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Siempre sentí algo así como un extraño sentimiento al llegar el remate de los campeonatos de la F.1. Sobre todo, cuando la convocatoria tenía los ojos rasgados del Oriente. Desde hace tiempo. Diría, sin exagerar, desde los 70, cuando –un ejemplo– Lauda y Hunt disputaban uno de los finales más extraños, lluvia torrencial de por medio, y el “computer” austríaco, sin ponerse colorado, declaraba que correr por una pista inundada, sin visibilidad, era entregarse a un juego diabólico que él no aceptaba en sus cálculos deportivos.
“¡Dios! ¡La que se armó!” Parodiando al Viejo Candel en una de las obras costumbristas de la España del caudillo. Porque Italia se dividía. Media Italia estaba en favor de Lauda; la otra, en contra. Y el oráculo demoraba su respuesta; Enzo Ferrari decidía estudiar cuidadosamente el asunto antes de resolverlo.
Pero eso es anecdótico. Mi extraño sentimiento se apoyaba en otras razones. Horarios que no tenían nada que ver con los que uno había vivido durante todo el año. Resultados sorprendentes. Y no se impone un repaso para que se tengan presentes aquellas definiciones que servían para amontonar chatarra con choques voluntarios y tiempos que parecían escritos por mafiosos incontrolables, que de deportivo sólo tenían el buzo.
No sé. Lo que sé es que la F.1 tiene, para nosotros, desde este fondo del mundo, una especie de desencuentro con el horario que recibe la categoría el final del ejercicio. Pero no es todo cardo ni ortiga. Hay algún ramo de flores con cierto perfume que sirve para recuperar el tibio encanto del adiós.
En 2001, en la pista que tuvo alguna vez ladrillos rojos, el finlandés Mika Hakkinen surgía de las cenizas y formalizaba su mejor trabajo de la temporada. ¿Será aquí donde la rossa, a una hora desacostumbrada para su dominio quincenal, se distraiga un momento permitiendo el fugaz crecimiento de la competencia? ¿O todo seguirá igual?
El GP de Estados Unidos llegará el domingo aromatizado con goles en las canchas de fútbol del mundo. ¿Puede ser, este que viene, un domingo diferente? Confieso que no tengo ni presentimiento, siquiera. Sin faltar el respeto, estoy “más pelado” que Robinson Crusoe. Como un inocente atrapado por el corralito...



