Tras los espectros del amor
El próximo viernes, la nueva Biblioteca La Nación presentará Rimas y leyendas , de Gustavo Adolfo Bécquer
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En aquel cuadro pintado por su hermano Valeriano, Gustavo Adolfo Bécquer coincide con su leyenda: el poeta, "con un dejo de azucena que piensa", toca el arpa como suspendido en un ensueño poético. Durante muchos años esa figura del poeta romántico, enamorado y doliente, que muere a los treinta y cuatro años, así como la historia amorosa que se sospecha en sus versos, poblaron la imaginación sentimental de varias generaciones. En Argentina, sin ir más lejos, las Rimas de Bécquer frecuentaron las declaraciones de amor y las cartas barriales y regresaban, no ya en el libro, sino en la voz de los cantores populares. ¿Quién no ha visto volver en las "golondrinas de un solo verano" cantadas por Gardel las "oscuras golondrinas" de Bécquer? Sin duda la letra de "Sus ojos se cerraron" de Alfredo Le Pera se inspiró en la rima LXIII ("Cerraron sus ojos/ que aún tenía abiertos") y un verso de la rima XXVI ("¡Ladridos de los perros a la luna!") reaparece casi literalmente en un verso de "Barrio de tango" de Homero Manzi. El lector hallará en Bécquer una de las fuentes de esa mitología sentimental que animó la cultura popular de estas tierras. Pero hay, además, otro Bécquer: acaso el único, enorme poeta del romanticismo hispánico, si se lo compara con Campoamor, con Espronceda o con Núñez de Arce que, acaso celoso de su eficacia emparentada con Heine, hablaba de los "suspirillos líricos, de corte y sabor germánicos". Al releer a Bécquer se advertirá que su escritura resuena en los más grandes poetas españoles del siglo XX: en Machado o en Juan Ramón Jiménez, en García Lorca, en Alberti (responsable de la primera edición original de las Rimas durante su exilio argentino), en Cernuda (que escribió sobre él y tituló con un verso de Bécquer uno de sus libros más notables, Donde habite el olvido ), en Jorge Guillén.
Bécquer es el poeta de la variada sutileza rítmica y de los matices sonoros, el de la forma cristalina que detiene el vago fluir de las sensaciones y las fantasías, el que explicita una cumplida teoría de la imaginación lírica. En el mundo poético de Bécquer, el sentimiento y las pasiones de la vida afectiva, evocadas en el recuerdo o vividas en la huella de los sueños, son el cielo verdadero donde se desata el rayo de lo imaginario. Allí crecen, escribe Bécquer, "los extravagantes hijos de mi fantasía", que buscan su destino en las cosas o en el paisaje, para encarnarse en el temblor de la luz, y también su forma racional en la palabra, para ingresar en el mundo del poema.
La usual imagen de unos ojos misteriosos o enamorados -las pupilas azules, los ojos verdes, los ojos que iluminan, pero también los ojos de las muertas, la imagen de los ojos desasidos y fantásticos que pueblan sus leyendas- tal vez resuma el acto lírico, en la poesía de Bécquer, como la extraordinaria visión carnal de un más allá del mundo: "Yo sé que hay fuegos fatuos que en la noche/ llevan al caminante a perecer:/ yo me siento arrastrado por tus ojos/ pero adónde me arrastran, no lo sé". Mirada que devuelve la mirada del poeta, para extraviarlo de nuevo en la irrealidad que duplica lo real, como un espejo de sueño. Y acaso por ello Bécquer no es el poeta del amor, sino el poeta de los espectros del amor, del fantasmal deseo que halla en la poesía la sombra amada de los cuerpos fugitivos.
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