

Encontrá resultados de fútbol en vivo, los próximos partidos, las tablas de posiciones, y todas las estadísticas de los principales torneos del mundo.
SAN ANTONIO (De un enviado especial).– Casi en la mitad de la cancha, ocho segundos antes del final del partido de su vida, después de encestar los últimos cuatro puntos de los Spurs que aseguraron nada menos que el título de la NBA, Emanuel David Ginóbili se tomó la cabeza con las manos y miró hacia arriba. Quizá tuvo ganas de pellizcarse, quizá creyó que estaba soñando. O tal vez pensó en el inmenso valor de la hazaña que acababa de lograr. En su primer año con los basquetbolistas más talentosos del planeta ganó un anillo de oro, el anhelo que muchas estrellas jamás concretaron.
Mientras Steve Smith salía corriendo a buscar la pelota para guardársela rápido debajo de la camiseta, Manu se abrazó, emocionado, con los tres primeros compañeros que encontró en su camino: Dany Ferry, Steve Kerr y Kevin Willis. Casualmente, tres de los que más lo apoyaron desde su llegada a San Antonio. Desde lo alto del SBC Center no cesaban de caer papelitos brillantes blancos y negros y, desde arriba de las jirafas que sostienen los aros, explotaban fuegos de artificio. La fiesta se había desatado y no había control, más de 20.000 personas deliraban, no dejaban de gritar, agitar los largos globos y aplaudir con frenesí. Como por arte de magia, aparecieron los gorritos grises y negros con la inscripción Spurs Champions 2002-03 y las remeras blancas con una frase similar.
El alarde organizativo de la NBA quedó demostrado otra vez en la rápida llegada del podio y la prolija entrega de los premios. Manu fue el cuarto en treparse a la tarima, poco antes de que el comisionado técnico de la NBA, David Stern, tomara el micrófono y proclamara oficialmente a los Spurs nuevos campeones. Ginóbili saludó a todos. A Gregg Popovich, a los asistentes, a uno de los chicos que le alcanza la pelota en las prácticas, al jefe de prensa, Tom James, al segundo entrenador, PJ Carlesimo, y su hijo. Hasta que ubicó de nuevo a su novia Marianela, sobre el parquet, a unos diez metros del podio, y se acercó para darle un enamorado y prolongado beso. Fue una escena de película. Romántica y con un toque de sensibilidad más profundo quizá que todo lo que se vivió en el medio de la cancha.
Manu se retiró al vestuario saludando con las manos a todo el grupo de fanáticos que lo acechaba, especialmente a su barra de hinchas, que se ubica detrás de uno de los aros y que le regaló una vez más el característico "Olé, olé... Manu, Manu". En el camarín lo esperaban una fiesta íntima, el baño con champagne Delbeck y, minutos después, una foto solicitada especialmente por la NBA junto a Tony Parker con el brillante trofeo de campeón.
Peter Holt, el dueño mayoritario de los Spurs, tuvo que esperar que tres de sus gigantes guardaespaldas golpearan con fuerza la puerta del vestuario para poder entrar y agradecerles a los nuevos campeones por el objetivo conseguido. En medio de los empujones y el baño que involucró a todos los periodistas, se escuchó a Ginóbili decir: "Esto es para los que dijeron que San Antonio es un equipo amargo, hoy ganamos en el último cuarto y levantando una diferencia en contra". Enseguida, Leo Montero, conductor de "La Magia de la NBA", de Fox Sports, organizó un festejo bien argentino que Manu dirigió con efusividad al grito esperado: "¡Dale campeooooón, dale campeooooón!"
Fue la primera vez en los playoffs que San Antonio definió una serie como local. En 1999, cuando alcanzó su primer título, las cuatro series las ganó como visitante.
Van 46 temporadas premiando al mejor jugador de la serie regular (MVP): esta vez fue Duncan; del total, 26 veces ese equipo fue finalista y 20 –incluido el de anteayer– ganó el título.
Tim Duncan batió el récord de tapas colocadas en una serie final. Logró 32 en los seis partidos con los Nets y superó a Pat Ewing, que consiguió 30 en el 94 con los Knicks.



