Pero ella mira más allá de un presidente circunstancial. "No se trata de creer que Putin es una suerte de demonio. En Rusia ves a Putin en cada persona que lo apoya. Es un Putin colectivo. Todos llevan un pequeño Putin dentro, con sus rencores, sus miedos, sus complejos."

A los 66 años todavía cree que el "socialismo con rostro humano" es posible. No cuestiona un modelo político sino la forma y el momento en que se aplicó en Rusia y su entorno. No impide que aflore la nostalgia cuando recuerda los sueños de libertad de principios de los 90. Al monstruo comunista, sostiene, lo reemplazaron "infinitos pequeños monstruos" que tomaron por sorpresa a quienes luchaban por el cambio.

Le duele ver a la elite cultural rusa como apoyo fundamental del régimen de Putin. "Algunos han podido soportar el gulag mejor que el dólar. El que iba al gulag no tenía nada que perder excepto sus ideas. Ahora esas personas sí tienen cosas materiales que defender", dijo.

Oponerse tiene sus costos. A ella la han acusado en su tierra de recibir un premio por calumniar al pueblo ruso. Pero la consuela pensar que desde que ganó el Nobel el poder la trata con más cautela.

Por su lealtad a los hechos, no se entrega fácil al optimismo. Habla de la era post-soviética como la crónica de una derrota, descarta que haya una oportunidad en lo inmediato para una revolución en la que triunfe la libertad y cree que se sienten los movimientos tectónicos que anticipan un desastre. "Nuestra generación ya no sale a las plazas; sale del país", dijo. Pero ella no se va. Necesita el ambiente de Minsk, la ciudad donde creció; su gente, su geografía, sus historias.

Quizás haya tiempo de conocer pronto una faceta menos sombría en su obra. El libro que está escribiendo trata sobre el amor. "Es la continuación de la pregunta que llevo años haciéndome: ¿qué es el ser humano? Pero ahora quiero abordarlo de una forma más privada".

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