
Voltaire en Saint-Germain des Près
La Biblioteca Nacional de Francia ha organizado la muestra "Sartre y su siglo", que evoca la vida y la obra del gran escritor francés a cien años de su nacimiento y a veinticinco de su muerte. Una serie de manuscritos, testimonios inéditos y documentos audiovisuales dibujan un retrato del hombre que encarnó como pocos la figura del intelectual contemporáneo
1 minuto de lectura'
En la entrada, el conferenciante de la BNF explica a un embelesado grupo de estudiantes de provincia la teoría de la "simultaneidad y transparencia". Desde el inicio de su relación, Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir definieron y defendieron una concepción de la libertad pública y privada. En La fuerza de la edad, el Castor (apodo de De Beauvoir) recordaba: "Entre nosotros, me explicaba [Sartre], utilizando un vocabulario que le agradaba, se trata de un amor necesario, es conveniente que tengamos amores contingentes". A pocos pasos los jóvenes visitantes verán cómo la coartada intelectual de la pareja abierta toma cuerpo en las fotos de los trofeos femeninos de Sartre; se detendrán, entre otras, en la tórrida mirada de Dolores Vanetti, la amante neoyorquina. Las circunstancias de las conquistas son develadas con lujo de detalles en las Cartas al Castor, publicadas por ella, donde él desmenuza las singularidades físicas y eróticas de sus furtivas partenaires.
"El prestigio de Sartre sigue vigente sobre todo en países como Uruguay o Brasil", continúa el guía sin demasiada convicción. Pero es cierto, Francia resulta ingrata. Hoy, el nombre del intelectual francés por antonomasia suscita en el ámbito académico exasperación o sorna, cuando no indiferencia; otras figuras como Michel Foucault o Gilles Deleuze han esquivado el purgatorio.
En una puesta en escena temática y cronológica, la exposición que ofrece la BNF abre la primera de sus cuatro partes con la fotografía de un chico con largos bucles rubios que se derraman sobre un traje de marinerito. Todavía era el pequeño "Poulou", el protagonista de la autobiografía Las palabras, dueño de una infancia idílica, en el seno de una familia protestante defensora de las virtudes de la pedagogía. Creció sin padre -Jean-Baptiste Sartre sucumbió a una enfermedad contraída en la Conchinchina- y fue criado por sus abuelos y una biblioteca; allí están los polvorientos libros que poblaron sus primeros años en el paraíso protector, del que fue expulsado por el nuevo matrimonio de su madre.
El visitante sigue las múltiples huellas del Sartre filósofo, novelista, periodista, dramaturgo, profesor, polemista o simple turista, a través del fondo excepcional de la BNF y su bosque de manuscritos. Se trata de cuatrocientas piezas, donde se destacan cartas inéditas, ediciones originales, diarios, cuadernos, afiches de sus obras de teatro. Los organizadores dispusieron las obras en vitrinas superpuestas, creando una ilusión de estratificación donde, por capas, se acumulan los diversos documentos que fueron erigiendo el mito.
La ubicación de los borradores autógrafos, repartidos a lo largo del dédalo de las distintas salas, restituye cierta jerarquía al corpus sartreano. Así, El idiota de la familia reina con su millar de páginas dedicadas al admirado Gustave Flaubert, escritas a lo largo de diez años. A pesar de este tipo de hallazgo, la presentación de los originales plantea el problema que conlleva toda manifestación que busca "mostrar" a un autor. Los papeles visualmente más atractivos no son necesariamente los que arrojan una luz nueva sobre el escritor, y aquellos que revelan aspectos del proceso de redacción pasan inadvertidos. Es aquí donde entra en juego la crítica genética. Al remontar en el proceso creador del padre del existencialismo, el ITEM (Instituto de textos y manuscritos modernos) deduce que cuando Sartre se aboca a la ficción, sus frases son cortas. En sus textos literarios subyace la voluntad de condensar tres oraciones en una y lograr así el efecto de "una densidad evocatoria". Todo lo contrario ocurre cuando aborda la filosofía, un ejercicio que el autor de El ser y la nada calificaba de técnico, descartando de entrada el estilo. El resultado es la "frase río", que avanza con facilidad y sin tachaduras. Del mismo estudio se desprende que cuando la fluidez mermó y empezó a perder velocidad (hacia los cuarenta años), Sartre buscó un acelerador en las anfetaminas, la bencedrina y sobre todo en el coriandro, que terminó por mordisquear directamente y en grandes cantidades.
El análisis de la génesis de su prosa pone igualmente de manifiesto que, a diferencia de Marcel Proust o Gustave Flaubert, hallar "le mot juste" no desvelaba a Sartre; su obsesión era la gramática, y si una palabra no encajaba, tiraba la página a la basura -a diferencia de Albert Camus, quien conservaba todo rastro de su producción- y volvía a empezar. "Este trabajo sobre la sintaxis (antes que sobre el léxico) preocupa a toda su generación", resume Gilles Philippe, autor de L´herméneutique grammaticale de Sartre.
Si bien la lectura de estos documentos ocupa un lugar primordial en el itinerario, la BNF ha preferido no abrumar al público y la ha dosificado. Sí, el epistolario con Simone de Beauvoir o con Camus -las cartas de la ruptura -, los manuscritos de Las palabras, San Genet, comediante y mártir o La náusea están allí. En este último caso con su primer título, Melancholia, acompañado por el magnífico grabado de Dürer. Pero son las fotografías lo que mejor recrea el universo sartreano. El alumno en la pensión junto a su nueva familia, donde su estrabismo divergente cruza el estrabismo convergente de Paul Nizan (una fraternidad que les valdrá el apodo de "Nitre y Sartzan"); el recluta Sartre que escruta el cielo para el servicio meteorológico del ejército (su trabajo consistía en tirar globos rojos y medir la velocidad del viento...); Sartre profesor o cómo el que soñaba con ser gangster en Nueva York o aventurero en Japón debió conformarse con un puesto de profesor en la ciudad de Le Havre. Una experiencia que lo sumiría en una depresión agravada por la ingesta de mezcalina que lo llevaría hasta La náusea. En otro rincón surge el mandarín de Saint-Germain-des-Près, tronando en el café "Les deux magots", cuya humareda calefaccionada le permitía trabajar durante el invierno. Un muro reproduce la imagen de esta meca de la fauna germanopratina.
A esta importante iconografía podemos reprocharle que ciertos personajes no han sido identificados por la BNF; más grave aún es el revisionismo digital que, para satisfacer la ley antitabaco francesa, ha borrado el cigarrillo humeante de los dedos de Sartre en la célebre foto tomada por Boris Lipnitzki, retocada para el afiche de la exposición.
Ni colaboracionista ni verdadero miembro de la resistencia, Sartre irrumpió en el escenario intelectual de la inmediata posguerra con su conferencia "El existencialismo es un humanismo". No todo el mundo entendió la sentencia, lo que no impidió que fuera pronto asociada por la cultura de masas a un estilo de vida y, sobre todo, en el mundo anglosajón, a la de un intelectual de polera negra y mirada torva que consumía Gauloises frente a una taza de café. Lo cierto es que el nuevo gurú daba la nota en Les temps modernes y sus palabras resonaban en los sótanos de los bares, donde se juntaban los zazous a escuchar jazz. El swing era otra de las pasiones de Sartre, representaba la imagen de la cara de la Norteamérica que admiraba y que pudo visitar cuando Albert Camus, redactor en jefe del periódico Combat, le propuso visitarla como enviado especial. El autor de El extranjero lamentaría la invitación al cotejar los artículos breves y mordaces que su corresponsal mandaba a Le Figaro con las crónicas que recibía para su propia publicación, ciertamente más elaboradas pero demasiado pesadas.
Los recortes de diarios y revistas exhibidos muestran también la relación fluctuante con el partido comunista, que desconfiaba del existencialismo, un movimiento percibido como rival. En 1954, al volver de la Unión Soviética, Sartre hizo la apología de la agricultura y la libertad "total" de expresión en la U.R.S.S. Una ceguera compartida por sus seguidores, "que prefieren equivocarse con Sartre a tener razón con Raymond Aron (cuyo centenario prefiere celebrar en estos días la prensa conservadora). La ruptura con el Partido Comunista francés llegaría dos años más tarde cuando los tanques soviéticos aplastasen la insurrección de Budapest.
Los años sesenta descubrirían al Sartre tercermundista, que charlaba con Fidel Castro y el Che en Cuba, viajaba a Brasil, a Portugal durante la Revolución de los claveles, a la Yugoslavia de Tito o al Egipto de Nasser. Sus posiciones anticolonialistas le costaron la voladura de su departamento de la calle Bonaparte, víctima de la OAS, que militaba por la Argelia francesa. Con Sartre la opinión del intelectual volvía a contar y el poder la respetaba: "No se encarcela a Voltaire", decía Charles de Gaulle. Una estatura desde la que en 1964 se dio el doble lujo de obtener el Nobel y rechazarlo, "para no transformarse en una institución". El mayo francés es en cierta medida una revolución sartreana, inspirada en aquel que quiere destruir un modelo social caduco que no termina de morir.
Al promediar la exposición, se despliega un dispositivo audiovisual. Hay que correr unas pesadas cortinas rojas para descubrir unas cabinas donde se proyectan, entre máscaras y afiches de época, fragmentos de adaptaciones teatrales o cinematográficas de Las Moscas, El Diablo y el buen Dios o Secuestrados de Altona. La labor de Sartre como dramaturgo es un aspecto de su obra que resaltan las entrevistas que cierran esta muestra. Una serie de paneles difunden testimonios de compañeros de su aventura intelectual. El filósofo Bernard-Henri Lévy conversa con su colega Benny Lévy, último secretario del autor de la leyenda, quien niega la vieja acusación de "manipulación de viejo" por la judaización del último Sartre, lector de Emmanuel Levinas y la cábala.
Otros actores de la vida cultural francesa responden a la pregunta con la que uno entra en la exposición: ¿qué sobrevive de la obra de Jean-Paul Sartre? Para Serge July, actual director del periódico Libération (fundado por Sartre) lo que sigue contando es La náusea, opinión que comparte el periodista francés Olivier Todd. Para Claude Lanzmann, realizador del documental Shoah y sucesor de Sartre a la cabeza de Les Temps Modernes, es sin duda Reflexiones sobre la cuestión judía: "Sin ese libro no me habría quedado a vivir en Francia después de la guerra -confiesa-, con él pude volver a sonreírles a los franceses". El filósofo André Gluksmann también rescata la terrible actualidad de esta obra.
La última imagen, junto a la salida, es un video con el funeral multitudinario y espontáneo en las calles de París. Los caminantes avanzan juntos y solitarios al mismo tiempo, es una generación huérfana de una forma de aprehender el mundo que les arrebató la inocencia y también se equivocó con ellos, dejándolos más lúcidos y, por eso, más tristes.
1- 2
Balance positivo: Arco cierra con alto protagonismo de las galerías y los artistas argentinos
- 3
“Vende humo”: Marcelo Birmajer critica a Yuval Noah Harari y a otros intelectuales israelíes por el “silencio” ante la guerra
4Del libro a la pantalla: las adaptaciones que marcarán el cine y el streaming en 2026
