
Una crónica atrapante
HERNAN CORTES Por Juan Miralles-(Tusquets)-695 páginas-($ 43)
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En Hernán Cortés Juan Miralles hace de la biografía una forma de la traducción. Trabaja únicamente con los textos de los cronistas -de Indias e indígenas- que trataron la avanzada de Cortés en lo que hoy es México, convencido de que sólo de allí se podrá extraer una voz original, y a partir de esas lecturas arma su propia versión. En ésta, como haría el traductor de un texto clásico, deja que la contemporaneidad opere en su análisis de los hechos y en su trabajo con la lengua. Miralles maneja su material con una comodidad pasmosa. Transforma esas prosas originales -escritas en un español que entonces, a principios del siglo XVI, apenas dejaba atrás sus rasgos medievales para convertirse en idioma nacional- en prosas cuya lengua hoy suena ágil, cercana, familiar. Apela a la precisión y al humor, y vuelve a armar una crónica atrapante, fluida, propia.
"Para evitar en lo posible distorsiones, quien esto escribe tuvo especial cuidado en no apartarse de las fuentes primarias": así termina el libro. La frase no sólo sorprende como ejercicio de la discreción -al final de casi 700 páginas hablando de otros, dos líneas es todo lo que se le otorga a la autorreferencia- sino que reafirma el método empleado. En ese método no hay que ver ninguna pretensión purista de rescatar originalidades sino más bien la intención de dejar a un lado las interpretaciones de historiadores oficiales que han generado una lectura maniquea en la que indios y españoles son sinónimos de buenos y malos respectivamente. El proyecto de Miralles, se ve, es de gran arrojo. Su libro, de hecho, generó controversia en México, su país de origen.
Entre las diversas crónicas a las que Miralles recurre, funcionan como ejes conductores la Historia general y natural de las Indias de Gonzalo Fernández de Oviedo, la Crónica de la Nueva España de Francisco Fernández de Salazar, la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo y las Relaciones del propio Cortés a la corona española. Miralles sigue cada hecho según lo que dicen todos los cronistas que lo trataron y después establece su propio punto de vista. Para ver con qué detallismo lo hace puede servir como ejemplo el relato del episodio conocido como La Noche Triste, la huida de la Tenochtitlán sitiada después de la muerte de Moctezuma en la que Cortés perdió a muchos de sus hombres. Gómara asegura que fue el 10 de julio, error que Bernal repite y que Cortés desmiente, situando el episodio el 8 de julio. Pero Miralles no le cree a ninguno: se embarca en una deducción en la que entran todos los combates que las tropas de Cortés libraron desde que entraron en la ciudad y llega así a la conclusión de que el episodio ocurrió el 30 de junio. Ese sistema, más que apabullar, genera suspenso, gusto por la contienda y los desaciertos.
Miralles apuesta a que en el diálogo entre esos textos del siglo XVI y este XXI que empieza -su libro se editó en España en el 2001- puede surgir algo que hasta ahora no se dijo. Su Cortés aparece menos como un sanguinario que como un buen negociador, menos como un buscador de oro que como un estadista capaz de concebir un país desde sus bases. Después de la avanzada militar, Cortés se encargó de organizar la religiosa. Incluso, había empezado a desarrollar las industrias -la minería, la explotacion de caña de azúcar, de trigo- cuando Carlos V logró reducir sus poderes y recordarle que esas tierras eran colonias españolas.
En Hernán Cortés el derrumbe de los mexicas -o aztecas, que en el siglo XVI tenían un claro dominio sobre los otros grupos indígenas de la región- no viene presentado sólo como producto de la avanzada española sino fundamentalmente como resultado de las luchas internas que provocan un doble mal: debilitamiento hacia adentro y candidez en la conformación de alianzas supuestamente salvadoras hacia afuera. Miralles, en una época en la que se habla de la conformación de la "comunidad global", advierte la importancia de los pactos y de sus condiciones.
En esas negociaciones que él cuenta fue fundamental Malintzin, la mujer que los caciques vencidos en la zona de Tabasco le entregaron a Cortés como esclava y que terminó siendo su traductora, la que le permitió comunicarse con todos los caciques y llevar a cabo su estrategia de conquista basada en el diálogo. Por eso recayó sobre ella muchas veces aquel dicho que iguala traducción y traición. Miralles desmitifica y demuestra que, más que generar, en todo caso la traducción puede sacar a la luz traiciones que ya se agazapaban antes.


