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ALTA GRACIA, Córdoba.- Retuerce el saquito de té y sonríe como si hablara de otra persona. El rugir de los motores disminuye al cerrarse la puerta del motorhome. "Trato de permanecer alejado del ruido". Los recuerdos afloran y Oreste Berta, el diseñador y preparador de automóviles de competición más prestigioso y exitoso del país, memoriza: "A los 15 años mi padre me regaló libros de mecánica, pero eran extranjeros. Los que estaban escritos en italiano eran más fáciles de comprender."
El destino le impidió continuar con sus estudios de ingeniería mecánica, pero su talento y su vocación lo ubicaron en los más preponderantes lugares de la empresa IKA-Renault, en Córdoba, tras abandonar su Santa Fe natal.
No tiene la promoción que puede llegar a alcanzar un piloto, más allá de ser el máximo responsable del equipo que tiene a su cargo los Ford Escort oficiales (y campeones) de TC 2000, pero desde su lugar marcó un rumbo en la historia del deporte motor, con más de medio centenar de títulos logrados y el reconocimiento internacional, además de dirigir una empresa pujante, una característica que puede parecer utópica en este presente económico.
-La gente siempre pregunta por Berta, ¿usted estima ese reconocimiento?
-Es halagador saber que la gente lo tiene a uno como un buen referente. Puede ser que a uno le produzca más emoción o le guste más que a otro. Pero lo estimo.
-¿Qué cosas le quitó y le brindó el automovilismo?
Me dio una enorme cantidad de cosas porque viví para el automovilismo. Mi vida se desarrolló alrededor de esto y la de mi familia también. Me quitó tiempo de hacer alguna otra cosa. Pero si el tiempo retrocediera, volvería a hacer todo lo mismo. Hay dos cosas que me gustan: la ingeniería, por sobre todo, y el deporte en general. En mi vida fui muy deportista y me hubiese gustado haberlo sido aún más. Pero el automovilismo, al volverse tan profesional, perdió todo el sabor. Ahora vengo a dar una vuelta, no me interesa qué sucede ahí afuera.
-¿Es por eso que no se lo ve tan seguido en los autódromos?
-Sí. A veces vengo, miro la clasificación, hablo con mi hijo, Oreste (director deportivo del equipo Ford) y después agarro mi helicóptero y me voy a mi casa, o al campo.
-¿Qué época rescata del automovilismo?
-Desde 1967, cuando comencé en el automovilismo grande, hasta los comienzos de los ochenta. En ese lapso gozaba de lo que hacía, además de ir a las pistas y compartir el fin de semana con los amigos. Pero el profesionalismo cambió las costumbres y yo no supe adaptarme a esto. Ojo, tampoco me interesa.
-Hay autos que marcaron a fuego el sentimiento de los hinchas. ¿Usted se enamora de los autos que construye. Siente alguna afinidad con los coches que proyecta?
-Sólo ahora me pongo a ver los logros que se hicieron al recordar cómo trabajábamos. Con el Berta LR festejamos fin de año, brindamos alrededor del auto y seguimos trabajando. Eso lo valoro con el paso del tiempo. Pero a mí lo que más me interesa es meterme en un proyecto, sin interesarme en la magnitud del mismo. Para mí es importante entender algo y perfeccionarlo. Si viene uno cualquiera a pedirme una mano me meto tanto en el tema como si fuese un TC 2000.
Afuera los rebajes y las frenadas se multiplican. La taza se vacía y don Oreste, el Mago de Alta Gracia, pierde el interés del vértigo de la pista. El té parece ser más importante que el vértigo desplegado en el circuito Oscar Cabalén. Una clara señal de la seguridad con la que aguarda los resultados de sus proyectos.
El 19 de mayo último, Oreste Berta recibió el título de Dr. honoris causa de la Universidad Nacional de San Juan:
"Fue una de las pocas cosas que me provocaron un shock emocional. Estudié ingeniería y abandoné los estudios y luego progresé como autodidacto. Pero me emocionó que hayan buscado todo lo que hice en mi vida para dármelo a mí. Esa gente trabajó durante cuatro años para determinar que ese título me lo den a mí. Actuaron con seriedad, y por eso lo valoro tanto".

