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"No intento compararme con él." La frase corresponde a Michael Schumacher y es alusiva a Juan Manuel Fangio. El alemán es el único piloto que superó el récord del argentino, al acumular siete títulos mundiales, dos más que el balcarceño. "No lo hago porque creo que no sería justo. No se puede comparar una personalidad como la de Fangio, de los años cincuenta, con otra de los tiempos actuales. No hay absolutamente ningún parecido entre una época y otra", comentó una y mil veces el actual monarca de Ferrari.
La tentación por comparar a uno y otro se reiteró desde que el alemán alcanzó la quinta corona, en 2002, e igualó la marca establecida en 1957 por Fangio. Pero, ¿es posible establecer una analogía entre uno y otro, entre dos épocas distanciadas por el abismal proceso tecnológico que envuelve cada logro?
Desde los boxes hoy se permite mediante la telemetría, dosificar la potencia del motor mientras transita la pista. Sorprendentes dispositivos que componen a los coches de la Fórmula 1 actual muchas veces ponen en duda la importancia del piloto. Es evidente que la participación del conductor, en la conducción, era más relevante (casi todos eran mecánicos) en los comienzos de la máxima categoría que en la actualidad, aunque hoy el piloto maneja la adquisición de datos a la par de los ingenieros de pista.
La seguridad cambió notablemente. La muerte era una compañera que mostraba su protagonismo a la vuelta de cada curva. Un obstáculo difícil de superar. "El automovilismo es un deporte de riesgo", indica hoy la Federación Internacional del Automóvil (FIA), aunque las medidas se extremaron y aquella vieja compañera hace más de una década que no asombra en la vanguardia del mundo de la velocidad.
Los autódromos reflejan dos presentes dispares. Aquellos escenarios de la década del 50, sólo memorizados por algunos (Pescara, por ejemplo, tenía 25,574 kilómetros de extensión, el más largo de la historia de la F.1) y sus protecciones apenas se conformaban con fardos de paja, a diferencia de los "kartódromos" o "Mickey Mouse", como se los denominan ahora, para controlar la seguridad pasiva (con camas de leca o salidas de asfalto abrasivo para frenar las máquinas descontroladas) y para ahorrarles problemas a las transmisiones televisivas, hoy el gran motor de la industria de la velocidad.
Las presiones también difirieron. Las publicidades, que hasta disponen de los colores de los equipos y de los autos, desterrando aquellos colores que tenían designados los países (la Argentina tenía el azul y el amarillo; Italia el rojo, e Inglaterra el verde, por ejemplo) y aportando puntillosas obligaciones fuera de las pistas.
Schumacher gana más de 71.000.000 de dólares, entre el contrato con Ferrari (y la tabacalera que lo patrocina) y su propio merchandising. Fangio, cuando se sentó para firmar el contrato con Alfa, dijo: "Pongan los ceros que quieran", su objetivo era otro.
Cuando se cumplieron 50 años del primer triunfo de Ferrari en la Fórmula 1, a manos del argentino José Froilán González, se efectuó una celebración en Silverstone, lugar donde se logró aquella conquista. Schumacher se sentó en la vieja Ferrari, y no lo podía creer: "Es admirable que pilotos con valentía hayan acelerado estas máquinas. Aquellos hombres merecen todo el respeto".
Es imposible comparar realidades. Las comparaciones son odiosas. En una carrera tecnológica, dos realidades, hasta de diferentes siglos, no hacen más que destacar a dos grandes pilotos, según las estadísticas. Las actitudes fuera de ellas provocan la admiración por el hombre que se sacrificó por el piloto. Como Fangio, hace tiempo y a lo lejos.




