Una pequeña vendetta futbolera
Lo llamábamos “Fútbol Cero”. Era un elenco más o menos estable de diez jugadores, casi todos sin demasiado talento deportivo. La mayoría formábamos parte de la diáspora neuquina en Buenos Aires, aunque a menudo se sumaban amigos y conocidos para completar los equipos cuando faltaba alguien.
Además del origen patagónico, compartíamos otra marca: por distintas razones –padres que no nos llevaban a pelotear a la plaza, una inclinación por los libros o las harinas– nuestra infancia había transcurrido lejos de los potreros. En el país de Maradona, Messi y las tres estrellas, no saber jugar a la pelota era motivo de no pocas burlas. Decidimos que “Fútbol Cero” sería una escuela: un lugar donde podríamos jugar horriblemente sin sufrir el escarnio de compañeros de la facultad o la oficina.
Era importante para alguien como yo. En la primaria siempre me elegían último en los partidos del recreo. En la secundaria, el profesor de Educación Física me había bautizado “polideportivo” por mi asombrosa capacidad para ser malo en múltiples disciplinas. Veinte años después, todavía resentía a ese docente con cuerpo de papa. Por eso, las juntadas de “Fútbol Cero” tenían el sabor dulce de la revancha. Ñoños y pataduras reclamábamos el derecho a divertirnos: tomábamos cerveza en la previa, celebrábamos nuestros modestos avances técnicos en la cancha y, después, analizábamos los aspectos salientes del encuentro durante la cena. Era la gloria.
Solíamos jugar por las noches en complejos de Abasto o Constitución, barrios que no frecuentaba por su atmósfera vagamente ominosa, pero en los que me internaba sin miedo con la excusa de jugar al fútbol. Una vez incluso llevé conmigo a una flamante noviecita, que observó mi bochornoso desempeño –tropiezos, caídas y penales errados– desde una grada cercana. No fue mi mejor idea.
Después de dos o tres años, empezó a cristalizarse una realidad difícil de ignorar: todos mejoraban menos yo. Mis compañeros ya ejecutaban con soltura jugadas complejas, pases exquisitos y remates de gran potencia que, al comienzo de aquella aventura, parecían imposibles. Mis incapacidades, en cambio, permanecían intactas. ¿Sería culpa de mis pies planos, de la escoliosis? ¿O sería porque faltaba a esos partidos con frecuencia? Tenía un trabajo nuevo y estaba cansado todo el tiempo. Nadie extrañaría, pensaba, mi andar de marioneta tosca.
Con el paso del tiempo llegaron los cambios en el elenco estable. Algunos amigos volvieron a Neuquén; otros formaron familia o fueron absorbidos por equipos mejores. Las vacantes de “Fútbol Cero” se llenaron con desconocidos que jugaban bien a la pelota y no conocían nuestra filosofía. Aguanté un tiempo, hasta que llegó el inevitable final: fui a un partido y terminé en un equipo con desconocidos que no me pasaron la pelota ni una sola vez. Decidí abandonarlo todo.
Antes de hacerlo, en un rapto que hoy juzgo quizá excesivamente dramático, envié por Facebook una carta abierta a los jugadores de “Fútbol Cero”. Quería hablar de los orígenes de aquel proyecto, que había nacido para cobijar a los troncos como yo. Pero en algún punto del camino perdí el rumbo: como una herida nueva sobre una cicatriz vieja, la humillación de ese último partido me devolvió a los recreos de la primaria, al profesor con cuerpo de papa que se burlaba de mí en cada clase. No recuerdo exactamente qué escribí en aquel texto, pero basta decir que mandé a esos excompañeros a lugares muy desagradables.
Tengo entendido que el grupo se desarmó poco después. Yo nunca volví a jugar a la pelota. A finales de 2025, uno de los miembros fundadores de “Fútbol Cero”, un consumado director de cine, me invitó en un mensaje a reimaginar aquellos tiempos para un guion. Todavía no le respondí. Apenas pasaron diez años: la herida sigue abierta.
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