
Toledo, el mexicano genial que pinta su propia identidad
Se exhibe su muestra "Obra Gráfica"
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Francisco Toledo, considerado por la crítica el más importante artista mexicano vivo y continuador del legado de Rufino Tamayo, recrea en un conjunto de grabados de diversas técnicas, los mitos, ritos, leyendas y cosmovisión de su tierra y su etnia: la cultura zapoteca, uno de los pueblos más avanzados con el que se topó el conquistador español, en su desembarco por el istmo de Tehuantepec, en la región mexicana de Oaxaca.
La muestra de Toledo, que se expone en el Centro Cultural Borges -ascéticamente titulada "Obra Gráfica"-, exhibe 93 obras, entre grabados, litografías y xilografías, del período 1999-2001. Se trata de una exposición itinerante, promovida por la cancillería mexicana, que ya ha recorrido las principales capitales latinoamericanas.
Es la segunda vez que el trabajo de este notable grabador, pintor y ceramista se exhibe en el Borges. Dos años atrás, expuso sus obras pictóricas y grabados, técnica dilecta del artista, que mezcla la tinta con todo tipo de elementos, como yeso, harina, azúcar, madera, cera y semillas de jacarandá.
Sus dos obsesiones
En la muestra predominan dos temáticas recurrentes en la obra de Toledo: las imágenes expresionistas de sus autorretratos, con una estética que remite por momentos a las estampas de Goya, y la representación surrealista de la muerte en un ambiente onírico y de fábula donde calaveras y esqueletos humanizados, con ojos y zapatos, juegan con animales mitológicos, propios de la cultura zapoteca.
Toledo es un gran difusor de las tradiciones e identidad de esa rica cultura precolombina. Apreciar su obra, entonces, es adentrarse en el propio ideario y características de los zapotecas, que desde hace siglos preservan con celo sus costumbres y creencias.
La muerte, por ejemplo, es sólo un paso más para la eternidad del espíritu; sólo una etapa de tránsito hacia otra vida. Esta cosmovisión revive todos los años en el Estado mexicano de Oaxaca al celebrarse "La ofrenda del día de los muertos", cuando la gente convida con alimentos a los espíritus que vuelven y les marcan con pétalos de flores el camino de regreso hacia ese otro mundo.
Toledo está atento a esta creencia y la representa con exuberante ironía y humor. Aparecen así las inefables calaveras en un ambiente de fuerte contenido alegórico. Ellas, lúdicas y temerarias, interactúan con seres mitológicos, animales característicos de la región de Oaxaca: chapulines (grillos), changos (monos), iguanas, conejos, sapos, avispas y serpientes.
En esa interacción, Toledo parece decirnos que "la muerte es como Dios, está en todas partes": escapando de una serpiente, expiando el sexo de un sapo, luchando contra un lagarto.
Balas y muerte
Pero estos animales no son imágenes rezagadas en su obra. Ellos cumplen la función de protectores, guías e interlocutores del hombre.
Del recorrido por la muestra se destaca un grabado de antología (Cañonazo, 1999), donde una andanada de balas de cañón busca su impacto en la osamenta de la calavera. Es la misma muerte la que huye de su muerte.
La sexualidad y el erotismo, como señal de la fuerza de la vida, es otra imagen fuerte y explícita en el universo de Toledo. Aparece tanto en el esqueleto como en sus autorretratos.
La imagen del propio artista, con sus rasgos indígenas destacados, es propia del juego de espejos al momento de trabajar con las planchas de metal, piedra y madera en las diferentes técnicas del grabado. Pero en ello lo lúdico cede su espacio a la circunspección. Al hombre quizás atribulado, pero inmerso en un frenético estado de creación.
De hecho, en la biografía del artista se lo señala como un hombre ajeno a la vida mundana y absorto en la unidad de su propio imaginario, para poder plasmarlo con intensidad, sin las interferencias o imágenes del afuera.
Su rostro, inquietante y a la vez franco, animado con trazos cortos y vibrantes, parece invitar a su mundo introspectivo. Son imágenes saturadas de tanta intimidad, que la sola apreciación lo transforman a uno en voyeur.
Según dice Miguel Díaz, agregado cultural de la embajada de México, Toledo es tan extraordinariamente tímido que "esos autorretratos parecerían ser la mejor manera que tiene el artista para mostrarse". Y lo logra.
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