
Una experiencia de laboratorio
En la premiada Ciencias morales, el microcosmos de un colegio secundario en tiempos de la dictadura deja traslucir con sutil precisión las leyes del mundo exterior que lo rige
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Ciencias Morales
Por Martín Kohan
Anagrama
$36
Dos textos -que son simultáneamente modelo y antimodelo-, el uno tácito, el otro explícito, laten en la compacta estructura de Ciencias morales , flamante Premio Herralde de Novela. El explícito se enuncia desde el primer capítulo, cuando se introduce al lector en la historia del Colegio Nacional de Buenos Aires. Se trata de Juvenilia , el conocido relato de Miguel Cané; el tácito e implícito es el no menos célebre El matadero , de Esteban Echeverría. ¿Qué afinidades pueden establecerse entre estas dos obras, y la que ahora nos ocupa? Como Juvenilia , Ciencias morales pone en escena la vida estudiantil del Colegio Nacional. Como en El matadero , cuyo entorno es, ciertamente, muy distinto, hay un fuerte y logrado planteo simbólico-alegórico, que Kohan no declara directamente pero Echeverría sí ("Simulacro en pequeño era éste del modo bárbaro con que se ventilan en nuestro país las cuestiones y los derechos individuales y sociales", se dice en el texto echeverriano). El Colegio es entonces un microcosmos donde pueden verse en funcionamiento, con limpidez afilada y meridiana, las leyes del macrocosmos en el que está incluido: el país bajo el régimen agonizante pero resistente de la Dictadura, en los meses de la guerra de Malvinas.
A diferencia de lo que ocurre en las narraciones de Echeverría y de Cané, de ese cuadro se hallan borrados el bullicio apasionado de la vida, el conflicto y el combate, ya fuere en sus formas más procaces y turbulentas ( El matadero ) o en la variante dramática, pero melancólica y refinada, de Cané. El "simulacro" que se levanta en Ciencias morales se parece más bien a una experiencia de laboratorio, relacionada con la "medicalización" de la imagen (el "cuerpo") nacional que impregnó el lenguaje de los medios y los discursos oficiales en los años del Proceso. Desde los ojos de una preceptora novata, ansiosa por hacer méritos (la tímida y recatada María Teresa), el Colegio aparece como el claustro cerrado y selecto de la futura élite intelectual de la Argentina, que debe mantenerse a salvo de una "contaminación" mórbida. Como le explica a María Teresa su jefe, el señor Biasutto: "la subversión... es como un cáncer, un cáncer que primero toma un órgano, supongamos la juventud, y la infecta de violencia y de ideas extrañas; pero luego ese cáncer hace además sus ramificaciones, que se llaman metástasis, y a esas ramificaciones, que parecen menos graves, hay que combatirlas de todas maneras, porque en ellas el germen del cáncer late todavía "
La mirada alerta de María Teresa empieza así a funcionar a la manera de un microscopio que agiganta todos los objetos y sobreinterpreta las conductas en busca de los mínimos síntomas de "enfermedad". Irónicamente, es solo esa mirada vigilante la que instala las transgresiones a partir de la continua sospecha. En realidad, en el Colegio no pasa nada: a lo sumo, un corte de cabello más largo que lo permitido, o un par de dedos de varón que parecen presionar de manera inconveniente el hombro de una compañera al tomar distancia.
Entre el humor y el horror, la narración desenvuelve esa "nada" en una tensión obsesiva que va conduciendo gradualmente a María Teresa hacia la búsqueda de una satisfacción vergonzante en el baño de los varones. Elegido por ella como puesto de inspección para detectar a posibles fumadores clandestinos y obtener así el reconocimiento del jefe de preceptores, el baño se vuelve atalaya oscura, ojo hundido en lo "inferior" de las funciones corporales que le proporciona un placer ambiguo, mucho más inconfesable que las presuntas infracciones perseguidas. La esperada transgresión no vendrá, empero, de los alumnos, sino de su propio jefe, el señor Biasutto, antes idolatrado por María Teresa, y que concluirá siendo el agente de su humillación perversa y patética. La preceptora, en quien se focaliza el relato, es uno de los aciertos de la novela. Verosímil en sus inseguridades, su deseo de agradar y de servir, su represión puritana, y la negadora ingenuidad que le impide hacerse cargo de sus deseos y de los ajenos, es también una figura indefensa contemplada con piedad e incluso, al final, con solidaria ternura, por un narrador que suele ser implacable.
Sin golpes bajos, con precisión incisiva, Ciencias morales apela tanto a lo que se ve (las acciones de los personajes) como a lo que se calla pero se sugiere (la múltiple valoración de estos, agazapada en la constante ironía). A la manera de memorables relatos distópicos ( El cuento de la criada , de Margaret Atwood, es un buen ejemplo), construye diestramente el espacio simbólico de un orden que solo puede alcanzar su perfección en la rigidez mecánica y la muerte, y exhibe también las grietas de violencia y deseo que se dibujan en la superficie congelada y amenazan romperla.
María Rosa Lojo
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