
Un vecino cascarrabias, pero fiel a la gente
Clima de barrio en el velorio del escritor
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"Cuando me muera, quiero que me velen acá, para que la gente pueda acompañarme en el viaje final. Y quiero que me recuerden como un vecino, a veces cascarrabias, pero, en el fondo, un buen tipo." Esto le pidió Ernesto Sabato a su hijo, Mario, y así se hizo: un velorio de barrio, en el club que está enfrente de su casa, el Defensores de Santos Lugares de la calle Langeri al 3100, en el primer cordón del Gran Buenos Aires.
El cuerpo de un hombre público conocido en todo el mundo era expuesto en el primer piso de un club nada exclusivo. Habían dispuesto una sala sin pompa, y los muchos que desfilaban eran hombres y mujeres tan llanos como parecía haberlo sido el muerto.
En la planta baja, las actividades "sociales y deportivas" se habían suspendido, pero funcionaba el buffet. El intendente del partido de Tres de Febrero, Hugo Curto, y sus amigos habían juntado tres o cuatro mesas para sentarse a tomar algo mientras arriba transcurría el velorio. Era un cuadro de la vida corriente, la de todos los días, sólo ligeramente descentrado por una circunstancia excepcional: la muerte del autor de Sobre héroes y tumbas .
Muchas veces los famosos establecen con sus vecinos una relación condescendiente. Se dejan admirar, regalando, de vez en cuando, una sonrisa. Es el modelo opuesto al que impuso el gran hombre de Santos Lugares.
Cuando aún estaba en la plenitud, salía muchas veces furioso a la puerta a protestar contra los que ponían la música muy fuerte o a secuestrarles pelotas de fútbol a los chicos de mala puntería. A las explosiones podían seguir buenos gestos: abrir la casa para los chocolates del cumpleaños, regalar cuadros, poner el hombro cuando había que reclamar algo. Para su gente, Sabato era las dos cosas: un cascarrabias y un viejo sabio con el que hasta se podía hablar de fútbol. Era tal como lo veían, no pretendía caer simpático. Se mostraba como era.
"Todo el mundo lo recuerda paseando a su perro Roque. Es cierto que a algunos chicos y a algunos adultos del barrio su carácter les provocaba a veces terror, pero era un buen tipo, y eso es lo que se valora", dijo Mario Sabato. El uso de la palabra "terror" por parte del hijo menor da una idea de lo eruptivo que podía ser el carácter de Ernesto cuando llegaba el caso.
Y, siendo así, ¿cómo se explica el "santuario" que espontáneamente montaron los vecinos contra las rejas de la casa? Allí habían puesto flores, fotos, caricaturas, reproducciones de cuadros y muchísimas notas, manuscritas y la mayor parte anónimas, lo que tiene su lógica, habida cuenta del carácter colectivo de la despedida.
"Fiel a tus convicciones. Así viviste tu vida. ¡Hasta siempre, maestro!", decía una nota. "Esta casa, con sus plantas, sus árboles crecidos, frondosos y verdes, casi intactos en el tiempo, reflejan tu persona: humilde, profunda y serena, pero firme, que caracteriza a los genios. Gracias por todo. Firmado: sólo una vecina", decía otra.
Habían copiado a mano fragmentos de Sobre héroes y tumbas y citas del escritor, como ésta: "La vida es tan corta y el oficio de vivir tan difícil que cuando uno empieza a aprenderlo ya hay que morirse". Una excepción a la norma del anonimato: "Tu vecina Laura Peña y su hijo te despiden hasta la próxima lectura".
Sólo unas pocas personas conocidas pasaban por la puerta del Defensores de Santos Lugares. Notoriamente, faltaban los colegas escritores y, en general, del mundo de la cultura, más allá de algunas excepciones, como el director de la Universidad del Cine, Manuel Antín.
Más nutrida fue la presencia de los políticos. Algunos circularon rápidamente, con el tiempo apretado por las agendas de campaña. Otros le dieron un lugar más prolongado al duelo: los que lo conocieron en tiempos de Raúl Alfonsín. Allí aprendieron a respetarlo, tal vez incluso antes de leerlo. Fue muy valiente. Y muy comprometido. Y también muy humilde, a su modo. Un hombre entero, coincidían todos.
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