
Treinta y cinco artistas locales ofrecen su visión de la pampa
La UCA exhibe una muestra que incluye obras de Berni, Roux, Noé y Castagnino
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Es en la vastedad de ese territorio verde y fértil, poblado por la soledad y donde el horizonte siempre se dibuja lejano, cuando el hombre toma conciencia de su pequeñez, según dice Cecilia Cavanagh, directora del Pabellón de las Artes de la UCA, que acaba de inaugurar la exhibición "Vislumbres pampeanas": un paneo pictórico por la pampa argentina, a través de 70 obras y del registro de 35 grandes pintores argentinos a lo largo de todo un siglo.
Della Valle, Sívori, Molina Campos, Berni, Alice, Malharro, Castagnino, Gambartes, Daneri, Macció, Noé, Roux, Benedit, García Uriburu y Schvartz, entre otros artistas, retoman con sus pinceles en esta exposición una tarea que subyugó y animó a los grandes de las letras como José Hernández, al filósofo Ortega y Gasset y a Ezequiel Martínez Estrada a plasmar lo inasible: la esencia del ser nacional a través de la geografía que definió un modelo agroexportador y que casi un siglo atrás colocó a la Argentina entre las naciones más ricas del globo.
Fuerza expresiva
La inquieta curadora desafió al propio Esteban Echeverría, que sobre ese territorio advertía: "¡Qué pincel podrá pintarla, sin deslucir su belleza! ¡Qué lengua humana alabarla!". Sin embargo, lo que la muestra exhibe es la fuerza expresiva mancomunada de los artistas argentinos, cada uno con su singular lenguaje plástico, al servicio de la plasmación de la esencia del suelo argentino.
La exposición se abre con el poético "Paisaje de la memoria", de 1967, de Rómulo Macció. Es el frente y perfil de un rostro vacío que atrapa dentro de sí un recorte de la desolada geografía pampeana.
"La pulpería", de Eduardo Sívori, junto con los paisajes Walter de Nazavio y Martín Malharro retratan con pinceladas derivadas de la técnica impresionista lagunas, bosques y campos de esa inmensidad.
El blanco tiza y translúcido del cielo en "Paisaje solitario", de Enrique Policastro, contrasta con las manchas y la explosión colorística de un gestual Castagnino en "Tierra arada", de 1963.
Pero hay más contrastes, contrapuntos y también sintonías, tantos como las gramáticas pictóricas que asomaron durante más de un siglo en la pintura argentina.
De Horacio Butler se exhiben dos témperas (bocetos) que retratan la fisonomía del capataz y de la mujer del peón que el pintor del Delta concibió para la escenografía del ballet "Estancia", de Ginastera, encargo que el compositor luego le confió a Soldi.
Humor
Las obras dialogan con armonía con el humor de Molina Campos, visible a través de los vivaces ojos de dos alazanes y del gaucho que los conduce al poblado. Silenciosos y sugestivos son los paisajes desérticos, donde toda presencia humana adquiere la dimensión de una quimera, en los tonos telúricos y ocres del magnético "Horizonte" (1981), de Miguel Ocampo.
Gambartes insinúa el sosiego y a la vez la rudeza de la vida campera a través de dos cromoyesos: "Las conjurantes" y "La espera", de 1953, y 1960, respectivamente. El influjo de la naturaleza lo aporta el pincel de Eugenio Daneri, que con todas las tonalidades posibles del verde capta el baile silencioso que anima al follaje de los sauces en un bosque encantado.
Lenguajes más contemporáneos y con una paleta estridente asoman en la neofiguración de Noé, en una obra sin título donde unos duendes sacan la lengua y hacen de las suyas, y en el elocuente ombú verde de Nicolás García Uriburu, una obra emblemática del pintor del land art.
Benedit juega con los personajes camperos, lo que Cavannagh describe como "fantasía audaz" a través de su humorística composición "El campo", de 1985, donde un gaucho revolea una presa recién cazada.
Se exhibe también la sugestiva vista de un poblado interrumpiendo un camino, imaginado por Berni. El toque conceptual lo aporta Hugo de Marziani, con recortes entre tierra y cielo que se unen en el lienzo de manera azarosa y el desorden de la faena campestre, lo muestra la pintora Mercedes Quiroga, que con precisión documental captura los desechos que producen las tareas agrícola-ganaderas.
Hay temáticas más líricas, como la danza que con su aletear dibujan en el cielo los colibríes, esbozados por el sugestivo pincel de Robirosa en una serie de cuatro lienzos. Y están también plasmadas las creencias del campo, a través de la magnífica arpillera impregnada de alquitrán que Marcia Schvartz tituló "Luz mala". Es una de las tantas osamentas color tiza que se encuentran a campo traviesa y que en la oscuridad de la noche, con el resplandor de la luna, adquieren la connotación de un mal presentimiento.
La sorpresa de la exposición es el gran boceto en lápiz, de la pampa arrobada por el Río, que Roux concibió para su recientemente estrenado mural de homenaje a Buenos Aires.
"Vislumbres pampeanas" se puede visitar hasta el 7 de agosto en Alicia Moreau de Justo 1300.



