
Una ventana al Oriente
El gran pensador palestino norteamericano Edward W. Said, fallecido el jueves último, fue un activo defensor del diálogo entre culturas. En este artículo, escrito para recordar los veinticinco años de la publicación de su libro Orientalismo, sostiene que las ideas orientalistas permitieron el estallido de la guerra en Irak
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En mis memorias Fuera de lugar (Grijalbo 2001) describí los mundos extraños y contradictorios en los que crecí, proveyéndome a mí mismo y a mis lectores de un recuento detallado de los escenarios que creo me formaron en Palestina, Egipto y en el Líbano. Pero ése era un recuento muy personal que sólo alcanzó a llegar a los años en que se inició mi propio compromiso político después de la guerra árabe israelita de 1967.
Orientalismo es en gran medida un libro atado a las dinámicas tumultuosas de la historia contemporánea. Su primera página se abre con una descripción de la guerra civil libanesa de 1975 que terminó en 1990, pero la violencia y el repugnante derramamiento de sangre humana continúan hasta este minuto. Hemos pasado por el fracaso del proceso de paz de Oslo, el estallido de la segunda intifada y el horrible sufrimiento de los palestinos en la invadida franja oeste y Gaza. Ha surgido el fenómeno de las bombas suicidas con todo su daño oculto, no más espeluznante y apocalíptico por supuesto que los sucesos del 11 de septiembre de 2001 y sus consecuencias en las guerras contra Afganistán e Irak. Mientras escribo estas líneas, prosigue la ocupación imperial ilegal de Irak por parte de Inglaterra y de Estados Unidos. Todo esto, se supone, forma parte de lo que sería [para Huntinghton] un choque de civilizaciones, interminable, implacable, irremediable. Sin embargo, yo no lo creo así.
Quisiera poder decir que en los Estados Unidos de alguna forma ha mejorado el entendimiento general sobre el Medio Oriente, los árabes y el Islam, pero, °ay!, la verdad es que no es así. Por toda clase de razones, la situación en Europa parece ser considerablemente mejor. En los Estados Unidos, el endurecimiento de las actitudes, el estrechamiento de la sujeción a generalizaciones degradantes y al cliché triunfalista, la dominación del poder bruto aliado a un desprecio simplista hacia los disidentes y los "otros" ha encontrado un correlato adecuado en el saqueo y la destrucción de los museos y bibliotecas de Irak.
Mi argumento es que la historia la hacen hombres y mujeres, así como también pueden deshacerla y reescribirla, de tal manera que "nuestro" Este, "nuestro" Oeste, se hacen "nuestros" para poseerlos y dirigirlos. Pero yo tengo una gran confianza en el poder y el talento de los pueblos de esa región para luchar por su visión de lo que son y quieren ser. El ataque a las sociedades contemporáneas de árabes y musulmanes -a las que se les reprocha su retraso, la falta de democracia y la abrogación de derechos de la mujer- ha sido tan grande y tan agresivo que simplemente olvidamos que nociones como modernidad, ilustración y democracia de ninguna manera son conceptos simples y unánimes, que uno puede encontrar o no como si se tratara de huevos de pascua. La pasmosa indiferencia de escritores insípidos, que hablan en nombre de la política exterior y que no tienen ningún conocimiento acerca de la gente real, ha fabricado un paisaje árido listo para que el poder americano construya ahí un modelo sintético de la "democracia" del libre mercado.
Pero hay una diferencia entre el conocimiento de otros pueblos y otras épocas como resultado del entendimiento, la compasión, el estudio cuidadoso y el análisis por sí mismos y, por otro lado, el conocimiento como parte de una campaña totalizante de autoafirmación. Hay, después de todo, una profunda diferencia entre la voluntad de entender con propósitos de coexistencia y ensanchamiento de horizontes, y la voluntad de dominar con propósitos de control.
Es, con seguridad, una de las catástrofes intelectuales de la historia el que se haya sostenido una guerra imperialista -confeccionada por un grupo de oficiales estadounidenses no elegidos; activada y razonada por orientalistas que traicionaron su vocación de humanistas- contra una dictadura devastada del tercer mundo, sobre bases enteramente ideológicas ligadas a la dominación mundial, el control de la seguridad y la escasez de recursos, pero disfrazada de su verdadero propósito.
Hoy las librerías en los Estados Unidos están llenas de gastadas diatribas con títulos vociferantes acerca del Islam y el terror, el Islam al descubierto, la amenaza árabe y el peligro musulmán, todos ellos escritos por polemistas políticos cuyo dudoso conocimiento les fue transmitido por expertos que, supuestamente, habrían penetrado en el corazón de estos extraños pueblos orientales. Al lado de estos expertos que trafican con la guerra han estado CNN y Fox, además de miríadas de anfitriones radiales evangélicos o de derecha, innumerables tabloides e incluso diarios de medio pelo, todos ellos reciclando las mismas ficciones y generalizaciones para animar a "América" contra el enemigo extranjero.
Sin un sentimiento bien organizado de que esos pueblos de por allá no eran como "nosotros" y que no apreciaban "nuestros" valores -el corazón mismo del dogma orientalista- no habría habido guerra. Entonces los consejeros americanos para el Pentágono y la Casa Blanca vienen de la misma junta directiva de académicos profesionales pagados enlistados por los conquistadores holandeses de Malasia e Indonesia, los ejércitos británicos de India, Mesopotamia, Egipto, Africa del Oeste, los ejércitos franceses de Indochina y del norte de Africa, usando tal como en los casos anteriores los mismos clichés, los mismos estereotipos degradantes, las mismas justificaciones para el poder y la violencia (después de todo, el coro lo dice, el poder es el único lenguaje que entienden). A esta gente se les ha unido ahora en Irak un completo ejército de contratistas privados y empresarios ansiosos a quienes se les confiará desde la escritura de libros de texto y la Constitución Política hasta la remodelación de la vida política iraquí y su industria petrolera.
Una cadena imperial
Todos los imperios han dicho en su discurso oficial que no son como los demás, que sus circunstancias son especiales, que tienen una misión para iluminar, civilizar, traer orden y democracia, y que utilizan la fuerza sólo como un último recurso. Y, lo que es más triste todavía, siempre hay un coro de intelectuales dispuestos para decir palabras reconfortantes acerca de imperios benignos o altruistas. Veinticinco años después de la publicación de mi libro, el orientalismo hace surgir nuevamente la pregunta de si acaso alguna vez terminó de verdad el imperialismo moderno o si, por el contrario, aún continúa en Oriente desde que Napoleón entró en Egipto dos siglos atrás. A los árabes y musulmanes se les ha dicho que hacerse las víctimas y vivir en las depredaciones del pasado es sólo una manera de evadir sus responsabilidades del presente. Fracasaste, lo hiciste mal, dice el orientalista moderno. Esta por supuesto es también la contribución de V. S. Naipul a la literatura: que las víctimas del imperio se lamenten mientras su país se hunde. Pero qué lectura más superficial acerca de las intrusiones del imperio; cuán poco desea encarar la larga sucesión de años durante los cuales el imperio ha continuado abriéndose paso en las vidas, digamos, de palestinos o congoleños o argelinos o iraquíes. Pensemos en la línea que comienza con Napoleón, continúa con el surgimiento de los estudios orientales y la toma de posesión del norte de Africa y sigue en acometidas similares en Vietnam, Egipto, Palestina y, durante todo el siglo XX, en la lucha por el petróleo y el control estratégico en el Golfo, en Irak, Siria, Palestina y Afganistán. Luego pensemos en el surgimiento del nacionalismo anticolonial, a través del breve período de independencia liberal, la era de los golpes militares, de insurgencias, guerras civiles, fanatismo religioso, lucha irracional e intransigente brutalidad contra el último atado de "nativos". Cada una de estas etapas ha producido su propio conocimiento distorsionado acerca del otro, cada una de ellas sus propias imágenes reduccionistas, sus propias polémicas controvertidas.
"Humanismo" y filología
Mi idea en Orientalismo fue utilizar la crítica humanista para profundizar la discusión sobre el conflicto, para introducir una secuencia de pensamiento y análisis más larga que reemplace los estallidos de polémica, la estrecha furia alienante que nos aprisiona. He llamado a mi intento "humanismo", una palabra que continúo usando tozudamente a despecho del desdeñoso rechazo de los críticos posmodernos por ese término. Veo en el humanismo, primero, el intento de disolver las manillas forjadas de la mente, de las que hablaba Blake, de manera de poder usar la mente histórica y racionalmente para el entendimiento reflexivo. Más aún, el humanismo se sustancia por un sentido de comunidad con otros intérpretes, otras sociedades y períodos: estrictamente hablando, por consiguiente, no existe un humanista aislado. Es decir que cada dominio está vinculado con otro y que nada de lo que sucede en nuestro mundo ha estado aislado y puro de cualquier influencia externa. Si hablamos de temas de injusticia y sufrimiento necesitamos hacerlo dentro de un contexto ampliamente situado en la historia, la cultura y la realidad socioeconómica. Nuestro papel es ampliar el campo de discusión. He pasado 35 años de mi vida defendiendo el derecho del pueblo palestino a la autodeterminación nacional, pero he tratado de hacerlo siempre con una total atención puesta en la realidad del pueblo judío y lo que han sufrido por persecución y genocidio. Lo principal es que la lucha por la igualdad en Palestina e Israel se dirija hacia un propósito humano, esto es, a la coexistencia, y no a más supresión y negación. No por casualidad indiqué que el Orientalismo y el antisemitismo moderno tienen una raíz común.
Para la gente joven de esta generación, es imposible imaginar algo más anticuado y rancio que la filología, pero la filología, de hecho, es la más básica y creativa de las artes interpretativas. Esto para mí se ejemplifica de manera admirable en el interés de Goethe por el Islam en general, y en Hafiz en particular, una pasión arrebatadora que lo llevó a la composición del Diván de Oriente y Occidente , y que torció sus últimas ideas sobre la Weltliteratur , el estudio de todas las literaturas del mundo como un todo sinfónico, que podía aprehenderse teóricamente preservando la individualidad de cada trabajo sin perder de vista la totalidad. Parece una ironía que, en la medida en que el mundo globalizado de hoy se une, estamos aproximándonos al tipo de estandarización y homogeneidad que las ideas de Goethe deliberadamente pretendían prevenir. En un ensayo publicado en 1951 titulado "Philologie de Weltliteratur", Erich Auerbach apuntaba exactamente a esto a comienzos del período de posguerra, que también fue el de los inicios de la guerra fría. Su gran libro, Mímesis , publicado en Berna en 1946 pero escrito mientras Auerbach era un exiliado de guerra que enseñaba lenguas romances en Estambul, fue pensado como un testimonio de la diversidad y al mismo tiempo de la concreción de la realidad representada en la literatura occidental desde Homero a Virginia Wolf; pero leyendo su ensayo de 1951 uno siente que para Auerbach su gran libro era una elegía para un período en el que la gente podía interpretar textos filológicamente de manera concreta, sensitiva e intuitiva, utilizando la erudición y un excelente dominio de algunos idiomas para apoyar el tipo de entendimiento que Goethe propugnaba para su comprensión de la literatura islámica.
Hablando como americano
Todo esto fue obviamente socavado y destruido en Alemania por el Nacional Socialismo. Después de la guerra, Auerbach comprobó dolorosamente cómo la estandarización de las ideas y la cada vez mayor especialización del conocimiento gradualmente redujeron las oportunidades para el tipo de trabajo filológico investigativo y sistemáticamente inquisitivo que él representaba, y °ay!, algo todavía más deprimente es que desde la muerte de Auerbach en 1957 tanto la idea como el ejercicio de la investigación humanística se han encogido. En lugar de leer en el verdadero sentido de la palabra, nuestros estudiantes hoy están muchas veces distraídos por el conocimiento fragmentado, disponible en internet y en otros medios de comunicación. Peor aún, la educación está amenazada por ortodoxias nacionalistas y religiosas a menudo propagadas por los medios de comunicación. Mientras, se enfocan de manera ahistórica y sensacionalista guerras electrónicas distantes, lo que da a los espectadores la sensación de que se actúa con precisión quirúrgica, cuando en realidad se oscurece el terrible sufrimiento y la destrucción producidos por el armamento moderno. Demonizar a un enemigo desconocido, colocarle la etiqueta de "terrorista", sirve al propósito general de mantener al pueblo agitado y furioso. Las imágenes difundidas por los medios de comunicación pueden ser explotadas en tiempos de crisis e inseguridad como los que produjo el período posterior al 11 de septiembre.
En los países árabes y musulmanes la situación es escasamente mejor. Como ha argumentado Roula Khalaf, la región se ha deslizado a un antiamericanismo fácil que manifiesta poco entendimiento de lo que los Estados Unidos verdaderamente son como sociedad. Dado que los gobiernos son relativamente impotentes para influir en la política estadounidense hacia ellos, vuelven sus energías para reprimir y subyugar a sus propias poblaciones, con lo que generan resentimientos, furia y desvalidas imprecaciones. Todo esto en nada contribuye a abrir sociedades en las cuales las ideas seculares acerca de la historia humana y el desarrollo han sido frenadas por el fracaso y la frustración, así como por un islamismo memorizado y por la negación de aquello que se percibe como otra forma de conocimiento secular competitiva.
Las generalizaciones, que en medio de terribles conflictos, agrupan a los pueblos bajo rúbricas falazmente aglutinantes como "América", "Occidente" o "El Islam" e inventan identidades colectivas para grandes números de individuos que en realidad son muy diversos, no deben seguir siendo tan poderosas y tienen que ser resistidas. Todavía tenemos a nuestra disposición las habilidades interpretativas racionales que son el legado de la interpretación humanística, no como una devoción sentimental que nos convoca a volver a valores tradicionales o a los clásicos, sino como la práctica activa de un discurso secular racional. El mundo secular es el mundo de la historia, en cuanto ésta ha sido construida por seres humanos. El pensamiento crítico no se somete a órdenes para unirse a las filas que marchan contra uno u otro enemigo señalado. Antes que en el prefabricado "choque de civilizaciones", necesitamos concentrarnos en el paulatino trabajo conjunto de culturas que se superponen, que toman prestado unas de otras, y viven juntas consolidando experiencias mucho más interesantes de lo que cualquier forma de entendimiento sesgado e incompleto puede permitir. Pero para ese tipo de percepción más amplia necesitamos tiempo, indagaciones pacientes y escépticas, sustentadas por la fe en comunidades de interpretación que son difíciles de sostener en un mundo que demanda acción y reacción en forma instantánea. El humanismo está centrado en la acción de la individualidad humana y la intuición subjetiva, antes que en las ideas recibidas y en la autoridad aprobada. Los textos tienen que leerse como textos que fueron producidos y que viven en el dominio de lo histórico de maneras que he llamado seculares. Pero esto de ninguna forma excluye al poder, puesto que al contrario he tratado de demostrar cómo el poder se insinúa e inmiscuye incluso en los estudios más recónditos.
Por último, y esto es lo más importante, el humanismo es la única, y yo iría tan lejos como para decir que es la última, resistencia que tenemos contra las prácticas inhumanas y las injusticias que desfiguran la historia humana. Hoy estamos apoyados por el enormemente incitante campo democrático del ciberespacio, abierto a todos los usuarios de un modo jamás soñado por las anteriores generaciones de tiranos y ortodoxias. Las protestas realizadas en todo el mundo antes de que la guerra comenzara en Irak no hubieran sido posibles de no ser por la existencia de comunidades alternativas en todo el planeta, informadas por medios alternativos y profundamente al tanto de los derechos humanos y ambientales, y por los impulsos liberadores que nos unen a todos en este pequeño planeta.




