
Una antología con espíritu
Selección de cuentos aparecidos en la elegante revista literaria que dirige el escritor Dave Eggers, el primer volumen de McSweeney s presenta un panorama narrativo en que se destacan William T. Vollmann y Rebecca Curtis
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De la Redacción de LA NACION
McSweeney´s. Volumen I
Varios Autores
Debolsillo/Varios traductores/382 páginas/$ 26
Vi a Dave Eggers durante la presentación de un volumen de McSweeney´s , en 2001 o 2002, en San Francisco. Eggers es el creador de la revista, además del autor de las memorias Una historia conmovedora, asombrosa y genial (Planeta) y la novela Qué es qué (Mondadori, de próxima distribución en la Argentina), entre otros libros. Al final de la charla, en el momento de las preguntas del público, dio el número de su celular para responder, allí mismo y de la manera más íntima posible, las dudas que podrían haber surgido tras su alocución. Llegó a la puerta de la sala, se fue al pasillo para atender, de pronto lo único que se supo de él fue el ring del teléfono. Yo lo llamé, pero me dio ocupado.
Lo que me hubiera gustado preguntarle es si McSweeney s , una refinadísima publicación trimestral que ha reunido artículos de gente tan diversa como William T. Vollmann, David Byrne o Michael Chabon, reivindica alguna estética en particular, un criterio literario específico, una escuela, una tendencia que oponer a alguna otra. La respuesta no me la dio nunca, pero aparece en el prólogo al imprescindible Lo mejor de McSweeney s. Volumen I que acaba de aparecer en Buenos Aires. "Aunque es posible que hayamos mostrado ciertas tendencias a lo largo de los años -escribe Eggers-, en general opinamos que no hay nada más eficaz para despojar de vida al arte que establecer un criterio estético rígido o algún tipo de manifiesto del que incluso los propios escritores que lo suscriben acaben aburridos en cuestión de meses." Tal vez allí habite el secreto del éxito de una revista que, desde 1998, ha marcado el camino de la creación literaria elegante y fresca, muy próxima al (buen) humor y siempre fiel a los juegos más exquisitos de la imaginación.
Cada número de McSweeney s supone un reto para sus editores y un gran regalo para sus lectores, desde las variantes de su presentación hasta las múltiples sorpresas que esperan en sus contenidos. Una vez apareció como una caja que albergaba 14 libros separados, cada uno con un relato que, según el color, se relacionaba con los demás; en otra edición incluía un CD de la banda They Might Be Giants que servía como banda sonora de los distintos cuentos reunidos. Para pensar los nuevos pecados capitales, se le encargó la producción al ex Talking Head David Byrne, y en uno de los primeros números las páginas eran todas desplegables y a cuatro tintas. "¿Qué sentido tiene toda esta meticulosidad? -se pregunta Eggers en este libro-; sólo ver hasta donde se puede llegar [...]. Siempre hemos pensado, y seguimos haciéndolo, que los libros deberían ser hermosos, puesto que esa belleza aumentaría las posibilidades de que la gente quiera conservarlos, exhibirlos, tocarlos y retomarlos una y otra vez." McSweeney s no se opone especialmente a ninguna tendencia, no reivindica una escuela para chocar con otra, no dice que ellos y sólo ellos representan la literatura que vale la pena leer. Se limita a embellecer y difundir textos de inocultable mérito, experimentales o tradicionales, que marquen un aporte estético y atrapen al lector. Y todo con el ojo puesto en el placer, táctil o de los otros, que autores, editores y público deberían sentir en un viaje de horas consagradas a esa actividad aristocrática y en vías de extinción que es la lectura literaria.
Lo mejor de McSweeney s. Volumen I condensa buena parte de ese espíritu, aunque al dedicarse solamente a los textos deja de lado el nada secundario detalle de su apariencia formal. En todo caso, pone en evidencia el buen talante de sus editores y demuestra en la serie antologada que el mejor criterio es la amplitud de criterio.
Los extremos del escenario son "Otro ejemplo más de la porosidad de ciertas fronteras (VIII)", de David Foster Wallace, en el que el autor combina tres historias en el monólogo de un enloquecido ex presidiario obligado a cuidar a su madre, y "La chica del flequillo", de Zadie Smith (conocida como novelista, pero no como cuentista), una tierna historia de amor veinteañero donde acechan los primeros grandes exámenes de la educación sentimental. Las fronteras de la ficción se borran con la espeluznante crónica "Tres reflexiones acerca de la muerte", en la que el notable escritor angelino William T. Vollmann (autor de Para Gloria e Historias del Mariposa , publicados por Muchnik en España y lamentablemente sin distribución en la Argentina) cuenta sus viajes a las catacumbas de París, una morgue y un paisaje bélico, y las cartas que Gary Greenberg intercambia con Theodore Kaczynski en "En el reino de Unabomber", muy posiblemente el texto más sombrío e impactante de este volumen. Irregular como toda compilación, quizá los puntos más flojos del libro estén a cargo de George Saunders en "Cuatro monólogos institucionales", donde la parodia de la burocracia se vuelve monótona e insistente, y, last but not least , el cuento del propio Eggers, "Montaña arriba, en pleno descenso", en el que el vuelo del ingenio desnuda las limitaciones de una prosa plana y a la que no se le adivinan los recursos técnicos indispensables para narrar una problemática escalada al Kilimanjaro.
Para el lector argentino, poco acostumbrado a encontrar las obras de muchos de los principales nombres actuales de la literatura estadounidense (Ann Cummins, Jim Shepard, Amanda Davis o Rebecca Curtis, entre ellos), Lo mejor de McSweeney s. Volumen I suma el valor de la novedad al brillo que acompaña "Solicitación" (de Curtis), una pequeña joya sobre los equívocos urbanos, y sobre todo, "Tedford y el megalodon" (de Shepard), prodigio narrativo que utiliza la historia de un hombre a la caza de un tiburón inexistente para construir un registro épico en las antípodas del Melville de Moby Dick .
De todas maneras, y más allá de los probables o discutibles aciertos de los textos, el peso de este libro se apoya en la actitud que lo construye, la mirada creadora con la que un editor convierte la literatura en una de las mejores formas del placer. "¿Qué razón habría para que este país necesitara una revista más? Ante todo, me pareció que podría tratarse de un proyecto interesante, de una nueva vía de investigación, de algo que nos impediría a mí y a algunos amigos míos caer en una vida entregada al vandalismo mezquino y la crítica vengativa del arte a través de periódicos menores", apunta Eggers. Cualquier parecido con lo que debería ser la cultura editorial es pura coincidencia.


