Un adiós con sabor de triunfo
Con su relato "Un sueño revelador", Benjamín Enquin ganó a los 95 años el prestigioso Premio Internacional de Cuentos Juan Rulfo. El miércoles último, poco después de que se le otorgara la distinción y se realizara esta entrevista, el autor murió en Buenos Aires. Seguía planeando nuevas obras
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En su pequeño ensayo sobre psicoanálisis y literatura publicado en Formas Breves , Ricardo Piglia recuerda que para Manuel Puig el inconsciente tenía "la estructura de un folletín". El nuevo autor argentino al que ahora celebramos -ganador del premio internacional Juan Rulfo que es otorgado por Radio France Internationale y al que se presentaron seis mil participantes de todo el mundo de habla hispana- habria podido añadir: " y también la estructura de un relato policial".
"Un sueño revelador", el cuento premiado, cuenta la historia de Sigmund Holmes, un detective obviamente freudiano al que un cliente le plantea un caso especial. Antes de morir, su amada, una violoncelista llamada Euritmia, le ha prometido vivir para siempre en sus sueños. Durante un tiempo ha cumplido sus promesas y visitado cada noche al desolado viudo. Pero ahora ha desaparecido: él ya no sueña con ella y recurre al detective para que se la encuentre. Después de convencerlo, le envía la foto de la muerta y el diario donde ha anotado cada uno de sus sueños. Tiempo después el detective tiene a su vez un sueño en el que reconoce a los personajes oníricos de su cliente. Se ha "introducido" en el soñar del otro. Pero es también su propio sueño, y en él no sólo encuentra a la desaparecida sino también la clave del enigma. Cómo termina este cuento en el que, respetando las reglas del género, se descubre un asesinato nada soñado, es algo que por supuesto no corresponde revelar.
La familia de Benjamin Enquin era originaria de Europa del Este. Los estudios genealógicos han probado que descendia del rabino Juda Loew MaHaRal de Praga, que comenzó a escribir a los 70 años y murió a los 97 y al que se considera un precursor de Hegel y Pascal. La leyenda dice que Loew fue el creador del Golem, ese primer robot de la historia del que se han ocupado Guershom Sholem, Gustav Meyrinck y, claro está, Borges. El, Benjamin Enquin, nació en Buenos Aires y estudió medicina en la Sorbona. Su trabajo de radiólogo lo llevó en los años 6O a descubrir una técnica basada en el fénómeno moiré, al que él llamaba, en criollo, muaré, y con el que realizó sus "muaregrafías", luminosas composiciones abstractas que también parecen surgir de los sueños y que fueron expuestas en Francia y, gracias a César Magrini, en la Argentina. Su propia leyenda se enriquece con anécdotas como la del Che Guevara, que trabajó junto a él en el Hospital Muñiz y que rindió dos años juntos al enterarse de que al año siguiente la Facultad de Medicina se proponía dictar una materia para él odiosa: "Educación Peronista".
En 1994, cuando ya no pudo dedicarse a las "muaregrafías", Enquin recordó frases de su padre que lo habían hecho reír, recomenzó a escribir como en su adolescencia y sus colegas del Círculo Médico de San Isidro le publicaron su libro Los cuentos del doctor . ¿Por qué este título? "Porque Atilio Betti, que me alentó mucho lo mismo que mis sobrinos Betina Edelberg y Gerardo Lehmann, me había dicho que mis cuentos y obritas teatrales olían a medicina, y como no pude atenuar el defecto opté por exacerbarlo. Además retomé el título de un libro de Camuset, ÔLes sonnets du docteur´". El libro, tan pimpante y malicioso que uno de sus personajes es un bacilo de Koch, pasó sin pena ni gloria. Entonces, cuando le hablaron del premio Rulfo, Enquin decidió presentarse en la categoría "cuento policial". Su diálogo con el organizador del concurso (el premio consiste en un viaje a la ciudad española de Gijón donde se celebra una Semana Negra), ha divertido a todos menos a él. "No entiendo de qué se ríen -murmuró como para sí mismo, ese pasado 25 de diciembre en que fui a visitarlo, mientras abria para mirarme su único ojo de un candoroso azul- Ese señor me llamó por teléfono, me dijo Ôaquí París", y me anunció que yo había sido el ganador. Se sorprendió de que no fuera psicoanalista sino radiólogo. Después me preguntó si estaba contento. ÔSí- le contesté-, pero me lo esperaba´". Y no por petulancia, por tranquila certeza. "El género onírico-policial no está muy explotado, así que esperé el resultado con bastante confianza. A partir de ahora, si tengo tiempo, escribiré mis recuerdos del sanatorio suizo para tuberculosos, una colmena de abejas enfermas y enamoradas donde estuve cuando tenía diecisiete años, y donde conocí a una joven chilena.
Cuando terminamos de conversar me invitó a tomar champagne junto a su mujer, la alsaciana Yvonne, dos años menor que su marido que la miraba con un visible amor. Ella estaba en cama fresca como una rosa. Alguien me dijo que en su juventud, Yvonne y Benjamín habían sido de una belleza extraordinaria. Le corregí: "Lo son". Mientras brindábamos por el futuro, el descendiente del rabino de Praga, mencionó la expresión francesa " l´esprit d´escalier ".
En París, hace mucho, me dijo, había ascensores que servían sólo para subir. Como para bajar se usaba la escalera, se contaba una historia, la de alguien que sube apresurado al 6º piso a discutir con otro, y que al bajar por la escalera tiene tiempo de pensar en lo que debió haber dicho durante la discusión. Al releer ahora, tras recibir la triste noticia, el cuento premiado de este escritor novel, pensé que la paradoja de su increible frescura consistia en que su autor lo había escrito así, peldaño tras peldaño.
Benjamin Enquin no leerá esta nota porque acaba de morir. Sin embargo no quisiera concluirla diciendo que el tiempo no le alcanzó para leerla o para escribir sus memorias. Le alcanzó para brindar con champagne en la última Navidad del siglo XX festejando su premio y haciendo proyectos.




