Un hogar, en la calle
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El hombre (¿Joao, Nathan, Luiz?) yace en su colchón en el mismo lugar de siempre junto a sus cuatro perros, que se amuchan entre ellos y hasta encima del “padre”. Todos duermen a sus anchas. Pero hay una diferencia esencial: el “lugar de siempre” es la vereda de la avenida Olegario Maciel al 300, casi esquina Gilberto Amado, en pleno centro comercial de Barra de Tijuca, uno de los barrios más acomodados de las afueras de Río de Janeiro.
Esa porción mínima de baldosas, junto a la persiana de una tienda de ropa, es su hogar quién sabe desde cuándo. Se lo puede ver en el mismo lugar cualquier día. Y siempre con la misma compañía fiel de sus canes.
La avenida Maciel evoca a un ingeniero y diputado federal, que vivió entre 1855 y 1933, que fue gobernador del estado de Minas Gerais y “líder de la revolución de 1930”, el proceso en el que se inició la larga influencia de Getulio Vargas en Brasil.
El ejemplo es apenas uno más de las decenas que pueden verse a toda hora en una ciudad que derrocha exuberancia y lujo al mismo tiempo que miseria.
Nada muy diferente a lo que puede verse cotidianamente en la cercana Buenos Aires. Mientras siga sucediendo, muestra que algo está mal, no importa si con Lula o con Milei.
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