Un viaje infernal sin ninguna ascensión esperanzadora

Entre el ensayo y la ficción, en Cero Cero Cero Saviano trabaja con las herramientas de la investigación periodística y las técnicas de la narrativa para llegar a la conclusión de que lo que mueve al mundo es la cocaína
Alejandro Patat
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9 de mayo de 2014  

Concluido su viaje por el Infierno e iniciado el periplo purgatorial, Dante le pregunta a Virgilio qué es aquello que mueve el mundo. El maestro y guía le responde: el amor, que puede ser justo o puede ser desviado pero, a fin de cuentas, es siempre amor. En Cero Cero Cero, el nuevo libro de Roberto Saviano, se nos propone otra vez un viaje infernal, aunque sin ninguna ascensión esperanzadora. Y si bien la pregunta que aparece suspendida es la misma, la respuesta categórica es otra: aquello que mueve el mundo es la cocaína.

Basta pasearse por todos los sinónimos que nombran lo innombrable para entender el poder que la coca ejerce en nuestras sociedades: Aspirina, Bomba, Charly, Carrie, Dinamita, Diosa, Diablo, Alas de ángel, Polvo de oro, Soplo, Sueño, California, Nieve, Blanca, Perica, Falopa, Tierra, Bebé, Novia son algunos de sus casi infinitos apodos. "Ella consume sus nombres como consume a sus amantes", concluye Saviano en su alucinada poesía dedicada a esta droga.

Cero Cero Cero es una investigación periodística que recurre a menudo a las técnicas de la narración para desactivar la idea de un estudio socioeconómico acerca de la droga. Saviano se mueve con extrema habilidad entre el ensayo y la ficción para capturar la atención de sus lectores y guiarlos en el complejo mundo de la producción, distribución y consumo de la cocaína.

Primero, están los mitos. Después, la historia. El mito es fundacional y, como en todo mito, las fechas son vagas; los lugares, imprecisos. Saviano nos cuenta que en Nueva York, un viejo capo de la mafia reunió en un lujoso hotel del centro a un grupo de chicanos, italianos, ítalo-estadounidenses, albaneses y legionarios guatemaltecos. Allí, en un inglés masticado con dialecto siciliano, impartió las leyes del juego o lo que el escritor llama, sin tapujos, "la filosofía moral mafiosa, es decir, un adiestramiento del alma". El principio fundamental era uno solo: coca significa que "all you can see, you can have it". Pero, atención. En esa reunión fundacional tuvo lugar un pacto internacional entre las mafias italianas y el narcotráfico latinoamericano, y éste fue establecido según códigos férreos de comportamiento que garantizan impunemente ferocidad, bestialidad, venganza, muerte, todo según un diseño matemático bien preciso.

Después se narran las historias: los primeros circuitos del narcotráfico en Colombia, la supremacía del mundo mexicano, la división en carteles y territorios, la cuestión de las fronteras con los Estados Unidos, el predominio de la ’Ndrangheta calabresa sobre la mafia siciliana y la camorra napolitana, la comunión entre política, economía y narcotráfico, las intrincadas redes entre mafias occidentales, rusas y chinas. En ese panorama desolador, que ha producido en los últimos años más muertes que los últimos conflictos armados, aparece débilmente la heroica lucha de pocos hombres, fieles a una utopía del mundo sin droga o de un mundo que se anime definitivamente a su legalización.

Para muchos, el libro puede ser discutible. Las fuentes no responden a la lógica de la investigación científica. Saviano compone su mosaico a partir de los testimonios de arrepentidos, condenados, policías y adictos, a los que suma la lectura de miles de páginas de expedientes de procesos judiciales en Italia. Falta una clarificación en el uso de las estadísticas y de las conexiones sugeridas por el escritor entre un caso y otro. Pero emerge clara su capacidad de ver más allá de los hechos. Saviano lee el fenómeno en su conjunto, halla la clave de comprensión que abre todas las puertas. La suya es la visión de un cosmos cuyo principio regulador es la coca. El mundo, tal cual lo describe, aparece opaco, siniestro y temible. Todo aquello que considerábamos bello se vuelve corrupto o corrompible. "El mapa del mundo se construye sobre el carburante. El carburante de los motores es el petróleo, el de los cuerpos es la coca."

Hay otros dos datos muy interesantes en su libro. El primero está en las páginas iniciales, cuando habla de la memoria del cuerpo, más que de la psique: "A menudo me doy cuenta de que recuerdo con el estómago, que almacena lo bello y lo horrendo". Y agrega que todo lo que está por narrar nace de la sensación de que el cuerpo ha almacenado demasiada información espantosa, demasiada basura humana, demasiado desecho. El cuerpo del escritor que vomita es la imagen que se transparenta en el libro: devolver lo indigesto, lo que envenena.

El segundo dato tiene que ver con una autointerrogación a mitad del volumen: Saviano se pregunta por qué escribe sobre estas cosas. Y se responde: "La palabra te da una fuerza muy superior a la que pueden tener tu cuerpo y tu vida. Pero la verdad, obviamente mi verdad, es que hay un solo motivo por el que decides entrar en estas historias de horror y traficantes, de empresariado criminal y atentados. Rehuir toda consolación. Decretar la inexistencia absoluta de un bálsamo para la vida. Saber que aquello que sabrás no te hará sentir mejor".

Lo cierto es que el escritor italiano, nacido en Nápoles en 1971 y que vive bajo escolta desde que en 2006 publicó Gomorra, no exige a sus lectores el mismo destino. En la conclusión de su ensayo confiesa: "Escribir esto es como romper una cadena. Las palabras son tejido conectivo. Sólo quien conoce estas historias puede defenderse de ellas".

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