Una biografía del viento
Dice el refrán que “es mejor estar solo que mal acompañado”. Yo vengo de la Patagonia, una de las regiones menos pobladas del planeta. Se estima que allí viven menos de 2,2 habitantes por kilómetro cuadrado, nada comparado con los 2630 que residen en una superficie equivalente del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA). Sin embargo, ni los habitantes de los parajes más recónditos del sur argentino están realmente solos. Los acompaña a toda hora un vecino incómodo y revoltoso, que vuela techos, escupe polvo y silba a través de las persianas: el viento.
El último fin de semana, en Neuquén capital –la ciudad en la que pasé diez años de mi vida–, el viento se cargó nada menos que la fecha final de la Fiesta de la Confluencia, uno de los eventos más importantes de la agenda cultural patagónica. Ocurrió durante la noche del domingo, cuando ráfagas de hasta 80 kilómetros por hora provocaron fallas en las luces y el sonido de uno de los recitales. Las imágenes registradas por medios locales como Diario Río Negro muestran una postal muy conocida para quienes habitan –o habitamos alguna vez– las provincias australes: mechones de pelo suspendidos en el aire, ojos entrecerrados, la línea del horizonte oscurecida por un manto de tierra parda.
La situación no era muy distinta en otras localidades neuquinas donde transcurrió mi infancia. Conservo el recuerdo de caminar por las calles de Cutral-Có, aferrado al brazo de mi abuela para que las ráfagas no me tiraran al piso. En Zapala, cuando tenía seis o siete años, nos retuvieron al final de una función de cine: afuera soplaban vientos de casi cien kilómetros por hora y no era seguro salir. En 2013 –el último año del que encontré registros oficiales– el Servicio Meteorológico Nacional (SMN) calculó que la provincia tuvo 173 días de viento, con velocidades que oscilaron entre los 30 y los 113 kilómetros por hora.
Hay una explicación científica, que intentaré resumir con la torpeza de quien no sabe del todo de qué habla. Provincias como Neuquén, Río Negro, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego –al igual que sus vecinas en Chile– están en la ruta de los Vientos del Oeste, también conocidos como westerlies. Son corrientes persistentes que transportan aire frío y húmedo desde el océano Pacífico y que, en su desplazamiento hacia el este, atraviesan la cordillera de los Andes: allí el aire pierde humedad y, al descender sobre las mesetas patagónicas, se seca y se acelera.
Como Eolo en la mitología griega, Fūjin en la japonesa o Vayu en la hindú, los mapuches otorgaron al viento rango divino. Lo llamaron Ngen-kürrëf, un espíritu que, en su cosmovisión, mediaba entre una familia de cuatro corrientes cuyas intensidades iban de la brisa benéfica a la tempestad destructora. Cuando soplaba con violencia, pedían sosiego y realizaban rituales en su honor para invocar la calma. Si alguno de ellos funcionó, no lo sabemos: nadie en mi familia conocía los detalles de ese acto mágico.
De repente, me acosa un recuerdo vergonzoso. Quince años atrás, bajo el influjo de algunas de estas ideas, presentamos con dos amigos una composición en la Casa del Neuquén de Capital Federal. Pretenciosamente titulada Fundación mítica de Cutral-Có, consistía en una serie de poemas sobre mi ciudad natal, musicalizados con un sonido de viento generado en vivo por un sintetizador. De más está decir que la obra fue un fracaso brutal: asistió apenas un puñado de conocidos y ninguno de mis familiares. Pero hacia el final de aquella performance trasnochada se me acercó una mujer mayor, con lágrimas en los ojos. “Vivo en Buenos Aires, pero nací en Comodoro Rivadavia –dijo–. Me hizo acordar a mi casa”.
Llevo casi una década sin visitar mi provincia, pero cada tanto pienso en aquel viento. Es raro: no lo extraño, pero tampoco lo aborrezco. A veces, su silbido regresa a mí sin aviso, claro y prístino, como el fragmento olvidado de un sueño o de una pesadilla.











