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Roma (EFE).- El ex piloto suizo Gianclaudio Giuseppe "Clay" Regazzoni, que en su carrera deportiva en la Fórmula 1 formó parte de la escudería italiana Ferrari, falleció en un accidente de tránsito, en un tramo de la autopista cercano a la localidad de Parma. Regazzoni nació en Lugano, el 5 de septiembre de 1939 -tenía 67 años-, y en total disputó 132 Grandes Premios en la F.1, de los que ganó seis, fue trece veces segundo y diez tercero. Además, logró cinco "pole position", quince vueltas más rápidas, 212 puntos mundiales y 361 vueltas como líder de la carrera. El accidente, según se informó, tuvo lugar en la denominada autopista del Sol, en el tramo entre Parma y Fidenza, al quedar atrapado entre dos vehículos el coche en el que viajaba Regazzoni, un Chrysler Voyager, que estaba adaptado especialmente para que el ex piloto lo condujera.
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El 22 de noviembre último apareció en el Museo Fangio. Como siempre, fue el centro de la atención. Apasionado por el automovilismo, pero mucho más por la vida, adelantó su viaje a la Argentina para vivir las celebraciones por los 20 años del emprendimiento balcarceño que enorgullece al país. El mismo país que el mismo Regazzoni "amaba", según solía decir. "Aquí se ven unos paisajes que no hay en ningún lugar del mundo. Mire que yo viajé por todo el plantea gracias al automovilismo, pero nunca encontré tantos lugares maravillosos como acá. Y la gente, que es adorable, también única", argumentaba, no para quedar bien, sino porque lo sentía. Eso mismo decía en Buenos Aires, en San Carlos de Bariloche, donde ya era un habitué de las clásicas Mil Millas, o en Europa.
En la Fórmula 1 se lo conoció como "Mister crash", o "Señor rompelotodo", ya que a comienzos de los años 70 tenía un extraño récord: logró 10 accidentes sobre 12 competencias. Hasta el lugar de nacimiento ya fue un accidente. Ese apellido, con la doble z , pertenecía más a Italia que a Suiza. Lugano fue la ciudad natal, pero su personalidad correspondía a un ciudadano de la bota itálica, apasionado de la vida, lleno de alegría y amante del automovilismo.
En 1963 comenzó a desandar su vida como piloto a bordo de un Austin Sprite, en las subidas y las pendientes de los caminos italianos. En Mónaco, donde tenía actualmente su residencia, comenzó con los monopostos, arriba de un Fórmula 3, y en 1967 pasó a la Fórmula 2, para luego saltar a la máxima categoría. Don Enzo Ferrari valoró su condición de "tester" o "probador" y le abrió las puertas de la mítica casa de Maranello entre 1970 y 1972, y luego entre 1974 y 1976. Fue también piloto de los equipos BRM, Ensign-Ford, Shadow-Ford y Williams. Su mejor año en la categoría fue 1974, cuando terminó subcampeón, detrás del brasileño Emerson Fittipaldi.
"Discúlpeme que no pueda pararme para saludarlo, pero créame que lo haría si pudiera", solía repetir ante cada saludo. Es que aquel accidente en el Gran Premio de Estados unidos, en Long Beach, en 1980, tras pegarse contra el muro de contención y contra el Brabham del argentino Ricardo Zunino, que estaba detenido allí, derivó en la parálisis de los miembros inferiores. "Mi columna quedó doblada. Como si fuera un circuito y tuviera dos curvas de 250 km/h, porque son muy abiertas", bromeaba sobre su accidente, tras el cual nunca perdió la fe de recuperar la movilidad. Después de innumerables intervenciones quirúrgicas, él siempre veía próxima la anhelada separación de la silla de ruedas.
En agosto de 1998 volcó con un prototipo de Mercedes-Benz en el primer Rally Cross Country "Por las Pampas", en Córdoba. A la Argentina venía seguido. Hace dos semanas se fue, tras pasar por el Museo Fangio, de correr en las Mil Millas con un Torino que compró hace tres años y que lo acondicionó especialmente para manejarlo completamete desde el volante, y luego estuvo en Paraná.
Se enfrentó con la FIA y jamás escondió sus ideas: "Detesto el comercio que rodea a la F.1 actual. Pero no le tengo rencor a esa categoría. Gracias a ella recorrí el mundo. Y gracias a los automóviles yo recuperé la libertad, porque soy independiente al volante de un auto. El accidente en Long Beach me enseñó que hay que vivir la vida con intensidad. La vida es muy corta. Se puede tener dinero o no, pero siempre hay que salir a luchar. Y en eso estoy, luchando.



