Una lección formal

El esplendor de la obra de María Martorell, artista salteña que desarrolló su vocación de manera lúcida, recala en Buenos Aires con dos muestras que abarcan una trayectoria impar
Daniel Gigena
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23 de mayo de 2014  

Centro de tensión, díptico (1968), óleo sobre tela
Centro de tensión, díptico (1968), óleo sobre tela Crédito: Gentileza CCR

La gran exposición en las Salas 4, 5 y 6 del Centro Cultural Recoleta de la obra plástica de María Martorell (1909-2010) se complementa con la que el Museo de Arte Tigre ofrece de sus dibujos y diseños para tapices y alfombras. La artista salteña que recién pasados los treinta descubrió su vocación como pintora, cuando participaba del taller de Ernesto Scotti, elaboró una constelación luminosa y perseverante a partir de los años 40. Pero fue luego de una residencia en París -donde asistió a las clases de Sociología del Arte de Pierre Francastel y visitó los talleres de artistas como Georges Vantogerloo y Antoine Pevsner-cuando inició su trabajo con la geometría, la abstracción y el cruce de la cultura popular con la práctica de la pintura. En este sentido, ya entrados los años 60, fueron esenciales sus aportes a la renovación del diseño y la puesta en valor de los tejidos tradicionales de Cafayate y Molinos, en su provincia natal.

La Colección Martorell y el archivo de la artista estuvieron a disposición de Andrea Elías, directora del Museo de Bellas de Artes de Salta, y de María José Herrera por la Asociación Argentina de Críticos, quienes convirtieron las instalaciones del Recoleta en una plataforma ideal, pública y gratuita, para acercar una obra casi secreta al público. Organizada cronológicamente, lo que en el caso de Martorell implica la división en series, La energía del color deja afuera sus primeros trabajos, paisajes y pinturas costumbristas. Sin embargo, no es difícil ver en las líneas ondulantes, en las elipses de diferentes escalas de luz y en los ritmos blandos de sus obras maduras la influencia de un relieve como el salteño, con valles y montañas.

De las composiciones hexagonales de Simetría, cuando iniciaba sus exploraciones geométricas, pasando por las insólitamente modernas series de Eclipses amarillos o las de En el círculo, hasta obras hiperconscientes como las del Homenaje a Albers, ya entrados los años 90, donde parodia con respeto el Homenaje al cuadrado hecho por el pintor de la Bauhaus, los óleos de Martorell crean -como ella denomina a una de sus pinturas- "interdimensiones". En sus trabajos de la década de 1970, el conjunto de Ekhos y Siguas yuxtaponen el esfumado del color con la modulación de las ondas, en una indagación que avanza sobre el "fuera de campo" de la visión para crear un juego espacial.

"Llámese forma a la definición del objeto en función de sus bordes o límites en un juego de relaciones internas", se lee en uno de los cuadernos de Martorell exhibidos en una vitrina de la Sala 5 del Recoleta. El pensamiento plástico sobre matrices prehispánicas o semántica del color (en la que los colores cálidos avanzan y los fríos se repliegan en la claridad), la tensión sensible entre la geometría al modo europeo y la ideada por las comunidades aborígenes, las filiaciones constructivistas y las del Arte Concreto son sólo algunos aspectos de un legado que aún espera ser contemplado y analizado en profundidad.

Ficha. La energía del color en el Centro Cultural Recoleta (Junín 1930) y en Museo de Arte Tigre, (Av. Victorica 972), hasta el 28 de mayo

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