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POTRERO DE LOS FUNES, San Luis.– Muy particular es el automovilismo deportivo. Desde las tribunas, parece no existir contacto alguno con los protagonistas. Enfundados en trajes de nómex y buzos antiflama, con los rostros cubiertos de capuchas ignífugas y cascos cada vez más sofisticados, la tecnología tiende a alejar a los pilotos del público. Lejos quedaron aquellas imágenes en las que el balanceo de los autos en cada curva eran acompañados por las muecas de las caras que demostraban tranquilidad, nerviosismo o esfuerzo con accesorios que “hacían a la seguridad”, como los cascos de tela o las antiparras que apenas cubrían los ojos.
Sin embargo, hay maniobras y actitudes que aún permiten establecer esa mágica comunicación entre el raudo conductor y el espectador, entre el piloto y la gente que observa las carreras por televisión, ayudado por las cámaras que se ubican en los lugares más insólitos.
Fue por ello que alrededor del lago de Potrero de los Funes, envuelto por un circuito que se muestra como el mejor del país por seguridad, escenografía, belleza y características técnicas, Norberto Fontana confirmó su estilo. Aguerrido, con temple, con personalidad, decidido, el arrecifeño mostró su talento. Emprendió la difícil tarea de largar desde el puesto 12° con el objetivo claro de superar a Leonel Pernía (partía 9°) y alejarse con la misión de pulverizar esos 8,5 puntos de diferencia para lograr la corona del Turismo Competición 2000. Nada fácil para el piloto de Ford, que se mostró siempre detrás de su rival en los ensayos y en la clasificación.
Pero Fontana no se “achica”. Al contrario, allí aparece su apodo, el “Gigante”, justamente para inflar el pecho y acelerar a fondo en busca del objetivo. Con maniobras ajustadas, al límite de la adherencia, arriesgando todo (un toque con el Toyota de Facundo Ardusso casi lo deja afuera), escaló del lejano puesto 12° al glorioso cuarto lugar, que lo coronó finalmente por segunda vez en la historia como campeón del TC 2000.
La definición se volcó favor de la gran experiencia del piloto arrecifeño, de 35 años, que supo hacerse un lugar en el mundo gracias a su tenacidad y su talento y desde muy pequeño, cuando vivía solo con su padre, don Héctor (se quedó en Arrecifes por inconvenientes personales, pero siguió cada paso de su hijo a través del celular) en una casilla rodante que transitaba Europa de manera muy modesta. Así ganó el título de la Fórmula 3 alemana, así llegó a ocupar una butaca del equipo Sauber de Fórmula 1, así pasó por el automovilismo japonés hasta desembarcar nuevamente en la Argentina, donde se coronó en el TC 2000, con el team Toyota en 2002, y en el Turismo Carretera, con una Dodge, en 2006.
“Hacía mucho que no lloraba. Nunca se me había dado una definición como la de hoy (por ayer). Toda la carrera se dio al límite. Al principio traté de cuidar los neumáticos para mantener el ritmo sobre el final”, comentó Fontana, que estuvo acompañado por su mamá, Clara; su hermana, Nancy (la mamá de Nicolás Trosset, el flamante campeón de la Fórmula Renault) y su novia, Estefanía, además de Daniel Aguirre, el amigo de la familia, que lo subió por primera vez a un karting.
La clave de la carrera, no por lo que significaba matemáticamente, pero sí en el aspecto psicológico, se dio en el décimo giro, en el que el piloto de Ford superó en una maniobra ajustada, con roce, al límite, al Honda New Civic de su gran rival, Pernía.
El automovilismo es una disciplina muy particular. Sin embargo, las sensaciones se transmiten. Y en esa maniobra se advirtió la entereza de Fontana frente a las dudas de su rival, que pareció caerse en una situación endeble.
Fontana salió campeón a lo Fontana. Al ataque, firme, con decisión. Se advirtió desde afuera. Quizá lo sintió su rival, que sintió el acoso psicológico del flamante campeón. Para la historia quedó una carrera épica, en la que Fontana alimentó su apodo de “Gigante”, pero más aún, ratificó un estilo que le es propio y que se advierte a la distancia. Pese al buzo, al casco, a los autos. Fontana salió campeón a lo Fontana.
POTRERO DE LOS FUNES (De un enviado especial).– “El campeonato lo perdí yo. Pido disculpas a todo el equipo, que hizo un gran trabajo durante todo el año”, fueron las pocas palabras que expresó Leonel Pernía al regresar al equipo Petrobras, donde los integrantes lo aplaudieron y le brindaron apoyo. Emocionado, Pernía vivió un clima de euforia, propuesto por el equipo, previo a la competencia, y de desazón tras quedarse con las manos vacías luego de la consagración de Norberto Fontana. El box tuvo un clima muy futbolero. Allí vivieron la definición el padre del piloto, Vicente (ex futbolista y ex subcampeón del TC); su hermano, el futbolista Mariano, y Bruno Marioni, concuñado de Leonel y ex delantero de Newell’s, Boca e Independiente, además de pasar por le fútbol mexicano.
“Venía pendiente de todo. No quería tener ninguna sorpresa. Sin embargo, pasó. En la maniobra con Fontana no la esperaba en ese lugar. En la otra, en el frenaje, hice todo bien. Pero el auto se puso de cola y encima se paró el motor. Si hubiese estado más atento, a lo mejor podría haberlo evitado”, fue la explicación de Pernía.



