Turquía y Europa
A propósito de un viaje a Estambul, el escritor italiano Claudio Magris reflexiona sobre los vínculos y las diferencias entre la civilización turca y la occidental. Señala cómo los turcos históricamente fueron una especie de baluarte europeo contra los embates asiáticos
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Estambul. En el ángulo noreste de la Cisterna Basílica, con la frescura de su misteriosa agua subterránea y la simetría, inquietante como toda simetría, de sus doce filas de columnas en la sombra, dos de estas últimas se apoyan sobre grandes cabezas de Medusa, volcadas de costado o dadas vuelta con su cabellera de serpientes enmarañadas y sus ojos que en el mito vuelven de piedra a quien las mira, porque dicen el insostenible y oscuro horror de existir. Cuando Justiniano, en el siglo VI, hizo construir la basílica, los mármoles de las esculturas paganas fueron usados evidentemente como material bruto de construcción, quizá también por el gusto de humillar a las antiguas divinidades.
Pero es quizá justo que la columna cristiana, en su impulso ascensional, se apoye sobre la Gorgona infernal, sobre la reina del caos inconsciente y tenebroso; contenida por la columna que la domina y se eleva, la oscuridad de lo profundo no puede inundar y sumergir todo como un río en crecida. Queda contenida en sus márgenes, pero continúa sosteniendo el espíritu tendido hacia lo alto y, frenada y mantenida en su lugar, nutriéndolo con sus energías vitales, infundiéndole esa carga pulsional sin la cual sería abstracto y exangüe, el desierto de una autodestructiva y falsa pureza, la tierra árida y ya no irrigada por el agua de la vida de la que habla el Apocalipsis. No por casualidad uno de los más importantes himnos cristianos, el Veni creator spiritus, pide que los sentidos sean iluminados, no reprimidos.
Esta estructura vertical es también la estratificación de las civilizaciones que se han sucedido en el tiempo, sin que esa sucesión implique necesariamente un progreso o un orden jerárquico, sino quizá sólo un alternarse de mundos y de modos de ver el mundo, que se superponen como estratos de tierra o de hojas caídas que no desaparecen definitivamente nunca ni son superadas.
Esa columna de la Cisterna apoyada sobre la cabeza de la Medusa es un símbolo de Turquía y, en particular, de Estambul, la Ciudad por excelencia de una riquísima estratificación de civilizaciones, todas presentes; las cúpulas islámicas cubren un universo que no sólo es turco o musulmán, sino también griego, latino, bizantino, genovés, veneciano, tradicionalista, modernista; un crisol y una mezcla de culturas, lenguas, religiones. El fundamentalismo es un enemigo de esta Turquía y de esta Estambul, de este accidentado archipiélago de diversidad, de esa pluralidad que, desde los tiempos remotos, ha sido la cuna mediterránea medioriental de Europa. Estambul es a la vez lejana y cercana, como me escribe en la dedicatoria de su libro Enis Batur, escritor, poeta y ensayista de gran intensidad que forma parte de nuestra cultura no menos que sus colegas franceses o alemanes. La basílica de Santa Sofía, convertida en mezquita con Mehmet el Conquistador y en museo con Atatürk, es una copresencia de épocas y religiones que la mentalidad obtusa del fundamentalismo, en este caso islámico, no logra borrar.
2. Más allá del Bósforo, está Asia, pero pasando del Mar de Mármara, a las bocas del Mar Negro, uno se siente tranquilamente en Europa; los mitos de estos mares y de estas costas (por ejemplo, los Argonautas) son mitos fundantes para Occidente y para esos intercambios (a veces pacíficos, más a menudo sangrientos) entre Oriente y Occidente que son una linfa de la civilización europea. Las ahora raras yali , residencias estivales de madera sobre las riberas, construidas por aristócratas otomanos, o los palacios de los arquitectos armenios parecen, en la luz marina de la ciudad, un paisaje más familiar que exótico. Por las calles del centro no se ven mujeres veladas, y pocas con el pañuelo en la cabeza semejante al que usaban las mujeres de nuestras tierras hasta no hace muchos años; en otros barrios la situación es distinta. El gobierno islámico moderado tiende a parecer más moderado que islámico; me pregunto si el Ministerio de Asuntos Religiosos, a cuyo control deben someterse previamente las prédicas de las mezquitas -una censura preventiva inconciliable con un Estado democrático- indica la importancia objetiva de la religión -en Italia, nadie se interesa en lo que un párroco dice en la iglesia el domingo, resulta más importante un chisme cualquiera- o revela la preocupación por controlar y frenar una eventual derivación fundamentalista. Esto contrastaría, por otra parte, con esa islamización reptante que, como ha escrito Vittorio Da Rold en Il Sole-24 ore , el gobierno estaría persiguiendo progresivamente, con viva preocupación de las Fuerzas Armadas, poco dispuestas a padecerla inertes.
Llegados a Europa como vanguardia de las estepas asiáticas, los turcos han terminado poco a poco por convertirse en un baluarte de Europa contra los sucesivos embates de Asia, en un sincretismo cultural cuya gran expresión estatal es el imperio otomano, con su estructura administrativa heredada de la Segunda Roma y su melancólica poesía oriental de la corrosión de toda anhelada y exorbitante grandeza. Hoy Turquía es un punto de referencia central para los numerosos países turcófonos y musulmanes y, en este sentido, ejerce un papel importante para Europa, que debería reflexionar antes de empujarla hacia posiciones de islamismo radical, cuyo avance en las inminentes elecciones muchos temen. No es un genérico ecumenismo ni una ostentación de buenos sentimientos, sino una precisa conciencia histórica-epocal la que recientemente ha impulsado a la Iglesia, por ejemplo, a auspiciar la integración de Turquía en la Unión Europea. Por otra parte, no ha sido feliz el desaire hecho por esta última a Benedicto XVI con la decisión de postergación anunciada justamente en ocasión del viaje papal a Turquía, que se anunciaba problemático y que, en cambio, ha desmentido las expectativas pesimistas, quizá también porque precisamente aquellas declaraciones han acrecentado, por reacción, la cordialidad del recibimiento reservado al Pontífice.
3. La terminología política cambia de país en país. Entre nosotros "laicismo" es sinónimo de democracia en general; en Turquía indica, en cambio, a los militares, beneméritos herederos de la modernización de Atatürk y justamente atentos al peligro de un Estado clerical musulmán, pero nacionalistas y más intolerantes que los imam hacia las minorías no turcas, por ejemplo, los kurdos, aun si la situación de estos últimos está mejorando y en un país tan variado todo se mezcla y produce mestizajes, si bien los partidarios de la pureza étnica (ídolo torvo e imaginario pero que nunca existió realmente en ninguna parte del mundo) no quieran admitirlo.
Nieve , la novela de Orhan Pamuk, ilustra bien -situándola en una pequeña ciudad sepultada, Kars, espiritualmente lejanísima, como tantas otras regiones turcas, de Estambul- esta maraña político-religiosa en la cual los terroristas islámicos matan a los docentes que rechazan a las muchachas con velo, pero, por su parte, las muchachas deseosas de llevar el velo son víctimas de una ideología autoritaria y, cuando los soldados disparan a tontas y a locas sobre terroristas inocentes, la multitud grita: "¡Abajo los laicos ateos, abajo los fascistas infieles!". El protagonista de la novela, el poeta Ka, aborrece la represión, pero está muy contento de que el país no caiga en manos de los integristas y conoce muy bien las escisiones que dividen el interior de la cultura turca.
Estas divisiones, me dice Adnan Ozer -poeta y ensayista, fervoroso partidario del diálogo y del encuentro entre las culturas- existen también entre los escritores: divisiones entre distintas generaciones de intelectuales que han vivido o no los períodos de modernización, caos, orden militar, renacimiento islámico; divisiones entre posiciones ideológicas (liberales, integristas, marxistas) que se enredan y se desenredan en el tiempo. Turquía es un país culturalmente heterogéneo; los turcos -ha escrito la periodista Nilguen Cerrahoglu- están constituidos por veintinueve grupos étnicos distintos, a menudo negados, especialmente en el pasado, por el nacionalismo; ser turco es por lo tanto "un desafío intelectual y existencial que fuerza a definirse y redefinirse continuamente".
4. Todo país tiene sus cadáveres en el armario. Y el único modo de liberarse de ellos es sacarlos de ese armario, sobre todo cuando eso puede y, por lo tanto, debe ser realizado por generaciones posteriores, que no tienen culpa de esos esqueletos; así como los españoles de hoy no son culpables de lo que algunos de sus antepasados les hicieron a los indios, los alemanes actuales no son responsables del horror de Auschwitz, y Francia e Inglaterra son grandes Estados liberales y democráticos a pesar de la infame guerra del opio desencandenada en su momento por aquellos gobiernos. La enorme masacre de los armenios no pesa sobre la Turquía de hoy, que no es responsable de ello, salvo que se resista a tomar nota o a remover ese hecho. No es con las disputas filológicas acerca del término "genocidio" o con la refutación de cifras -necesaria tarea de los historiadores, que no puede alterar la sustancia de las masacres realizadas en varias partes del mundo- como se resuelve esta realidad que, si se deja gangrenar reprimida y no resuelta, continúa envenenando. No se trata de celebrar a los armenios, algunos de los cuales, como ha ocurrido en cualquier comunidad humana, también fueron culpables de violencias sangrientas y de otros pecados, sino de mirar a la cara a aquella Medusa, que nadie puede reprocharle a la Turquía de hoy, para poder finalmente ponerla cabeza abajo. Un armenio que conocí se refugió en los años veinte en Italia para escapar de la persecución de su gente y eligió vivir en Trieste porque allí había un cónsul de Turquía con el que podía hablar turco, lengua -y por lo tanto cultura- que sentía evidentemente también suya.
5. De origen kurdo, comprometido hace muchos años en las luchas sociales de los campesinos oprimidos por los latifundistas, combatiente por la democracia y las libertades civiles, encarcelado y torturado en tiempos oscuros por "propaganda comunista", el más que octagenario Yashar Kemal es un fuerte escritor épico que ha sabido conciliar en sus novelas el compromiso democrático, la sabiduría literaria experta en las técnicas de vanguardia y el generoso aliento de la tradición que le transmitieron los giróvagos cantores orales de su infancia en el arcaico Tauro. Sus personajes picarescos y rebeldes, que atraviesan montañas y llanuras como atraviesan la vida, enriquecen la civilización europea con una linfa para ésta nueva y que, sin embargo, es también un antiguo manantial subterráneo que le pertenece. Europa es más grande de lo que ella misma tiende a creer algunas veces.
© Corriere della Sera
Traducción: Hugo Beccacece



