
Tragedia en el Paraíso
El gran escritor austríaco se ha convertido en figura de culto en Europa y en los Estados Unidos. Sus novelas y sus biografías han vuelto a despertar el mismo interés que hizo de él uno de los autores más populares de los años 20 a los 40. Recientemente el Instituto Goethe le dedicó un ciclo en el que se proyectaron el documental La muerte anunciada de Stefan Zweig, de Sylvio Back, y el video de la ópera De todos los cálices, amargura, de Cristoph Cech y Alfredo Bauer, basada en la biografía del hombre que se suicidó en Petrópolis en 1942. En esta página se evocan su personalidad y los últimos días de su existencia
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El suicidio del gran escritor austríaco Stefan Zweig y de su esposa, Lotte Altmann, en Petrópolis, Brasil, el 22 de febrero de 1942, conmovió a todo el mundo. Zweig era uno de los autores más famosos de aquellos años. Sus libros se vendían por millones, sus novelas, sus obras de teatro se traducían a todas las lenguas europeas y servían de base para filmes de Hollywood de gran éxito.
El período que Zweig pasó en Brasil como refugiado político (era judío y sus obras no podían editarse ni circular en Alemania) quedó envuelto en un aura de misterio. En una carta de adiós, Zweig da como razones de su última decisión la crisis mundial y el futuro incierto de la cultura que él encarnaba como uno de sus frutos más acabados. Por eso, las recientes proyecciones en el Instituto Goethe del documental La muerte anunciada de Stefan Zweig, de Sylvio Back, y de un video de la ópera De todos los cálices, amargura, música de Christoph Cech y libreto de Alfredo Bauer, que narra la existencia del intelectual vienés, tienen un especial interés en un momento histórico que suscita preguntas y dudas semejantes a las de la época de Zweig. La obra de éste, que había quedado relegada durante varias décadas, se ha puesto de moda desde hace unos años, y su figura se ha convertido en objeto de culto tanto en París como en Berlín o Nueva York.
Zweig viajó por primera vez a América Latina en 1936 para participar en un congreso del Pen Club en Buenos Aires. Más tarde volvió a Brasil en busca de refugio. Anhelaba encontrar allí la paz espiritual que le permitiera terminar una biografía en dos tomos de Balzac, que, según él, sería su obra más importante. El Balzac quedaría inconcluso. A poco de llegar a Brasil, le escribió una carta esperanzada a su primera esposa, Friderike von Winternitz, una intelectual que se había divorciado de su primer esposo para casarse con Zweig: "En lo espiritual estoy mejor aquí. El paisaje es bellísimo, la gente es amable. Europa y la guerra están lejos. Lo fundamental es que decidí alquilar una casita en la que lo más importante es una enorme veranda.[...] Petrópolis es escenográfica, pero también primitiva. [...] Si logro en este lugar olvidar Europa, dar por perdidos libros, casa, posesiones, ser indiferente a la fama y los honores y sólo dar las gracias por vivir en el paraíso, mientras Europa sufre la miseria y el hambre, me consideraré satisfecho. No sabes el consuelo que brinda la naturaleza, donde todo es color y los hombres aún niños. Por fin un lugar de descanso".
Las causas de su efímero y precoz bienestar en Petrópolis fueron, en verdad, las de su perdición. Zweig era un hombre refinado, de una cultura cosmopolita, que necesitaba como el alimento el contacto con sus pares, las grandes bibliotecas donde realizar investigaciones, la atmósfera creada por los objetos bellos de sus colecciones; en suma, todo lo que no tenía en Petrópolis. Zweig podía admirar la naturaleza casi virgen por un lapso no demasiado prolongado, pero se nutría de la cultura europea.
El gobierno de Getulio Vargas recibió a Zweig como un huésped ilustre. Según las declaraciones del escritor Alberto Dines en el documental, hay una relación causa-efecto entre el otorgamiento de la residencia al autor austríaco y el contrato por el que éste escribió Brasil, país del futuro. Para los brasileños, sobre todo los partidarios de Vargas, el libro no hablaba ni elogiaba lo suficiente todo aquello de lo que se ufanaba Vargas, es decir, la modernización del país, la incorporación de nuevas tecnologías. Zweig, en cambio, se refería más bien a las tradiciones y la cultura barrocas de Brasil. Más tarde le propusieron que escribiera una biografía de Getulio Vargas. Pero Zweig rechazó ese ofrecimiento. Según declara Gerhard Metsch, en ese entonces un joven escritor, a Zweig no le interesaba consagrar su pluma a un "dictador mediocre".
Samuel Malamud, el abogado de Zweig y de la editorial Guanabara, en la que se publicaban las traducciones de éste, ayudó al escritor a realizar los trámites de su residencia: "Fuimos a la policía a buscar el formulario 19. Cuando llegamos se armó una especie de revolución, Zweig era no sólo conocido en Brasil, sino también muy leído. En la comisaría todas las chicas corrieron hacia él para pedirle un autógrafo". Cumplimentados los trámites, y por ser su abogado, le entregaron a Malamud las tarjetas para retirar los documentos. Eran amarillas. Zweig, con humor, dijo: "¡Qué extraño! En la Rusia zarista las prostitutas recibían una tarjeta amarilla para el control sanitario".
Alberto Dines, otro de los amigos brasileños de Zweig, se refiere a un viaje poco estudiado del escritor a Portugal. En Londres, Zweig había conocido a Joseph Leftlich, un periodista y escritor refugiado. Era miembro activo de la Liga del País Libre, una variante del sionismo. La Liga reclamaba un territorio, en un país poco poblado, para que allí se asentaran los judíos fugitivos del nazismo. Dines sostiene que Zweig fue a Portugal en 1938 por encargo de ese movimiento para el que Stefan escribió muchos panfletos. En Portugal, Zweig hizo contactos diplomáticos para que el dictador Salazar cediera Uganda a los judíos. Por otra parte, durante su estadía final en Brasil, Zweig pensó en la tierra que lo había acogido como una posible solución para los refugiados. Brasil tenía enormes extensiones despobladas que podrían ser el puerto anhelado para los perseguidos por los nazis.
Sin embargo, Zweig no era sionista. En Nueva York, en 1934, había declarado, de acuerdo con lo citado por Dines: "Me opongo a todo nacionalismo, aun el judío. Para mí, los judíos son un pueblo cosmopolita y el nacionalismo no será una solución a sus problemas".
La tragedia histórica de la que Zweig, como millones de hombres en todo el mundo, era víctima, había afectado hondamente su vida privada. Cuando resolvió dejar Austria para radicarse en Londres (ver la otra nota de esta página), su primera esposa, Friderike von Winternitz no lo acompañó. Como muchos, ella pensaba que la gravedad de las cosas todavía no había llegado a ese punto, por lo que se separaron. Lotte Altmann, la eficiente secretaria que lo ayudaba en Inglaterra, se le volvió indispensable. Se casaron, pero era obvio que Lotte no estaba a la altura de su nuevo papel.
En el documental, Malamud comenta: "Lotte fue una sorpresa para todos. Era una mujer bastante fea, enferma, no tenía clase. En fin, era una secretaria. Sé que Zweig le siguió escribiendo a Friderike. Esta tenía una gran influencia sobre él, era de su mismo nivel social e intelectual.
Metsch, por su parte, agrega: "Seguía dependiendo de Friderick. Con ella había tenido una colaboración intelectual que con Lotte era imposible".
Zweig había resuelto terminar sus días, pero Metsch no cree que Stefan y Lotte hubieran acordado un pacto de suicidio. "Ella tomó un veneno cuatro o cinco horas más tarde que él, cuando el cadáver de Zweig ya estaba rígido. Lotte vaciló hasta que, en la desesperación, tomó un veneno mucho más fuerte, no Veronal, sino veneno para ratas." En el mensaje de despedida que le escribió a Friderike, dice Zweig: "Cuando recibas esta carta, ya me sentiré mucho mejor. Después de una época buena, caí en una profunda depresión. Fue tal el sufrimiento que no podía concentrarme y me oprimía la certeza, la única que teníamos, de que la guerra aún duraría años. Petrópolis me gustó mucho pero no tenía los libros que necesitaba. La soledad, al principio, me dio paz, pero luego me aplastó. La sola idea de no poder terminar nunca Balzac, mi obra fundamental, era muy dura. Te envío estas líneas escritas en mis últimas horas. No sabes lo bien que me siento desde que tomé esta decisión. Dales mis cariños a los niños y no te lamentes por mí. Con amor y amistad, ¡y ten valor!, bien sabes que estoy tranquilo y feliz. Stefan".
Después del doble suicidio corrió toda clase de versiones sobre la vida y la muerte de los Zweig en Petrópolis. Thomas Mann conjeturó que esas muertes ocultaban un escándalo sexual. Pero, en el fondo, se trataba de detalles más o menos anecdóticos: Zweig no había podido sobrevivir a la época en que su espíritu había florecido. Afortunadamente su obra parece tener la resistencia que no tuvo su autor y hoy, inesperadamente, vuelve a despertar la atención de los lectores.
Una trampa segura
Toda seguridad es ilusoria y mortífera; quien corre tras ella pierde trágicamente su vida en una carrera vana. Stefan Zweig fue educado precisamente en el culto de ese espejismo. La historia le devolvió lalucidez a costa de su vida.
El autor de Amok pertenecía a una rica familia austríaca. El padre, Moritz Zweig, había fundado una hilandería que, con el tiempo, lo hizo millonario. Sin embargo, siguió llevando una tren de vida discreto. Tocaba muy bien el piano, escribía con elegancia y claridad, hablaba el inglés y el francés. Según Stefan había adoptado el credo de su época, la seguridad ante todo.
La madre, Ida Brettauer, había nacido en Ancona, Italia. Pero, a diferencia de Moritz Zweig, descendía de un linaje de judíos de clase alta.Entre los Brettauer sólo había banqueros, directores de empresa, abogados, profesores. Tenían un fuerte orgullo de clase. Se consideraban como una especie de aristocracia cuya importancia derivaba de valores espirituales, pero estaba apoyada en una sólida posición económica.
Las reflexiones de Stefan Zweig sobre los judíos son importantes para entender lo que le ocurriría. Según él, la riqueza no es la meta de los judíos, sino un paso intermedio, un modo de alcanzar la verdadera tierra prometida. El ideal del judío es elevarse espiritualmente, alcanzar un nivel cultural superior para liberarse de la maldición del dinero. Paradójicamente sólo puede hacerlo si acumula suficientes bienes, de modo tal que no deba pensar nunca más en lo económico.
Desde chico, Stefan se sintió atraído por la poesía, el teatro, la historia. Habia en esa inclinación, un gusto no del todo reconocido por la aventura. Siguiendo esapendiente, frecuento una asociación creada por Ludwig Jacobowski llamada Die Kommenden (Los hombres del futuro), que se reunía una vez por semana en el primer piso de un café de la Nolendorfplatz. Allí el joven burgués se codeaba con actores y poetas alcohólicos, morfinómanos, impostores. "Ese amor, esa curiosidad particular por los seres en peligro me ha acompañado siempre en esta vida", se explayó Zweig sobre este punto. Zweig al respecto.
Theodor Herzl, el creador del sionismo le publicó a Stefan su primera nouvelle. Esa relación no tuvo demasiadas consecuencias porque la política, el ascetismo, y los ardores nacionalistas o religiosos, no tenían demasiado interés para Stefan. En su espíritu se combinaban brillantemente la seriedad del estudioso, la sensualidad vienesa y cierta dosis de frivolidad; le gustaban la música, la comida, los buenos vinos, el lujo refinado. Le encantaba formar colecciones de objetos, sobre todo autógrafos de autores célebres. En 1912, conoció a Friderike von Winternitz (nacida Burger). Era una mujer casada por la Iglesia católica, con dos hijas. Al principio, entablaron una amistad intelectual, pero lentamente la relación derivó en un amor apasionado. Friderike abandonó a su esposo. Stefan alquiló dos pabellones vecinos en el campo, y allí se fueron a vivir Friderike con sus niñas, y Stefan. Ella era hermosa, cultivada y fuerte.
Durante la Primera Guerra, Zweig se alistó como voluntario y lo destinaron a los Archivos de guerra. HIzo una tournée de conferencias por Suiza y allí tomó contacto con intelectuales pacifistas. Entonces escribió su drama Jeremías, en el que abogaba por la paz, lo que le valió el calificativo de derrotista.
Una vez terminada la guerra, Stefan y Friderike compraron un pequeño castillo en las alturas de Salzburgo, en el Kapuzinerberg. Lo restauraron y, con el tiempo, se convirtió en uno de los lugares más frecuentados en la época de los Festivales. Bruno Walter, Arturo Toscanini, Richard Strauss, Arthur Schnitzler, Maurice Ravel, Alban Berg, Bela Bartok pasaron por allí.
En esos años de Salzburgo, Zweig escribía y estudiaba incesantemente. Publicó Amok, La confusión de los sentimientos, Fouché, María Antonieta, Veinticuatro horas en la vida de una mujer , Las horas estelares de la humanidad, entre otros libros. Sobre este período, Zweig dice: "Me gustaba mi trabajo y por eso amaba la vida. Estaba al abrigo de cualquier preocupación: aun si no escribiera una línea más, mis libros me cuidarían. Todo me parecía haber sido alcanzado. El destino domado. La seguridad que había conocido en otro tiempo enla casa de mis padres y que se había perdido durante la guerra, la había recobrado por mis propias fuerzas.¿Qué quedaba por desear?" No había contado con la historia. La expansión y el ascenso del nazismo lo desconcertó, pero Zweig se encerraba en su refugio de Salzburgo, y trataba de olvidarse de todo. A principios de los años 30, los nazis crearon unclima de violencia inaudito en Salzburgo. Con valor, el jefe de policía de la ciudad, los reprimía sin contemplaciones. Pero, en 1934, debió empezar a hacer concesiones. Una mañana, dos policías se presentaron en el castillo de Zweig para practicar un allanamiento. Se sospechaba que la casa servía como depósito de armas. Era un disparate. El comisario lo sabía, pero había dadola orden de allanar la residencia para que los nazis no dijeran que se hacían excepciones en la represión, y menos con un judío.
Ese mismo día, Zweig resolvió dejar Alemania y radicarse en Londres. Su esposa, Friderike, se negó a acompañarlo. Le parecía que Stefan exageraba.
Un año antes, Zweig había escrito en una carta a Masereel: "Tengo la más fuerte aversión por la idea de emigrar y no lo haría sino en caso de extrema necesidad, pues sé que toda emigración responde a una necesidad. Aquellos que se quedan se convierten en rehenes del país y la existencia se les hace más difícil".
En 1936, Zweig vino a Buenos Aires para participar del Congreso del Pen Club. Se sintió horrorizado de que lo presentaran como un mártir. Detestaba el papel del refugiado "profesional". Mientras Emil Ludwig hablaba, Zweig tomó su cabeza entre las manos para que no lo fotografiaran. Obtuvieron precisamente esa imagen que ilustró todos los cables sobre el Congreso. Según el epígrafe, Zweig se había echado a llorar al escuchar a Ludwig. No era cierto y Stefan se indignó de que lo utilizaran. El exilio de Zweig hizo que Friderike y Stefan se divorciaran en 1938. Ese mismo año, los libros de Zweig fueron quemados en Salzburgo como material degenerado. Un año más tarde, Stefan se casó con Lotte Altmann, su secretaria en Inglaterra, una mujer llena de devoción por Stefan, pero que pertenecía a otro linaje espiritual.
En un párrafo muy revelador, Zweig confiesa una de las debilidades que lo llevó a la tragedia: "Mi vida se ha hecho extrañamente poco segura... La incapacidad de odiar o de contestar al odio, que a otros les parece una virtud, ahora sé que es un peligro, pues así como el que llora se libera en las lágrimas, del mismo modo el que odia se libera en su violento sentimiento: tiene un arma. El otro por el contrario se atormenta por su impotencia, por su incapacidad para responder". Ese exceso de delicadeza lo condujo al suicidio.
Por Hugo Beccacece
(c) LA NACION
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