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El ex piloto Marcos Ciani murió anteayer a los 84 años. Nacido en Rufino, pero desde chico residente de Venado Tuerto, fue uno de los grandes animadores del Turismo Carretera en las décadas del 50 y del 60. Mecánico y piloto, representó a Chevrolet y logró 17 triunfos, aunque también se identificó con Dodge. Sus restos fueron sepultados ayer en el Cementerio Parque Otoñal, de Venado Tuerto, ante una multitud y acompañado por muchas cupecitas.
Caminaba con sus pantalones cortos por las polvorientas calles de Venado Tuerto con el sueño de dominar la velocidad. Desde los tres años recorría cada caminito de la ciudad santafecina, que su familia había adoptado en lugar de su Rufino natal.
El trabajo en el campo siempre se emparentó con el amor por los fierros. En definitiva, hay muchas características que son afines. Y más por aquellos años, en los que el automovilismo era la verdadera pasión nacional, la única actividad que visitaba los rincones de un país que se forjaba gracias al alimento que proveía al mundo.
Pasaba horas y horas en el taller. Con cada fierrito se podían hacer verdaderos milagros. Parecía que en esos galpones los elementos tenían vida. Y esa vida se trasladaba a los coches que de allí adentro salían. Camisas engrasadas con las mangas recogidas y el amor a cada auto que se preparaba para que Roberto Matassi se presentara en competencias zonales y nacionales. También fue su acompañante y aprendió los secretos de la dificultosa tarea de dominar los caminos (donde existían) y las diversas geografías. Al lado del piloto participó de la mítica competencia a Caracas. También supo acompañar a Guillermo Marenghini.
A cada peso que juntó le sumó coraje y lo acompañó con la pasión necesaria para emprender una empresa compleja: participar de un Gran Premio como piloto. Debutó en 1949, en las Mil Millas y llegó cuarto. El auto lo construía íntegramente él.
Con los nervios de cualquier presentación, de viaje al Automóvil Club Argentino, en Buenos Aires, probó su "autito" en Arrecifes. Lo puso a 160 km/h, hasta que el motor no permitía más exigencias. Cuando llegó al sector de sellado, antes de largar, escuchó a Petrini, que hablaba con otro piloto y que comentaba que ambos coches transitaban a 170 y a 175 km/h. Preocupado, lo encontró a Oscar Gálvez. "¿Cómo andás flaco?", le preguntó el "Aguilucho". Ciani, derrotado antes de arrancar, le indicó que lo iban a "pasar por arriba" con la poca velocidad de su Chevrolet.
Con la sonrisa habitual, la palmada de las largas manos de Oscar lo tranquilizaron. "Quedate tranquilo, si llegas a 160 km/h, ganás seguro".
En la primera neutralización del Gran Premio, en Bahía Blanca, Marcos marchaba segundo en el camino, detrás de Juan Gálvez, pero adelante en la clasificación. "Cuando Oscar me vio, vino y me abrazó. Estaba más contento que yo. No hay que olvidarse de que él era de Ford y yo de Chevrolet. Y que le estaba ganando al hermano. Era un fenómeno."
Con los fantásticos códigos de convivencia entre los pilotos, Ciani fue el referente de Chevrolet. Entre sus 17 triunfos en el TC se destacaron la Vuelta de Olavarría (1950), las Mil Millas (1951), las vueltas de Pringles y Entre Ríos (1952), las 500 Millas Mercedinas (1956), el GP de 1957, en Villa Carlos Paz, en Necochea y Hughes (1964) y varias veces la vuelta de Santa Fe. La más recordada fue la de 1965, en la que se impuso, con Dodge, por medio auto a los Emiliozzi. Quizá la imagen por excelencia en la historia del Turismo Carretera.
En el último tiempo, el de la Dodge, la nueva marca que irrumpió en el TC y que supo hacer camino de la mano de Don Marcos. Sus máquinas tuvieron el reconocimiento del ambiente automovilístico argentino. A tal punto que un Chevrolet lo compró Toto Fangio y lo convirtió en la famosa Coloradita, que corrió Juan Manuel Bordeu.
Venado Tuerto supo cobijar a su gran ídolo, el más querido de todos, pese a que en su libreta de enrolamiento se leía Rufino como lugar de nacimiento. Una avenida lleva su nombre y el hotel El Molino, de su propiedad, sobre la ruta N° 8, fue lugar de reunión tras las cenas para recordar sus grandes hazañas en las rutas argentinas, cumpliendo el sueño que acunaba aquellas tardes de pantalones cortos.



