Viajar es traducir
María Sonia Cristoff reunió en Acento extranjero (Sudamericana) dieciocho textos sobre la Argentina de grandes viajeros, desde Drake a Chatwin
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Sentada a su mesa de trabajo, traduciendo al pastor anglicano Thomas Bridges mientras por la ventana de su cuarto veía el Canal de Beagle y, en la costa, una pila de huesos de cetáceos, María Sonia Cristoff confirmó una sospecha: en el relato de un viajero -como lo fue Bridges en el desolado mar austral argentino-, acechan "los tormentos y los goces del traductor en su viaje a la lengua extranjera". Unos diez años más tarde, esa constatación se convirtió en un libro literalmente antológico, cuyos materiales Cristoff eligió con fruición y prologó con inusual sutileza. Se llama Acento extranjero. Dieciocho relatos de viajeros en la Argentina y, como indica el subtítulo, incluye testimonios de visitantes de estas tierras; algunos de ellos, nómades ilustres y otros, menos conocidos pero a quienes los jugosos comentarios de Cristoff vuelven imprescindibles: Richard Burton (no el actor sino su infatigable homónimo), Francis Drake, Edmondo De Amicis, Concolorcorvo, Rosita Forbes, Carlo Spegazzini, Félix de Azara, Marion Mulhall y, entre otros, el ya mencionado Bridges.
Podrá discutirse el carácter novedoso de la analogía entre narrar un viaje y traducir, pero no el modo en que este libro la verifica al desplegar, en una luminosa taxonomía, los fragmentos elegidos. Mucho menos, la pertinencia de la compiladora quien, nacida en Trelew en 1965 y residente en Buenos Aires desde 1983, se dedica a traducir del inglés y a dar talleres de escritura de relatos de viajes. Cristoff se aplica a esa otra forma de la travesía que supone una entrevista con la inocultable alegría de quien tiene que hablar de lo que más le gusta. Su entusiasmo no le impide mantener una distancia crítica o volver a pensar, con genuina humildad, las claves de su trabajo. Reconoce que el relato de un viaje es, también, un ejercicio de la analogía: "Viajar obliga a encontrar paralelismos entre lo nuevo y lo conocido y, en ese sistema de aproximaciones que establece, cada viajero va diciendo mucho de sí mismo. El colmo de la sutileza es Burton quien, al construir sus comparaciones, no hace más que enunciar desde qué lugar mira él".
Para Cristoff, lo más interesante del relato de viaje es precisamente el punto de vista: "El relato de viaje lo tematiza explícitamente porque el lugar desde donde se mira es constitutivo del género y le permite ir más allá de la mera descripción, en la cual tantos textos suelen caer". Esta clara asunción de una perspectiva está ligada, según Cristoff, al otro aspecto crucial de los relatos de viaje que es el motivo, la razón de ser de la travesía: "Es tan importante que suele constituir un pacto de lectura que, una vez enunciado, el narrador viajero no puede ya traicionar. Si el pacto está bien planteado, todo lo demás puede ser verosímil".
Tener un motivo para viajar es asegurarse, entonces, un criterio de razón y de verdad y, en consecuencia, un modo de lectura. Por eso Cristoff ordena los relatos incluidos en su libro a partir de los motivos explícitos de sus narradores. "El mundo se describe en relación con los objetivos personales del viaje", agrega la antóloga, al tiempo que, al reflexionar sobre el género en la actualidad, toma partido por su autonomía: "No digo que haya que rechazar la posibilidad del relato testimonial pero sí que no es la única. Sobre todo, cuando la función documentalista hoy está ampliamente cubierta por los medios audiovisuales y por Internet. Me interesan los autores que no se resignan a esa función testimonial. Por ejemplo, W. G. Sebald quien, en su libro Los anillos de Saturno , se propone narrar un extenso paseo por el este de Inglaterra y en realidad, nos ofrece una larga serie de deliciosas digresiones. De los lugares por donde pasa, sólo habla a partir de los recuerdos y reflexiones que esos lugares le provocan: un amigo de la infancia, la industria azucarera y la relación con el arte y los museos en algunos países europeosÉ" Entre los pliegues del género que Cristoff se complace en desarrollar, se destaca uno: soslayar la exigencia de una verdad supuestamente objetiva para reponer la experiencia personal confiere al relato el espesor de una verdad más íntima pero quizá más genuina. Para Cristoff, la obra de Chatwin es paradigmática de esta exquisita capacidad para poner al lector en los zapatos del viajero: "Quizá me afecta más personalmente porque soy patagónica y muchas de las supuestas tergiversaciones de Chatwin tienen que ver con esa región. Muchos lugareños lo odian porque ha confundido fechas, lugares y hechos históricos en su libro En Patagonia . Pero creo que Chatwin no podría haber encontrado mejor asunto para su maravilloso estilo que la Patagonia. El tiempo y el tono de sus frases tienen que ver con ese lugar y esa gente. En un pasaje de su libro, narra su visita a la casa de una rusa, ex cantante de ópera; la mujer le hace apoyar la mano sobre una puerta de madera y le dice, en inglés: ÔFeel it, feel the wind coming through´. Esa puerta tan maciza a través de la cual sólo el viento es capaz de pasar da más cuenta de lo que es la Patagonia que mil páginas atiborradas de datos, fechas y nombres".
Al pedirle a Cristoff otro rasgo decisivo del relato de viaje, ella no duda: "Hay que vivir la experiencia del viaje en cada caso y esa experiencia tiene un componente mixto: a la vez que estás hablando con alguien, estás escribiendo o pensando en lo que vas a escribir a la noche, en el hotel o en un bar. La posibilidad de vivir simultáneamente dos ritos tan aparentemente opuestos como la movilidad del viaje y la necesaria quietud de la escritura me parece muy interesante. Por lo demás, así como todas las historias de amor se reducen a una misma historia contada hasta el infinito, el relato de viaje siempre obliga a contar el mismo cuento: el narrador viajero es siempre ajeno a los hechos, un extranjero compelido a compartir su extrañeza".
Cristoff conviene en que esa perplejidad hoy puede acechar tanto en una remota aldea africana como en el gran Buenos Aires. Ahora bien, ¿por qué la mujer que descubrió la afinidad entre viajar y traducir pasando al español las cartas del anglicano Bridges en la remota Tierra del Fuego delegó en otros la traducción de los textos de su antología? La respuesta no se hace esperar: "El relato de viaje y la traducción son para mí dos obsesiones que este libro reúne. Temí que, si me hacía cargo de ambas, el libro no se terminara nunca". En caso de que ese temor haya sido fundado, hay que celebrar la prudencia de la antóloga porque, gracias a ella, hoy este hermoso libro está en nuestras manos.
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