Tras las huellas de los sonidos de América antes de Colón
El esfuerzo por develar un pasado musical que se perdió con la conquista
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Antes, mucho antes de que en suelo americano se supiera de Cristóbal Colón y sus caravelas, en el Nuevo Mundo había música. Eran melodías y sonidos de los que muy poco sabemos, porque la conquista y el paso de los siglos se los tragaron.
Sin embargo, no todas las melodías, no todos los cantos, sucumbieron al acero europeo. Los últimos resabios, débiles y frágiles, sobrevivieron de boca en boca -la epopeya de la tradición oral- y están ahí, escondidos entre la rica música de los indígenas contemporáneos aunque, en su mayoría, ya mestizados con otros ritmos. Identificarlos es un desafío para expertos que limita con lo imposible.
Una de esas personas es Isabel Aretz, una compositora y antropóloga argentina de 94 años, que acaba de presentar "Música prehispánica de las altas culturas andinas" (Editorial Lumen). Ella misma es una joya casi desconocida para los argentinos, ya que vivió buena parte de su vida recorriendo los sitios más remotos, desde la Argentina hasta México, con residencia en Venezuela.
"En América la música fue importantísima -dice-. Lo sabemos porque hemos encontrado instrumentos musicales formidables. Pero los españoles cambiaron todo."
-¿Qué cambiaron?
-Por ejemplo, trajeron los instrumentos de cuerda, que aquí no existían. Entonces viene la armonía, se aprenden los acompañamientos, cambia la música. Sin embargo, cuando los músicos de tierra adentro siguen hoy ejecutando la música que aprendieron por tradición oral con instrumentos que son réplicas de los antiguos, encontramos que a veces están tocando música con aquellas escalas que aparecen en los hallazgos arqueológicos. Entonces yo sé que eso que tocan es anterior a la conquista.
-Si los antiguos americanos no tenían escritura, ¿cómo aparecen las escalas en los hallazgos arqueológicos?
-Son las escalas musicales que se pueden tocar con los instrumentos que encontramos en las excavaciones. En América tenemos, por ejemplo, la escala pentatónica (de cinco tonos) que es anterior a los incas. Son, por ejemplo, las teclas negras del piano, aunque se las puede tocar sobre cualquier nota. Esa escala se usaba ya en Asia, en los primeros tiempos. Está también la tritónica (de tres tonos), por ejemplo do, mi, sol, que la tienen todos los aborígenes. Quiere decir que estamos estudiando la música prehispánica a través de lo que quedó. Y lo que quedó son los instrumentos enterrados y la música de tradición oral.
-Pero la música de tradición oral ya puede estar mestizada.
-Claro. Yo registro diez piezas y por ahí nueve son más o menos modernas. Pero hay una que es distinta. Esa responde a la tradición.
-¿Cómo se da cuenta?
-Bueno... porque se ejecuta con las notas de las escalas antiguas, esas escalas que se tocan con los instrumentos arqueológicos.
-Esas piezas, ¿son muy difíciles de hallar?
-Según dónde se las busque. Están en los lugares en donde hay menos influencia de la radio y la TV, que difunden la música popular.
-¿Hay algún signo que distinga las piezas prehispánicas argentinas del resto?
-Sí. Por ejemplo, la baguala. Se compone típicamente de tres notas y, aunque es cierto que esa tritonía aparece hasta en los indios de distintos países de América, la forma de utilizarlas que resulta en baguala es bien nuestra. Luego está la vidala , aunque es una música que viene del Perú.
-¿Y ritmos como la chacarera o la zamba, a los que se identifica con lo nuestro?
-No tienen nada que ver con la vidala y la baguala, que son estilos aborígenes anteriores. La chacarera y la zamba descienden de la música europea y quizá de alguna otra influencia. Habría que ver.
-¿Tenía letra la música precolombina?
-Por supuesto, pero, claro, letras cantadas en sus propios idiomas. Cuando se aprende el castellano y se traducen, la poesía cambia.
-O sea que no podemos saber cómo eran esas letras.
-De alguna manera sí. Yo he registrado mucha música antigua quechua y aimara, por ejemplo, y hay cantos muy bonitos.
-¿De qué hablan?
-De lo mismo que los nuestros: de la madre, de la novia, del tiempo, del río... Lo que sucede es que el sentido es distinto, y también los argumentos.
-Existe la idea de que la música indígena es muy simple, ¿también lo fue la prehispánica?
-Es una idea equivocada. Aquí se cantaba a varias voces. Yo incluso tengo grabaciones de orquestas de aborígenes de Venezuela. Lo que sucede es que, al igual que con la alfarería, la música se degradó tras la conquista, si se la compara con la riqueza de lo que había antes. América tuvo un pasado musical interesantísimo que no conocemos, porque no había ni grabaciones ni escritura y porque los europeos mataron demasiados músicos. En parte por eso, lamentablemente, no hay todavía una música americana contemporánea.
-¿Cómo que no?
-Bueno...Yo creo que sí hay una música que se reconoce como europea, como asiática o como afro. Cada uno de ellos hace música representativa de su continente, porque se basa en sus raíces. Pero nosotros todavía no llegamos a eso y copiamos. Hay, sí, una música que tiene algo así como un dejo argentino, si se quiere. Pero no es suficiente. Necesitamos una música con un lenguaje actual, pero emparentado con nuestra tierra. Lo que yo propongoes una música nueva, pero que abreve en lo nuestro. En ese sentido, mi trabajo es rescatar nuestras raíces. Ahora les toca a los nuevos compositores desarrollar una música nueva, pero que se reconozca como de nuestra tierra.
Una vida en clave de sol
"Volví a la Argentina porque murió mi esposo y quiero darle a mi tierra el producto de lo que hice afuera durante 40 años. Traje mi biblioteca, mis grabaciones, toda mi obra, en fin, para regalarla aquí, ya que pienso dejarla a una gran institución", dice Isabel Aretz.
Nacida en Buenos Aires, Isabel egresó de la clase de piano del Conservatorio Nacional y luego de composición musical y pedagogía. Ya en contacto con la música aborigen, compuso suites argentinas y una obra orquestal -"Puneñas"- estrenada en Washington.
Los años 50 la encontraron casada con el investigador venezolano Luis Felipe Ramón y Rivera y recorriendo toda América y algo de Africa, gracias a una beca Guggenheim. Isabel Aretz, dueña de una inagotable fuente de anécdotas que relata gustosa, fue además directora del Instituto de Etnomusicología y Folclore creado por la OEA y la Dirección de Cultura de Venezuela, y es autora de 22 libros sobre el tema.



