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Es la continuación de una dinastía que ocupa un lugar de privilegio no sólo en el automovilismo, sino en el deporte argentino. Di Palma es sinónimo de velocidad. Un apellido que supera las fronteras. Acaso valga comentar que una vez, en una carrera de CART, en Michigan, en 1995, el doble campeón brasileño de la F.1 Emerson Fittipaldi le preguntó al ocasional enviado de LA NACION por el notable piloto de Arrecifes.
Luis Rubén Di Palma fue uno de los grandes ídolos del deporte nacional. El talento lo catapultó a la fama y su particular estilo lo perpetuó más allá de los autódromos.
La velocidad la llevaba en la sangre y fue heredada por sus hijos: José Luis (en realidad se llama Luis José), Patricio, Marcos y hasta por Andrea, que compitió en la Copa Damas. Pero esa pasión por el vértigo no quedó allí. La tercera generación también necesita de la adrenalina tanto como el oxígeno y Luis José, "Josito", como se lo conoce, se subió al podio, como tantas veces lo hicieron sus antepasados. El más chico del clan de Arrecifes, con apenas 16 años (cumplidos el 27 del mes último), en su cuarta carrera en el TC Pista, logró anteayer su primer triunfo, en La Plata.
Josito fue el más compinche de su abuelo. El "Loco Luis" lo llevaba a todos lados, con un auto o con el helicóptero y varias veces le pasaba el comando de la nave, en pleno vuelo, como si fuese un juguete más. Aquella trágica jornada del 30 de septiembre de 2000, cuando el helicóptero se estrelló en Carlos Tejedor (volvía de Santa Rosa, La Pampa, a su Arrecifes natal), Josito estuvo a punto de viajar con él, pero se retrasó tras una suspendida prueba en karting y llegó diez minutos después de aquel viaje sin regreso del abuelo.
"Me gusta estar con mis amigos y disfrutar de mi familia, ya que no es mucho el tiempo que tengo de estar con todos en casa, debido a los viajes. Y también me gustan las mujeres." Josito se sonroja. El tono de voz es idéntico al de su padre, José Luis, aunque ahora acompaña permanentemente a su tío, el más famoso del clan, Marcos, que esta vez no lo pudo secundar en el Chevrolet en La Plata porque se encuentra suspendido. "Estoy en segundo año y comencé a estudiar de noche, porque si no mi mamá me mataba", comenta con su mejor cara de pícaro, un sello inconfundible de los Di Palma.
-¿Sos piloto porque es tu vocación o porque sos un Di Palma?
-Me gusta y en mi casa no se respira otra cosa que automovilismo. Es una mezcla de las dos cosas.
-De todos los Di Palma, ¿de quién aprendiste más?
-De mi abuelo. El era muy tranquilo. Yo no giré con él en una carrera, pero andaba con él para todos lados. Lo observaba mucho y era muy tranquilo, en todo sentido.
-¿Y de tu papá y de tus tíos?
-Hace un año y medio que soy acompañante de mi papá y sé que es muy buen piloto. Siempre hay algún Di Palma en los primeros lugares. A veces se equivocan, como todos, pero ahí están.
-¿Cómo vive todo esto tu mamá, Liliana?
-No lo puede creer. Dice que me lo merezco porque soy un buen chico, pero, ¿qué va a decir mi mamá?
-¿Y tu abuela?
-Enloquecida. No le gusta que yo corra. Sufrió mucho con mi abuelo, con mis tíos, con mi viejo y ahora aparecí yo. Pobre, no le damos descanso.
-Al margen del automovilismo, ¿qué recordás de tu abuelo?
-Todo. Era un ejemplo. Siempre me aconsejaba. Y me inculcó la humildad. Que por ser Di Palma no tenía nada ganado y que si algún día lograba algún objetivo, lo tomara con tranquilidad, porque no siempre es así. En el taller me enseñó a usar todas las herramientas.
-¿A qué edad aprendiste a manejar?
-A los 7 años agarré un auto. Pero a los 10 aprendí. De la mano de mi abuelo, con un Renault Clio, que ahora tiene mi abuela.
-¿Muchas travesuras con el Clio?
-No, siempre me porté muy bien.
-Ahora también corrés en la Fórmula Renault. ¿Qué te gusta más, el monoposto o el auto con techo?
-Es lo mismo. Yo quiero correr. Hay una posibilidad de probar un auto de fórmula en Europa, a fin de año, pero no me quiero adelantar a los hechos.
Otro Di Palma se agrega a la particular familia ligada por la velocidad. Josito, ese chico que se baja del TC Pista apurado para subirse a la butaca derecha del Turismo Carretera de su padre con el mismo entusiasmo de aquellos que forjaron un apellido a máxima velocidad.


