
"Un mundo sin pintura carecería de sentido"
La frase pertenece al valenciano Manolo Valdés, seleccionado para representar a España en la Bienal de Venecia, que puede visitarse hasta el 7 de noviembre.
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Nueva York.- TIENE los ojos vivos y la cara como de ciruela japonesa a la que le gusta que le dé el sol. Parece infinitamente más cómodo enfundado en su buzo blanco condecorado de manchas que con cualquier otro traje. Desde que murió la mitad del Equipo Crónica ha seguido su camino solo, y ascendiendo. Ahora irrumpe en la Bienal de Venecia con una panoplia de grandes obras. Instalado en su acogedor estudio de la calle 16, junto a la histórica Union Square entre pigmentos de azules y amarillos tan intensos que dan ganas de comérselos, su inseparable arpillera, maderas de todos los calibres y orígenes como para levantar una instantánea hoguera de San Juan, lienzos, esculturas, polvo, luz y, sobre todo, amor a la pintura. Dice que "un mundo sin pintura no tendría sentido". Manolo Valdés, nació en Valencia en 1942 y conserva una devoción de niño.
"La Bienal de Venecia es una plataforma fantástica para un pintor. A fines de la dictadura, con Franco todavía vivo, los italianos cedieron un espacio para una exposición de pintura española como contestación al pabellón oficial. Estaban desde Picasso al Equipo Crónica. Por eso no puedo dejar de sentir una atracción particular hacia Venecia. Porque ha pasado el tiempo y resulta que regreso a Venecia a representar a mi país. El placer es doble: ver cómo ha cambiado España, sin duda para bien, y ver que personas, que no se han movido de sus posiciones, son invitadas."
La Bienal de Venecia dedica a Valdés tres salas, donde se exponen 20 cuadros pintados en el último año. La mitad del material es completamente inédito, la otra ha sido mostrada en San Francisco y Nueva York. Son veinte óleos de gran formato que van desde 1,80 a casi 3 metros, y cuatro esculturas. Aunque lo que expone no tiene un título que cierre, el pintor sugiere "Los géneros: el retrato, el bodegón y el paisaje".
"Hay una serie de retratos que son homenajes a otros artistas, como un gran retrato de Matisse. Los paisajes son de Nueva York, de apuntes tomados al natural. Como los bodegones, que no son de la historia de la pintura, sino también del natural. El soporte es el tradicional en mi trabajo, la arpillera."
Valdés, cuya obra destila una evidente fascinación por la historia de la pintura y por muchas de sus figuras, admite: "Cuando elijo a un artista es lógicamente porque me gusta mucho. La pintura sale de la propia pintura. Me gusta comprarme girasoles porque me encanta el cuadro de Van Gogh y soy feliz cuando la manzana que me como es como la de Cézanne. Vemos la realidad a través de la cultura, de las imágenes pictóricas. No sé ver la realidad si no es a través del cristal de la pintura. Reconozco que es una especie de deformación".
De su pintura, dice que "la emoción y el pensamiento van de la mano. Hay mucha reflexión y decisión, pero también hay muchos accidentes, a la hora de elegir, que uno no puede prever". Manolo Valdés está en un período creativo especialmente dulce, en el que no sólo puede permitirse vivir bien de un trabajo al que dedica todos sus afanes, sino que es reclamado desde todas partes para nuevos proyectos. "Me gusta tener más trabajo que el que puedo atender. Pero me encanta ir al estudio los sábados y los domingos." El artista trabaja en proyectos de esculturas públicas y dentro de unos meses saldrán al mercado dos grandes libros cuajados de reproducciones sobre su obra, uno en Nueva York, que presenta una selección de textos, y otro en España, escrito por Tomás Llorens, director del Museo Thyssen Bornemizza de Madrid.
Dice que la neutralidad de la ciudad le ha dado calma. Hay menos interferencias, menos prejuicios, menos odios. Hay muchas tribus y la gente convive con cosas distintas. "Mucha tolerancia hacia lo diferente." Eso es bueno.
El Equipo Crónica, formado por Manolo Valdés y el fallecido Rafael Solbes, forma parte de la memoria rica y vital del tardofranquismo y de la transición. "El otro día fui al Museo de Arte Moderno y me encontré con un grabado de Crónica y sentí gran emoción. Pero lo vi como lejano, como si no lo hubiera hecho yo. Eso me sigue pasando con mis propios cuadros. Como si al pintarlos y exponerlos dejaran de pertenecerme. Cuando empecé a pintar lo hacía porque me gustaba. Pero entonces no amaba la pintura, porque para amarla necesitas fracasar antes. Por eso el placer que ahora siento al pintar es mayor. La pintura es una pasión que crece." Artista muy cotizado en el mercado internacional, el dinero no es ajeno a su reflexión. "El dinero tiene un papel importante. Gracias al dinero puedes obtener una mejor formación. Puedes viajar y mirar. En la medida en que los cuadros tienen una mayor cotización eso te da una mayor responsabilidad. La relación entre el dinero y el arte siempre es importante. Creo que el mercado es muy sabio. Aunque hace falta tiempo histórico, el mercado pone las cosas en su sitio, porque el mercado lo componen aficionados. Tengo mis dudas de que un gran pintor esté ahora condenado al ostracismo. Vivimos culturalmente un momento de gran bonanza, aunque también hay que reconocer que la pintura española no está en un momento tan brillante como a principios de siglo, con Picasso, Juan Gris, Julio González, Dalí o Miró. En eso está claro que hemos ido hacia atrás. Los que hemos venido después no hemos producido la misma calidad. Pero cuando llego a España veo un gran nivel entre los jóvenes. En el arte todo coexiste, la abstracción con el pop y el Renacimiento con el expresionismo y éste con la figuración. Nada de lo que aparece acaba con nada. En ese sentido, mi mirada sobre el mundo es optimista. Porque me acuerdo de Valencia en los años oscuros. Creo que aunque me fuera mal seguiría diciendo que objetivamente las cosas han ido a mejor. Si en España te torturaban y ahora te dan la medalla de oro en las Bellas Artes es que algo ha cambiado. No veo ahora a nadie que le quiten el pasaporte por pintar."
Enfundado en su mono blanco salpicado de manchas, Manolo Valdés tiene algo de niño grande encerrado en un cuarto gigantesco lleno de tablas, lienzos, pigmentos y pinceles. Un mundo a su medida. Y , encima, le pagan por ello.
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