Un villano que ya no asusta a nadie
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El 31 de diciembre, junto con las campanadas y los fuegos artificiales del Año Nuevo, y después de 44 años, apagó sus canales televisivos para siempre la otrora poderosa MTV, la emisora global de videos y programas musicales que marcó una época. Apenas un síntoma del fin del reinado de la tevé, que en 2025 volvió a confirmarse con nuevas cifras e investigaciones.
Hace unos 40 o 50 años, en cambio, la televisión era el principal entretenimiento de mi generación, nuestra niñera y compañera durante horas, al punto de preocupar a padres, pediatras y maestros. Si no había tarea para hacer, durante el día mirábamos dibujos animados y si había, también. Por la noche, con el resto de la familia, algún noticiero, serie o programa de humor. Y mientras nosotros disfrutábamos ajenos a las advertencias de los adultos, en el imaginario colectivo la tevé se iba convirtiendo en el gran villano de los medios de comunicación.
Desde películas, Network (Sidney Lumet, 1976); videoinstalaciones, TV Budah (Nam June Paik, 1974); libros, Divirtámonos hasta morir: el discurso público en la era del show business (Neil Postman, 1985); música pop, Sobredosis de TV (Soda Stereo, 1984) y series, Max Headroom (George Stone y otros, 1987), todos apuntaban contra la “caja boba”. Las críticas incluso llegaron hasta tiempos relativamente recientes con The Truman show (Peter Weir, 1998).
La mayoría de esos reproches se hicieron en tono burlón. La denuncia detrás de esa producción artística multimedia era, sin embargo, muy seria: el deslizamiento de la sociedad hacia una era dominada por la televisión y las corporaciones, el sensacionalismo y la manipulación de las audiencias mediante técnicas precursoras del actual clickbait con el que se busca enganchar a públicos crecientemente volátiles.
La TV era analizada ya no solo como un vehículo de información e inocente entretenimiento, sino como un mecanismo de control social, no en el sentido dictatorial que había imaginado George Orwell en 1984, sino como arma de dominio mediante la distracción y la frivolidad al estilo de Un mundo feliz, de Aldous Huxley. Un pionero del tema fue Guy Debord, quien en 1967 había planteado, en La sociedad del espectáculo, que la vida auténtica estaba siendo reemplazada por representaciones mediáticas que en nuestros días se amplifican mediante las redes sociales: la vida convertida en imagen y mercancía.
Esta artificialidad disparó críticas en forma de programas antagónicos a la lógica televisiva, como el norteamericano Real people, centrado en historias de gente común, precursor del reality show y fuente de inspiración de una de las sátiras más logradas de la Argentina: el efímero Semanario insólito.
Mientras esto sucedía, internet y las incipientes redes sociales, que en el futuro quebrarían ese profético dominio de la tele, empezaban a dar sus primeros pasos. Entre los estudios que se hicieron el año pasado sobre esta transferencia de poder mediático, el Kantar’s Global Quick Report, de la consultora Kantar, resume bien el momento. El consumo de TV tradicional o “lineal” (de aire y por cable) está en caída libre, mientras la web y las plataformas de streaming on demand capturan una porción cada vez mayor de las audiencias. La investigación sondeó un universo de 80.000 adultos en 37 países entre 2021 y 2025. Otros estudios muestran que el fenómeno se agudiza entre los jóvenes.
Hoy, como padres, estamos del otro lado del mostrador y ahora nos preocupan los consumos adictivos de servicios digitales y redes sociales de nuestros hijos. Cambiamos de villano, pero sus amenazas de aislamiento y control se asemejan a las de aquella tevé omnipresente y también han generado una enorme producción literaria y audiovisual de denuncia. Por suerte, el futuro siempre guarda una carta bajo la manga y desbarata nuestras profecías.
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