
Uslar Pietri fue un humanista singular
El intelectual falleció a los 94 años
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Hay una paradoja esencial en Arturo Uslar Pietri -fallecido a los 94 años, en Caracas-, que contribuye, decisivamente, a exaltar el valor de su obra: si por la extensión de su vida le fue dado abarcar casi todo el siglo XX y si, en múltiples aspectos, encarnó de manera cabal el afán por asimilar la sustancia de esta época, su figura y su trascendencia están -pese a ello- sustancialmente unidas a funciones características del siglo XIX.
Era un gran escritor y fue, además, la voluntad resuelta y felizmente llevada a cabo de ser un intelectual guía, una referencia docente para sus conciudadanos. En ese punto, "don Arturo" participaba de modo pleno de la gran tradición latinoamericana de humanistas educadores. A su manera y en su tiempo repitió la aspiración de un Sarmiento o de un Martí, más preocupados por servir a los pueblos de los que habían surgido que por la gloria literaria.
Tenía 25 años cuando "Las lanzas coloradas" lo consagraron como un novelista extraordinario, dueño de un estilo ceñido y audaz y capaz como pocos de convocar a la historia.
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El escritor está en esa novela excepcional y en otras no menos notables, como "El camino de El Dorado" y "Oficio de Difuntos"; en cuentos como los de "Treinta hombres y sus sombras", en trabajos eruditos como "Historia de la novela hispanoamericana", en los ensayos de "En busca del nuevo mundo" y de "Letras y hombres de Venezuela", o en las inquisiciones históricas de "Los libros de Miranda" o "Sumario de la civilización occidental", que conforman una vastísima producción repartida en casi todos los géneros.
Pero también es autor de "Petróleo de vida o muerte", libro en que aborda un tema trágico de un país con enfoque de economista y de político. Y no improvisaba en esos campos ni tampoco era el habitual teorizador retórico, vicio en el que suelen caer literatos. Porque Uslar Pietri, doctor en Ciencias Políticas, fundó la Escuela de Ciencias Económicas de la Universidad Central de Venezuela. Después fue ministro de Educación, de Hacienda y de Relaciones Públicas. Representó a su país en la Unesco y por 14 años, a partir de 1959, ocupó una banca de senador. En 1963 fue candidato a presidente.
Asimismo poeta, espiritual y contemplativo, su capacidad de trabajo y su aptitud para ensanchar sus perspectivas intelectuales fueron pasmosas. Podría creerse que nada tenía de provinciana la Caracas de 1906 en que nació, a juzgar por la amplitud enciclopédica de sus conocimientos y preocupaciones; contradictoriamente, podría también creerse que su mundo había sido en extremo pueblerino y romántico, según surge de la historia de sus apasionamientos, de sus memoraciones, de sus exilios.
Convencido de que -citaba aquí a Vicente Gaos- "en estos países el escritor debe ser un educador", naturalmente no podía eludir el llamado del periodismo y tampoco cabe imaginar que no llegase a dirigir un gran diario. En efecto, dirigió El Nacional; antes y después de esa culminación escribió a vuela pluma centenares o acaso miles de notas aparecidas en diarios de todo el continente, entre ellos La Nación , con la que hasta hace pocos años colaboró asiduamente.
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Uslar Pietri resolvía esos trabajos con admirable elegancia expresiva. Pero ellos son valiosos también porque constituyen representaciones ejemplares del clásico humanismo liberal latinoamericano, volcado a la comprensión de todo y al amor hacia todo el espectro de la reflexión: historia, política, economía, arte, sociología, no había límites para su interés ni trabas para el ejercicio de su raciocinio.
Pero ésa era, de algún modo, su ofrenda a los cánones establecidos de la comunicación intelectual. Ese escritor-guía, ese inevitable rector del pensamiento de la sociedad que lo rodeaba, por lógica debía entregar con fruición su espíritu a las cuartillas, antaño manuscritas y más tarde mecanografiadas. Pero se trataba, a la vez, de alguien raigalmente instalado en su tiempo y, por ende, el compromiso periodístico lo hizo incursionar muy pronto en la actividad televisiva, cuyas formas culturales y de debate de hecho inició en Venezuela.
Hombre intelectualmente completo -"goetheano", por definirlo de alguna manera-, necesitaba y buscaba la repercusión pública, la amaba y veía en ella el sentido de su vida, el testimonio de que no había trabajado en vano. Y obtuvo ese tipo de recompensa, bajo la forma de reconocimientos importantes. Integró una importante generación literaria venezolana -junto con Mariano Picón Salas y Andrés Eloy Blanco, entre otros-, y en ella su fama como narrador sólo hallaba parangón en la de Rómulo Gallegos.
La ciudadanía lo ungió con su voto muchas veces y le fueron confiados cargos importantes en el orden republicano. Obtuvo premios y distinciones, a veces muy dispares porque recompensaban aspectos parciales de su trayectoria. El Premio Príncipe de Asturias galardonó, en l990, al eximio escritor; pero el Mary Moors Cabot y el SIP Merghentaler eran para el notable periodista, de paso doctor honoris causa en Leyes y en Economía.
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