Vuelta por el Universo
¿Quién dijo hace poco que los extraterrestres “son reales”? No fue uno de esos autodenominados “expertos en ufología” que suelen orbitar en las trasnoches de History Channel. Tampoco uno de esos tíos excéntricos que, en las reuniones familiares, despliegan elaboradas teorías conspirativas sobre quién mueve realmente los hilos de la humanidad. No: el autor de la frase fue Barack Obama, quien entre 2009 y 2017 presidió Estados Unidos y comandó, en esa capacidad, uno de los aparatos militares y de inteligencia más formidables de la historia. Si alguien puede confirmar la existencia de los aliens –pensaron muchos–, es él.
El revuelo surgió la semana pasada, durante una entrevista que subió el comentarista político Brian Tyler Cohen a su canal de YouTube. Allí le formuló al exmandatario la pregunta que desde hace siglos no encuentra una respuesta satisfactoria: “¿Son reales los extraterrestres?”. Obama respondió sin titubear: “Son reales”. Y aunque días después intentó matizar aquella afirmación -“No vi ninguna evidencia durante mi presidencia de que seres alienígenas hayan hecho contacto con nosotros”-, ya era demasiado tarde: en su vuelta al mundo, el clip había colonizado un sinfín de portales de noticias.
Más allá de insinuar cierta afinidad partidaria en torno al fenómeno OVNI -el expresidente demócrata Jimmy Carter afirmó haber visto uno y Bill Clinton ordenó, durante su mandato, una extensa investigación interna sobre el famoso “Caso Roswell” y la aún más célebre “Área 51”-, el episodio reaviva el debate sobre un enigma que inquieta a muchos: ¿estamos solos en el universo? ¿Somos la única forma de vida inteligente en esa trama inagotable de estrellas, astros y galaxias surgida hace 14.000 millones de años? ¿O hay otros como nosotros? Y, de ser así, ¿son capaces de viajar hasta nuestro planeta, de hacer contacto?
Pienso en el escritor de ciencia ficción Arthur C. Clarke, autor de 2001: Una odisea del espacio y El fin de la infancia, quien dijo: “Existen dos posibilidades: o estamos solos en el universo o no lo estamos. Ambas son igual de terroríficas”. La hipótesis más inquietante –y la que con mayor fuerza ha capturado nuestra imaginación– es que no se trate de sociedades pacíficas, sino de criaturas con tecnología superior que esperan el momento ideal para invadirnos y quitarnos, dios sabe, qué recurso. Un poco de cautela frente a civilizaciones mejor armadas que nosotros nunca está de más: las campañas de Julio César en la Galia, Hernán Cortés en Tenochtitlán y Leopoldo II en el Congo nos han enseñado a temer, con razón, a quienes golpean a la puerta con garrotes más sofisticados.
Hay otra posibilidad: que no se trate de sádicos conquistadores galácticos, sino de observadores, simples curiosos o voyeurs del espacio exterior. Esto me recuerda algo. Años atrás, durante una visita a San Francisco –Córdoba, no California–, experimenté lo que algunos locales llaman “la vuelta al perro”. Cada domingo por la noche, las familias suben a sus autos y recorren la avenida 25 de Mayo, un boulevard céntrico. Allí, los vehículos avanzan en fila a paso de hombre para que sus ocupantes puedan observar con detenimiento quiénes cenan en la elegante confitería La Palma, qué pareja inesperada comparte un cuarto de helado en la vereda, qué vecino cambió el coche y cuál persiste con su carroza destartalada. Luego repiten la rutina por el otro lado de la calle. El circuito funciona como un ciclo de chismes a cielo abierto que alimentará no pocas conversaciones durante la semana siguiente.
No sé si los extraterrestres existen, pero prefiero imaginarlos así: viajantes ociosos que, al inicio de una nueva jornada, se cruzan con un conocido y comentan que sí, que estuvieron en la Tierra; que lo de las pirámides no prosperó; que la cura para aquello todavía no aparece; que, a esta altura, es difícil saber cuánto tiempo nos queda.
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