Una fuerza sutil
En el Cabildo de Córdoba, la retrospectiva del posimpresionista José Malanca ofrece una interpretación personal, inquieta y colorida del ámbito americano.
1 minuto de lectura'
CORDOBA.- Las biografías de los artistas típicos del siglo XX exigían una bulliciosa (y hoy ya un poco reiterada) ruptura vanguardista. No es el caso de José Malanca, que ajustó su búsqueda de fuerza primaria e individualidad a la aceptación de las tradiciones plásticas que recibió en su vida.
Es obvia la influencia del impresionismo y el divisionismo, vía Fader y Segantini. Pero también es evidente su gusto por el dibujo arquitectónico -nada frecuente en los miembros de esa escuela-, los espacios abiertos, y si escarbamos con el ojo, la composición sintética y simbolista que aprendió de su maestro, Emiliano Gómez Clara.
Malanca recibe estas influencias combinándolas con recursos propios muy originales, sobre todo en la manera de construir la materia de su mundo pictórico, más dirigida a revelar una sustancia originaria en ebullición que analizar los volátiles cambios de luz.
Los recursos con los que expresó sus convicciones americanistas también son propios y poco estruendosos. A la denuncia narrativa y patética prefirió la gran visión de esos villorrios y ciudades andinos estructurados por una pobreza que los mantiene adosados a sus montañas como las pinceladas gruesas y deliberadamente toscas de Malanca se mantienen adosadas a la tela.
El pintor fue uno de los precursores de esa identidad latinoamericana que sólo hoy parece echarse a andar. En 1927, cuando ganó una beca, prefirió recorrer América en lugar de hacer un segundo viaje a Europa. Su ojo, naturalmente inclinado hacia la claridad y el espacio, halló su razón de ser en las sierras y los Andes.
Como su admirado Fader, Malanca practicaba el paisaje con una disciplina personal digna de un científico que busca la verdad: organizaba con su auto verdaderas "campañas" exploratorias de varios meses en las que dejó testimonios de grandes monumentos, pero también de los rincones más solitarios del continente, aquellos a los que no llega nunca ninguna ideología.
Las características de este arte exigen del espectador una mirada amplia que incluya la visión general del cuadro, en la que predominan las tendencias de su época y el pasado reciente, y una segunda distancia, cercana, detallista, que permita comprender la enorme cantidad de recursos genuinamente pictóricos y a veces muy originales con los que crea la materia visual.
Practicar un arte sutil y complejo, y trabajar cincuenta años en provincia es tentar un destino de incomprensión.
Por ejemplo, su nombre no figura en la bibliografía internacional más reciente, en obras que reseñan a muchos artistas menos importantes. Es un dato que hay que tener en cuenta para que no queden afuera los creadores que vivieron alejados de las metrópolis. Ahora que la identidad latinoamericana empieza a ser construida efectivamente, es un buen momento para reparar olvidos y enriquecer la historia regional de la plástica: una tarea que la crítica le debe al arte.
Por sus méritos, Malanca dejó un doloroso vacío. Muchos intelectuales que viajaban a Córdoba lo visitaban en su casa del barrio San Vicente (una especie de La Boca en Córdoba) y fueron sus amigos.
Su esposa, la poeta peruana Blanca del Prado, autora de cuatro libros, lo amó y recordó toda su vida: "El otoño sin ti viene muerto, viene sin tu paleta, sin tu nombre y sin destino en sus ramas tristísimas".
La retrospectiva, curada por Ignacio Gutiérrez Zaldívar, se inauguró el 6 de julio, en el marco de los festejos del 427 aniversario de la fundación de la ciudad. En los primeros tres días asistieron doce mil personas. La muestra permanecerá abierta hasta el 24 de agosto.





