
Víctor Chab, sin concesiones
Los acrílicos de los últimos años marcan la plenitud de su genio pictórico. Muestras de Cristina Gómez Moscoso y Armando Donnini
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Para pensar en términos comparativos de jerarquía mundial hablar del arte de Víctor Chab supone ubicarse al nivel del irlandés Francis Bacon o la etapa figurativa de Wilhelm De Kooning.
Estamos transitando el Romanticismo de los inicios, el del Goethe de Werther en los que la pasión desborda aquel equilibrio que preside el arte del clasicismo francés del siglo XVII. Los acrílicos de Víctor Chab de los tres últimos años marcan la plenitud de su genio pictórico.
En 1960 lo convocamos al treintañero Víctor a la inauguración de la sede del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires con la primera gran muestra internacional. Víctor ya era un artista maduro, dueño de un oficio adquirido desde su adolescencia y luego reforzado por su paso por el taller de aquel gran maestro que fue Juan Batlle Planas. He seguido de cerca las diversas etapas de Chab, más entusiasta y afín por sensibilidad con algunas que con otras. Lo que no le conozco es ningún momento de debilidad o de concesión.
No estamos en presencia de un arte para complacer sino de un arte para inquietar, un arte que está como quien diría "en carne viva".
Acompaña bien el espíritu de estas obras el prólogo que en el catálogo firma el poeta Julio Llinás. Se trata de exclamaciones que sacuden. Una muestra de calidad museística que nos recuerda la madurez y excelencia de la Escuela de Buenos Aires.
(En Galería Andrada, Av. Quintana 20, hasta el 4 de junio.)
Grabado e intimidad
El arte del grabado ha sido llamado con justicia la música de cámara de las artes plásticas. Todavía son muchos los que no distinguen entre una reproducción fotomecánica y un grabado que es una forma original, cada una de cuyas copias conserva la vibración de la plancha de origen, sea ésta de cobre, de madera o de acero, entre otros materiales.
Deleitarse con un grabado supone dialogar con el artista en intimidad. Ese artista puede llamarse Durero, Rembrandt, Goya o, en este caso, Cristina Gómez Moscoso. No hablo caprichosamente; para llegar a grabar con la autoridad con la que lo hace Gómez Moscoso hay que haber pasado años junto a maestros de la talla de Aída Carballo o de Roberto de Vincenzo. Los grabados de Cristina, como los de Rembrandt, son aguafuertes, tan sólo que merced a avanzada técnica con transparencias que empleó Hayter, hoy esos grabados pueden entintarse dándoles el agregado de la delicia del color.
Cristina se inspira en fuentes diversas; desde algunas esculturas de Miguel Angel, como La noche o La aurora, hasta cuentos de Kafka que llevan su característica K.
No en vano los grabados de Cristina han conocido y recorren a menudo premiados países europeos como Polonia o Francia, España o Bélgica, ya que estamos en presencia de una artista de reconocida calidad internacional. En algunas oportunidades su punto de partida son tallos o flores, como la del palo borracho o algunas que le ofrezcan estambres.
Estos entintados a veces llevan horas y sin duda por ello entre otras consideraciones los tirajes de las planchas mayores son más bien bajos, de hasta 15 ejemplares.
(En Galería Ursomarzo, Arenales 921, hasta el 26 de mayo.)
Misterioso Donnini
Dice Ruth Scheinsohn en uno de los prólogos del catálogo que acompaña esta muestra de Armando Donnini (1939-1983) que se trata de un artista que se resiste al encasillamiento. Nuestro propósito es tan sólo brindar al lector una aproximación a la problemática estilística de Donnini quien, a nuestro parecer, partiendo de una figuración de sabor clásico, aborda un expresionismo que explora las dimensiones de lo grotesco, algo que se hace más evidente en sus tintas que en sus pasteles, óleos y acuarelas.
Lo que destaca todas sus modalidades es la incuestionable calidad plástica de cada uno de sus trabajos. Su obra está recorrida por una vena misteriosa, los desnudos femeninos, captados con ternura, se ven a veces rodeados de monigotes grotescos, algunos de los cuales admiten referencia a los perfiles de un Hieronimus Bosch. ¿Surrealismo? No me parece exacto; antes bien yo hablaría de un realismo mágico. Destaco en esta muestra el retrato de Manucho y el que lleva por título Una luz interna.
(En Galería Vermeer, Suipacha 1168, hasta el 11 de junio)
