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COMODORO RIVADAVIA (De un enviado especial).- Anteayer Eolo se había tomado un día sabático (un sábado, casualmente). Pero su siesta se acabó ayer y el dios del viento se sumó, con un papel protagónico singular, a la fecha inicial de TC 2000. Y con su presencia, hasta para los espectadores se hizo difícil esta carrera.
"Estaba como para abrir la puerta, sentir el viento y volver a cerrarla para quedarse en casa. Me sorprendió la cantidad de gente que vino en un día así", destacó Enrique Verde, presidente de Automoto Club de Comodoro Rivadavia, organizador de la competencia de TC 2000 en el Autódromo General San Martín. Hubo, según los responsables de la prueba, unos 16.000 asistentes, a los que les costó soportar el viento y la arenilla en los ojos. Por suerte, hacía 18 grados, caso contrario, los embates habrían calado hasta los huesos.
Pero mucho más complicado resultó el clima, por supuesto, para los propios actores, que debieron tolerar con sus coches ráfagas de hasta 90 kilómetros por hora. En algunos sectores, en favor; en otros, de costado, y en otros, en contra. La aridez del este patagónico hace que la tierra, casi arena, sea omnipresente, y las masas de aire en movimiento se encargaron de barrer la pista con ellas. De forma peligrosamente oscilante. En alguna vuelta, un sector estaba limpio; en la siguiente, cubierto de patinoso polvo. "Es peor que manejar bajo lluvia. Esto es más imprevisible", coincidieron varios pilotos.
Tanta era la tormenta de viento y tierra sin precipitaciones, tal la cortina amarronada en el aire, que a veces hasta bloqueaba la visión. Muchos corredores siguieron de largo en ciertas curvas por perder las referencias del camino, e incluso hubo algún choque por esa causa (Carlos Cacá Bueno contra Gustavo Der Ohanessian, ambos con Honda). Claro que lo más riesgoso era la aleatoria alfombra de arenilla sobre el asfalto, que no perdonó ni a los conductores más encumbrados, pues el propio Marcelo Bugliotti se despistó por eso. "La curva del mar (un curvón muy veloz) fue muy difícil. En una vuelta el auto se me iba de trompa; en otra, de cola. Y al irse afuera Christian (Ledesma, compañero de equipo en Chevrolet) perdí las referencias. Si uno hacía bien esa curva, la vuelta estaba casi salvada. Pero la verdad es que se me ponían los pelos de punta ahí", graficó Papel, el triunfador.
Tan exigente fue la insólita condición de carrera que arribaron a la meta apenas nueve autos sobre los 31 que largaron, con numerosos abandonos por salidas de pista y fallas de motor, tal vez originadas por la tierra que se metía a los impulsores. Está más que claro que a Comodoro la llaman "la ciudad del viento".


