
Una obra de Vivaldi que despierta la alegría de vivir
Las "Cuatro estaciones", por la Accademia Bizantina
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Si hay una obra que despierta una deliciosa alegría de vivir e invita gozosamente a disfrutar de la música, ésa es la colección de las "Cuatro estaciones", de Antonio Vivaldi, cuatro conciertos incluidos dentro de una obra mayor titulada "Il cimento dell´ armonia e dell´ invenzione". Esto parecerá hoy algo rebuscado, pero no: el compositor veneciano quería aludir al carácter programático y descriptivo de sus conciertos. Es claro que fuera de su tiempo, la primera mitad del XVIII, se requieren algunas aclaraciones, pues la voz "armonía" significaba la técnica musical pura, mientras que la palabra "invención" aludía a un fantasear descriptivo y pictórico.
El principio de imitación de la naturaleza como recurso soberano de belleza artística llegó a provocar encendidas polémicas entre filósofos, poetas, músicos y pintores durante el seiscientos y parte del setecientos. Para el racionalismo la música era impotente para reproducir esa naturaleza tan amada; por lo tanto, incapaz de enriquecer a la razón, pues se dirigía sólo a los sentidos, con el añadido de que "afeminaba los ánimos".
Vivaldi -y no fue el único- asumió una actitud contestataria. Era un desafío demostrar cómo este arte que transcurre en el tiempo, y con grandes recursos para la imitación, podía reflejar la vida que pasa, el eterno retorno del tiempo. La idea de describir a través del violín y su familia el ladrido de perros, el murmullo de la fronda, la lluvia, el viento o lo que fuere, se convertía en una empresa en la que este monje de pelo colorado ("il prete rosso") tomó la delantera y logró un triunfo para la eternidad.
Cada uno de los conciertos de las "Cuatro estaciones" está precedido por un soneto llamado "demostrativo", cuyos principales versos afectan a momentos particulares del desarrollo musical. Entre el programa descriptivo de los sonetos y cada uno de los pasajes musicales existe una relación que el autor logra establecer de manera precisa, como puede comprobarlo quien, partitura en mano, puede ir leyendo los textos poéticos correspondientes a cada fragmento musical. Con ese recurso orienta a los intérpretes para evocar el murmullo del agua y el canto de los pájaros que saludan a la primavera, el calor del verano, las ráfagas otoñales o el hielo invernal.
Pero más allá de tal propuesta, Vivaldi da rienda suelta a su formidable exuberancia creadora, a través de renovados motivos de expansión y fantasía. Quien escuche con atención estos cuatro maravillosos conciertos, donde el violín solista tiene función protagónica, podrá apreciar qué frescura de ideas y cuánta variedad de detalles instrumentales y de sugestivos recursos imitativos pone en juego el compositor.
Eso es lo que nos ofrece el disco que hoy llega con la colección de LA NACION, a cargo de uno de los grandes conjuntos italianos de la actualidad, la Accademia Bizantina dirigida por Ottavio Dantone. Este equipo, fundado en 1983 en Ravena, se ha convertido en reconocido especialista del barroco italiano, a través de la búsqueda de un estilo auténtico que incluye, es claro, la sonoridad de los instrumentos de época. La versión ha sido grabada en la sala del Refectorio de San Vitale de Ravena, en 1999.
Quinta entrega
Con el cupón que aparece en la portada de LA NACION de hoy, más $ 12,90, se podrá adquirir el quinto libro de la colección Grandes Maestros de la Música Clásica y el CD con las "Cuatro estaciones".
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